• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Vaquero de medianoche

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Dallas Buyers Club narra la trágica historia de Ron Woodroof, un vaquero de medianoche condenado a padecer el calvario de la enfermedad del sida, tras descender al infierno del alcohol, la droga y la promiscuidad.  

Matthew McConaughey da vida al personaje en una interpretación demoledora, secundada por la magnífica contribución de Jared Leto. Según la crítica internacional, las actuaciones llegan a ensombrecer el trabajo del director Jean-Marc Vallée, de origen canadiense. Sin embargo, el desempeño del autor debe ser reivindicado por la fuerza audiovisual de muchas de sus secuencias. De hecho, parte del poder semiótico de la cinta recae en la acertada composición de los encuadres. Atención con los planos y la edición durante las escenas en el rodeo. También destila poesía el segmento de las mariposas revoloteando sobre la frágil humanidad del antihéroe.

La fotografía naturalista devela la profunda soledad del protagonista, así como el proceso de su redención, al enfrentar a la industria farmacéutica y vencer el prejuicio de la homofobia. Ideas de plena vigencia en Venezuela, por cierto, si tomamos en consideración la crisis del sistema de salud.  

El largometraje abreva de las fuentes del melodrama neorrealista, a la manera del cine independiente anglosajón de las últimas décadas. El guión ofrece algunos pasajes ya vistos en títulos como Philadelphia y Milk. Por ello la consagraron en la reciente edición del Oscar. La academia se identifica con las causas del discurso progresista.

Durante dos horas, el argumento aborda con rigor la complejidad del tema, alrededor de la lucha personal de un hombre contra el estamento judicial y médico. Pocas alternativas le ofrecen para superar su condición. La sociedad, la ciencia y la democracia son cuestionadas en el contexto de los años ochenta. A pesar de todo, Ron Woodroof se las arregla para salir adelante por su cuenta. De tal modo, logra eludir la cita con la muerte.

Los minutos le aportan sensibilidad, optimismo y sentido del humor a la dureza del planteamiento central. El relato de cámara encuentra el foco en el manejo fluido y espontáneo de los diálogos. A su vez, los cuerpos de McConaughey y Leto expresan una forma de dignidad en el crepúsculo de la existencia. Una metamorfosis tiene lugar delante de los ojos del espectador. 

Bajo el mismo perímetro, David Cronenberg haría lo propio para su versión de La mosca, reconocida como una alegoría de las secuelas del virus del HIV. Por su lado, Dallas Buyers Club apela a un registro más directo y despojado para desarrollar el conflicto de la trama.

El director muestra las diversas aristas del problema, evitando caer en los clásicos dilemas de la dramaturgia canónica. Hay un cierto halo de esperanza en la aventura emprendida por el actor principal del reparto.

El tiempo justifica el montaje de su negocio clandestino de medicamentos. Varios giros de comedia se desprenden a partir de allí. No obstante, el desenlace vuelve a equilibrar las cargas, a favor del contenido fúnebre y sombrío.

Entre la luz y la oscuridad, el triunfo y la derrota, Dallas Buyers Club concluye con la imagen del cowboy esquelético luchando por dominar a un toro enorme y furioso.

Es la síntesis o el resumen de la batalla dispareja cifrada por el subtexto.