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Antonio Ecarri Bolívar

Valencia como problema, pero nobleza obliga

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En artículo publicado la semana pasada que titulé: “Valencia como problema en 2014”, referí algunas experiencias de gobernanzas adecas del siglo pasado, cuando se tomó como excusa el  presunto sectarismo de Acción Democrática para desalojar del poder, por la fuerza, al primer presidente de Venezuela elegido por votación universal, directa y secreta: don Rómulo Gallegos. Decía que AD y Betancourt se habían hecho las autocríticas de rigor, durante la larga noche de diez años de la dictadura perezjimenista, y al regresar al poder se corrigió ese entuerto estructurando gobiernos de amplitud, bajo el criterio del Pacto de Puntofijo, y luego de la Amplia Base para, así, no solo desmentir la fama de sectarios, sino lo que era más importante en aquel momento: estructurar gobiernos con un sólido piso político que hiciera imposible o casi nugatorio su defenestración por un golpe de Estado.

Traje a colación esa experiencia para exhortar a los actuales gobernantes a seguir ese ejemplo o al menos recordarle esa dolorosa experiencia, a ver si era posible retomar el camino de la sensatez y comenzar un diálogo sincero con la oposición en Carabobo, por ejemplo, habida cuenta del desaguisado que se cometió al expropiarle a la ciudad el Teatro Municipal, el Parque Recreacional Sur, y constituir una autoridad única de una presunta ciudad “Hugo Chávez” que se construirá en el sur de la ciudad y que le arrebataría, supuestamente, competencias al municipio Valencia.

Lo peor del asunto es que todo ello ocurrió tan pronto se conocieron los resultados electorales que le dieron el triunfo al candidato opositor Miguel Cocchiola. En tal virtud, terminaba diciendo lo siguiente: “Valencia entera espera ver, más temprano que tarde, el encuentro entre un alcalde y un gobernador elegidos con una legitimidad del mismo origen y, cuidado, si con votantes comunes en algunos casos (…) Usted tiene la palabra, gobernador. Ojalá aprenda por nuestra experiencia, aunque le sea ajena”.

Pues bien, no tengo la pretensión de creer que el gobernador actuó siguiendo nuestro atrevido consejo, pero su decisión de convocar no sólo a Miguel Cocchiola, sino a todos los alcaldes opositores para iniciar un diálogo sobre los problemas que aquejan a las comunidades que los eligieron, nos obliga a darle relieve a tal acontecimiento. Además, nos han informado, sus colaboradores, que el gobernador tiene en agenda convocar a los más importantes partidos políticos –de gobierno y oposición– que hacen vida en el estado, y eso también merece ser reconocido como una buena noticia.

Y es una buena noticia, porque, como dice mi maestro en temas ideológicos, el doctor Demetrio Boersner, en artículo publicado por El Nacional: “Cuando el estadista israelí Yitzhak Rabin firmó los acuerdos de Oslo con el líder palestino Yaser Arafat, pronunció la frase: ‘Uno no hace las paces con amigos, sino con enemigos’. Explicó que un acuerdo de paz no busca transformar el odio en súbito amor, sino poner fin a la lucha y crear condiciones para que los hijos y nietos de los actuales adversarios convivan en amistad.

El diálogo entre bandos adversos no es un abrazo entre ‘comeflores’, sino un proceso de tenaz negociación desde posiciones antagónicas”. La sabiduría del maestro trae a colación este relato para criticar a quienes piensan que dialogar, en Venezuela, significa entregar o traicionar principios. El maestro Boersner trae el ejemplo, oportuno y pertinente, de las conversaciones entre israelíes y palestinos (enemigos milenarios) como una exageración pedagógica a los “ultrosos” de ambos sectores del espectro político venezolano que se niegan, torpe y tozudamente, a reconocer que existe “el otro” y creen poder imponer una hegemonía, de izquierda o derecha, a un país esencialmente plural y profundamente dividido pero con patriotas de lado y lado, con estadistas de ambos lados y, en definitiva, con venezolanos que no tenemos diferencia bíblicas, como judíos y palestinos. Estos, sin embargo, dialogan en medio de las balas y el terror.

Dicho esto, ratifico a voz en cuello que no solo quien esto escribe, sino todo carabobeño sensato aplaude la iniciativa de diálogo iniciado por el gobernador Ameliach, porque “noblesse oblige” y hay que decir que se trata de un paso en la dirección correcta. Ahora, pasemos a la etapa superior de todo diálogo: resolver los problemas que nos afectan y limar las asperezas que nos separan. Todo a su momento, caminante no hay camino –Machado dixit– pero al hablar Feo la Cruz, Salvatierra, Papito y Cocchiola con Ameliach se comenzó a transitar el camino, así que en lo adelante… no hay que volver la vista atrás.