• Caracas (Venezuela)

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Desde el momento en el que la civilización controló el fuego, el cambio tecnológico ha sido el motor, “el ángel exterminador” dispuesto a anunciar la irrupción de nuevas fuerzas destructoras y desintegradoras, a partir de la creación e integración del futuro del mundo. El impacto tecnológico ha logrado en el pasado reconfigurar el mapa social de clases y todo el paisaje material de la vida humana como ontología. De manera que el dispositivo tecnológico es siempre máquina de destrucción creativa. Precisemos.

El dispositivo tecnológico es una red de pliegue y repliegue, en un mismo movimiento, que reconfigura la distribución de fuerzas como materialización de momentos que se expresan como efecto de superficie, como nuevas prácticas y formas hegemónicas que en sus contradicciones y fracturas molares reafirman el poder y la dominación. Las rupturas institucionales asociadas a tales cambios son evidentes, y de ello da cuenta la narrativa que llamamos Historia.

El capital actúa, entonces, como estrategia organizadora de sí mismo, más que como producción y circulación pues no son más que la evidencia de su propia existencia separada de la vida, como lo demuestra la Teoría Crítica, al anunciar la aparición de una nueva racionalidad: la razón instrumental, en donde los imperativos sistémicos de conservación separan los medios de los fines para los cuales fueron creados.

La lógica o razón burocrática denunciada también por M. Weber –presente en todo momento de lo real como nueva racionalidad–, también sufre hoy un nuevo momento de perfeccionamiento y readecuación: entra en máquina con lo social, especializando la dominación como forma de control del tiempo y sus operaciones sobre el cuerpo. Ello supone que, además de acelerar el modo de acumular riquezas, el nuevo momento también perfecciona y afina los aparatos de acumulación y distribución de saberes y destrezas asociadas a nuevos grupos sociales, a veces fragmentarios y efímeros, otras veces permanentes, impactando también en la composición de clase, en su subjetividad y en sus prácticas.

Este dispositivo de totalización actúa borrando diferencias y aboliendo distancias entre vida pública y privada, vida social y vida individual, adentro y afuera de los procesos de subjetivación. Asimismo, organizando y desestructurando los mercados por impacto del dispositivo comunicación-información y sus múltiples agenciamientos.

El capital-comunicación se impone organizando el tráfico del tiempo libre, el mercado del gusto y el consumo en todas sus formas, estimulando el consumo de la materialidad que articula la solución del deseo e interviniendo todas las destrezas de la existencia humana, cruzando al cuerpo y la corporeidad creadora de la máquina deseante. Organizando, diría Foucault, “el uso de los placeres”, desterritorializando el cuerpo político y su potencia, disolviéndolo en una nueva forma de existir en relación con la máquina total: el biopoder, opuesto siempre a los brotes de singularidades nómadas y a las anomalías de la multitud.

Pero los cambios se operan a tal velocidad que, como el cáncer, dejan zonas inconclusas, “imperfectas”, inacabadas, obsoletas o producciones incompletas y débiles. Vacíos desérticos, lugares marginales fuera del alcance de la lógica del capital. Todo ello convertido en anomalías que deben ser corregidas y recuperadas, capturadas en la ortopedia del dispositivo dominante. Casi siempre lo logran…casi siempre.

Tales aceleraciones del espacio-tiempo de dicho dispositivo van imponiendo, por impregnación, un régimen de sentido en la producción de la vida material. “Es la razón instrumental colonizando el mundo de la vida”, diría Weber. Pero a su vez, como movimiento inverso de resistencia o de recambio, siempre se producen desprendimientos o desafiliaciones.