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Francisco Javier Pérez

Vacío e inconsciencia lingüística 2

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¿Qué hacer, toda vez que ya existe un diagnóstico y cuando se han ordenado los indicadores, las evidencias han sido establecidas y se han aislado las causas centrales que motivan la afección? Estoy tentado a decir que nada puede hacerse. Sin embargo, parece que algo tenemos que hacer desde esta frontera que llamamos lingüística, disciplina que, como señalara B. L. Whorf en 1940, estaba llamada a convertirse en la rectora de las ciencias modernas.

Primero, abogaría por una lingüística más cualitativa que cuantitativa, menos significante y más significativa, más humana y menos dogmática. Después, que aunque tenga aroma a utopía, la profesionalización lingüística se ocupe, muy persistentemente, en la asesoría y conducción técnica de los programas y puestas en práctica de la enseñanza de la lengua materna, motivo capital de la crisis.

Que, entonces, el lingüista sea visto como el natural acompañante en todo proceso relativo al desarrollo de habilidades de lenguaje y que nunca se abandone este proceso en otras manos profesionales aisladamente. Que esta vigilancia del proceso por parte del especialista adecuado se traduzca en un diseño de gramática con sentido propio en función del conocimiento de las posibilidades de la lengua y nunca como virtuosismo analítico por parte de educadores, asunto que en la mayoría de los casos actuales ofrece muchas carencias. Que, finalmente, la enseñanza del español se entienda como posibilidad de adquisición del mundo, posesión de la realidad, conocimiento de cultura, necesidad de comunicación profusa en recursos, vinculación simbólica de la escritura entendida como construcción discursiva, modo de pensar a través del lenguaje, retrato psicológico y social facilitado por la simplicidad y complejidad del lenguaje.

¿Cómo lograr todo esto? En primer lugar, resulta necesaria la voluntad para hacerlo. Junto a ella, una habitual obtención y destinación de recursos económicos que se traduzcan en nuevos programas, enfoques y diseños educativos y, principalmente, en formación y entrenamiento de las nuevas generaciones de educadores. He aquí donde es muy fuerte el trabajo que los lingüistas venezolanos tienen que hacer. Es obvia, también, la necesidad de mayores inversiones en disciplinas lingüísticas, tanto en formación de nuevos profesionales como en dotaciones de investigación. Asimismo, se impone un vuelco en los sistemas de enseñanza del español en toda la jerarquía educativa nacional.

Nada de esto es fácil. Es más, resulta extremadamente complejo proponer cambios en los comportamientos profesionales y en los hábitos institucionales y gubernamentales relativos a los problemas de nuestra lengua degradada. Sin embargo, creo que tenemos que hacer el intento si queremos, no restituir el orden perdido, cosa que no es ya posible, sino orientarnos hacia una nueva etapa en la evolución de nuestra lengua española venezolana. Aquí se imponen algunas precisiones. En ningún momento nuestro punto de vista debe ser confundido con el purismo lingüístico. Al contrario, quiere ser una discusión sobre el destino infeliz al que nos condujo tanta represión desde el siglo XIX y hasta el presente en los ámbitos benéficos de la lengua. En 1906, Jesús Semprum, a contracorriente con los pensadores lingüísticos de su tiempo, marcaba nuestro uso del español como uno de los más virtuosos del continente.

De nuevo otra precisión que nos lleve a recorrer los ámbitos de la lengua del país y no ya el uso del español general en Venezuela, motivo de toda nuestra reflexión anterior. En ningún momento me he estado refiriendo como deterioro del lenguaje al uso que hacemos de peculiaridades del habla de Venezuela en distinción y contraste dialectal con las de otras variedades del español. Léxico fecundo, morfosintaxis con curiosos aportes expresivos, entonaciones características parecen constituir necesidades de nuestra propuesta dialectal del español. En todos estos casos se trata de inigualables riquezas y de contribuciones culturales que Venezuela hace al español general a través de su lengua dialectal. En este sentido, no debe sino alabarse el uso magnífico que se hace de una lengua de sabor viejo, maravillosa conservación de la expresión de un castellano de siglos pasados por parte del pueblo llano venezolano, sabio por indocto. Nuestras críticas van dirigidas a la lengua de los doctos.

Transitan en este grupo los profesionales de toda índole y raza, universitarios, dirigentes políticos, hombres públicos, ministros y congresistas, líderes, abogados de letra vacía, gerentes, ejecutivos, directivos universitarios, comunicadores, escritores de estirpe fraudulenta, educadores, estudiantes apegados a la piratería, intelectuales de monta escasa, doctorcillos de titulación dudosa y muchas otras especies por el estilo. En todos los casos, difusores de la decadencia de nuestro lenguaje como entes divulgadores y repetidores de la enfermedad. Nuestras críticas van dirigidas a ellos y a su desamor por la lengua y al cultivo que hacen de la vía fácil. 

En conclusión, se necesita una toma de responsabilidad por parte de los que están llamados a conducir nuestros destinos lingüísticos. Basta de tanta sabiduría inconsistente que no desemboca más que en la admiración vana. Más trabajo activo y en profundidad. Más descripción de los males de nuestra lengua y menos descripción de curiosidades fenomenológicas. Más interés por nuestro objeto de estudio, que es la lengua en su múltiple dimensión. Más amor, en definitiva, por aquello que nos determina social y espiritualmente como individuos activos en una sociedad de un tiempo histórico de peso específico.

Cuando estas tareas hayan quedado resueltas por parte de la ciencia lingüística venezolana y cuando su incidencia en los procesos educativos sea persistente, estaremos en capacidad de incidir en la sociedad para la que estamos obligados a trabajar y la que justifica nuestra existencia científica.

La sociedad venezolana también tiene que hacer sus esfuerzos. En la medida en que las condiciones económicas, sociales y culturales vayan resolviéndose y revirtiéndose hacia momentos más equilibrados de progreso, ellas dejarán su impronta en el retrato lingüístico de la sociedad. Sin duda, las conexiones y trasvases entre lenguaje y sociedad no parece ser una invención de la lingüística, sino uno de sus comportamientos más sólidos.  

La decadencia del lenguaje cobra vida por efecto del deterioro social. Cuando entendamos que el lenguaje es fundador de la realidad y constructor de universos, sabremos que la sociedad se salvará.