• Caracas (Venezuela)

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Jair de Freitas

Utopía tricolor

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A pesar de la censura que hoy reina en nuestro país, basta leer la prensa escrita o las redes sociales para conocer la Venezuela que tenemos al tiempo de lamentarnos porque no es como la queremos. El catálogo de los problemas que aquejan a nuestra sociedad están tatuados en la memoria cotidiana de todos: desempleo, inseguridad ciudadana, impunidad, corrupción, ineficiente sistema de salud, escasez, restricción de libertades públicas, insuficiencia del ingreso, incertidumbre, desesperanza en el porvenir y muchas otras cosas que nos sumergen en honda preocupación cotidiana mientras el tiempo se nos va.

Quienes amamos Venezuela, somos duros críticos de lo anterior y damos todo cuanto está a nuestro alcance en la brega cotidiana por construir la nación que en verdad merece nuestro gentilicio. No aceptamos que se nos desmorone el país así y menos aun ocultamos la disconformidad con nuestro inminente deterioro como sociedad. Esa desazón general en realidad existe por una razón: cada uno de nosotros genuinamente sueña con un futuro mucho mejor al presente. Para todas esas personas mi artículo de hoy.

Sueño con un país donde no tenga que despertarme tres horas antes de comenzar mi jornada laboral para garantizarme llegar a pesar que alguien cause un accidente por incumplir impunemente las reglas de tránsito, en el que pueda disponer de servicios básicos como el agua y electricidad para la respectiva higiene personal matutina y en el que pueda bañarme sin preocuparme porque se termina la última pastilla de jabón y no se dónde ni cuando aparecerá la siguiente. Sueño con un país que por ser petrolero cuente con las mejores vías de comunicación del mundo, en el que exista un eficiente y seguro sistema de transporte público (digno para todos) y donde la riqueza se invierta traduciéndose en desarrollo y bienestar.

Quiero una Venezuela en la que desayunar fuera de casa no sea un lujo, donde exista una gran variedad de productos y servicios en los supermercados cuya competencia se centre en la calidad y precios en ves del grado de cercanía con el gobierno. Un país en el que transitar por espacios públicos no sea un riesgo extremo, donde borremos el toque de queda nocturno que la delincuencia nos impuso, en el que sea posible tener acceso a la propiedad privada y progresar. Donde en vez de envidia existan anhelos, donde el trabajador que se esfuerce pueda crecer y brindarle a los suyos mejores oportunidades de vida en vez de menguar un salario mínimo que no le deja ni llenar la nevera.

Deseo una nación unida, en la que todos nos sintamos orgullos de haber nacido, crecido y vivido aquí, donde los ojos de los demás países se centren en nosotros por las buenas noticias, por los logros de nuestros connacionales y por ser un ejemplo de las buenas prácticas. Un país en el que cuando suene el himno nacional se nos infle el ego en vez de apagar la radio y en el que las emociones salten al ritmo del Alma Llanera en vez de irnos de la fiesta.

Una patria de la que –aunque se pueda- nadie quiera irse, donde los títulos universitarios se firmen como icono del logro y no por un trámite de tránsito al extranjero. Una Venezuela en la cual más allá del gusto por nuestra insuperable gastronomía (que por supuesto va mucho más allá del plato típico, una buena hallaca o la adictiva arepa) nos unan los valores y buenas costumbres.

Un país donde se destierre definitivamente el rencor político, existan mejores oportunidades y donde se desarrollen miles de empresas que generen fuentes de trabajo, riqueza, progreso, bienestar y productos que no solo abastezcan el mercado local, sino que además se exporten y gocen de la preferencia del mercado internacional. Una Venezuela donde al empleador no le tiemble el pulso para firmar un aumento de salario o una convención colectiva porque sabe con certeza que va a poder responder; y donde el gobierno no lo amenace sino que resuelva los problemas haciendo verdadera gestión pública sin convertir los poderes en espacios de trinchera partidista. Un lugar, donde la política laboral se defina por la vía de la concertación social y no por la soberbia intelectual que pocos imponen a muchos.

Concluyo recordando un poema de Eduardo Galeano: “Ella está en el horizonte. Me acerco dos pasos, ella se aleja dos pasos más. Camino diez pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Por mucho que yo camine nunca la voy a poder alcanzar. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para eso: para caminar”. Ojalá que este desahogo permita que Venezuela ande, surja y avance, aunque hoy sólo se trate de mi utopía tricolor.