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Eduardo Mayobre

Usted decide

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El domingo pasado, Tulio Hernández publicó en el suplemento Siete Días de este diario un excelente artículo en donde relata el caso de cuatro inmigrantes españoles republicanos que se reunían todas las tardes e inevitablemente hablaban, al caer el ocaso, del caudillo Francisco Franco, esperando su muerte. Cuando ésta ocurrió, uno de ellos no pudo celebrar el fin de más de tres décadas de dictadura porque había fallecido en la víspera. “Aquel día –comenta Hernández– entendí cuánto puede marcar la vida privada los desafueros de la política y las artes del totalitarismo”.

El próximo 14 de abril decidiremos cómo marcará la vida pública nuestra vida privada en los próximos años. Tendremos la oportunidad de opinar sobre si acaso nuestros hijos deberán ser educados por un régimen que pretende ser propietario de una verdad única o si les será permitido considerar como verdad lo que les diga su razón y su conciencia. Será la ocasión de pronunciarnos sobre si su religión será la que ellos elijan libremente o se les someterá al intento de manipular y deformar las creencias más íntimas con fines electorales y políticos. Podremos elegir entre la posibilidad de expresar nuestra opiniones libremente o de que ellas y nosotros seamos sometidos a insultos y escarnio público por simplemente habernos atrevido a emitirlas.

Porque, como bien señala Hernández, los desafueros de la política y las artes del totalitarismo pueden marcar nuestra vida privada hasta anularla. De manera que optar por la vida pública que deseamos nos afecta hasta en los más mínimos detalles cotidianos. Saber, por ejemplo, si encontraremos trabajo, aceite o mantequilla. O si la inflación erosionará la calidad de vida acostumbrada. Si se considerará pecaminoso vestir otra franela que la roja. O si admirar que Cristóbal Colón descubrió un nuevo mundo pudiera convertirte en sospechoso.

Pero también pudiera subrayarse que las ideas privadas, expresadas de manera colectiva, pueden marcar la vida pública gracias a las rendijas de democracia que aún nos quedan. De manera tal que una demostración masiva y contundente de cada uno de nosotros puede señalar un camino distinto al desafuero. Se trata de un problema de conciencia. Si queremos algo nuevo y diferente, más acorde con nuestros deseos, lo honesto es decirlo claramente, no obstante los obstáculos que se pretendan interponer a nuestras aspiraciones mediante las manipulaciones del poder y los dineros de la nación.

No se trata de lograr algo imposible. El 2 de diciembre de 2007 el voto popular derrotó el intento de los gobernantes de imponer una constitución nacional comunitaria, inspirada en el corporativismo que preconizaron caudillos como Franco y Pinochet, entre otros. El 2 de diciembre de 1952, 55 años antes, nuestro último dictador que gobernó a nombre de las fuerzas armadas, el general Marcos Pérez Jiménez, desconoció el triunfo de la conciencia democrática de los venezolanos. Ahora se trata de elegir entre las 2 manifestaciones de esa misma fecha: si aceptar el desconocimiento de la voluntad popular o lograr nuevamente una “victoria de mierda” que nos impida caer en el abismo.

Usted decide. Porque entre la afirmación de la voluntad democrática, de paz y de respeto, y el acatamiento de los liderazgos, sin gracia ni sustento, señalados a dedo se define el carácter de la vida privada de cada uno. Influenciada, como bien señala Hernández, por los desafueros de la vida política.

Se trata no sólo de libertad, también está juego el progreso. En los más de 30 años del franquismo España fue un país en retroceso, que por azar nos dotó de una inmigración trabajadora. Los progresos de Venezuela en los últimos años, los de estridencia seudorrevolucionaria, han sido pocos. En el mejor de los casos estamos donde mismo. La inefable retórica no ha sido motor de avance, no obstante los altos ingresos petroleros. De manera que al parecer nos encontramos sin salida. Pero quizás haya un camino. Nos ha sido propuesto. Usted decide. Lo peor que puede hacer es abstenerse.

Usted decide, pero tiene que decidir. Lo mortal es la indiferencia. Porque ante la perspectiva de una vida privada mancillada y una vida pública dirigida por caudillos de segunda, capaces de anular la vida personal, se necesita un mínimo de responsabilidad. Un mínimo que puede ser un máximo si cada quien cumple con su deber. Con el deber de mantener la democracia y la unidad de la nación, aunque ésta se encuentre amenazada. Si se cumple, “venceremos, por encima de las tumbas, venceremos”, tal cómo dijera Rómulo Betancourt en su último discurso, citando a Goethe. Usted decide.