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Antonio Sánchez García

Uslar Pietri: Golpe y Estado en Venezuela

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Imposible desmentir a Simón Alberto Consalvi: solo en el libro más hijo de puta escrito en la era democrática podía un anciano consumido por el odio y el rencor achacarle parte de responsabilidad en un golpe de Estado a quien había sido su principal víctima. Y sin darle un respiro, exigirle su dimisión. La historia nos ha dado el triste privilegio de asistir a la prueba de la inmensa putada.

 

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No había leído, a pesar de haber buceado en su vasta obra poligráfica: literaria, histórica, política, y de haber escrito incluso artículos elogiosos en el centenario de su muerte (La pesada carga de su ausencia, el Papel Literario de El Nacional), el opúsculo Golpe y Estado en Venezuela, escrito al fragor encendido de la felonía de Hugo Chávez y en el mismo año en que Venezuela se desviara definitivamente y ya sin rumbo alternativo hacia la catástrofe: en el nefasto y sangriento año de 1992, por el santón de la República de nuestras letras, el laureado y venerable doctor Arturo Uslar Pietri.

Hasta entonces sabía lo que todos los venezolanos medianamente educados saben: que descendía en línea directa del general Uslar, llegado de Hannover, entonces principado inglés en tierras germanas, a respaldar a Bolívar; había amamantado del gomecismo; formaba parte de las correrías de sus hijos por las sombreadas arboledas de Maracay; que era la máxima conciencia de sus herederos y el intelectual orgánico por excelencia del posgomecismo. Que había ocupado los más altos cargos del medinismo, hasta convertirse en su delfín y que solo accidentes del destino –ni ser militar ni haber nacido en el Táchira– lo habían sacado del juego político de la sucesión a la que parecía predestinado. Antes de cumplir los 40 años y a pesar de haber llegado a ser el funcionario perfecto de una República imperfecta: culto, educado, prestigiado y famoso en el mundo de las letras hispanoamericanas, desde que escribiera en París una obra señera que rompería los esquemas del costumbrismo que aletargaba la polvorienta novela de los tiempos y recibiera los elogios unánimes de la crítica: Las lanzas coloradas.

Y sabía desde luego lo que ningún venezolano de mediana edad y enterado de los avatares y vaivenes de nuestras dictaduras desconoce: que Rómulo Betancourt lo sometió al Jurado de Responsabilidad Civil, lo marcó con el descrédito de la ofensa, lo metió en el saco de la corrupción y las iniquidades atribuidos, en muchos casos con sobradas razones –como el del ladronzuelo que pariera a Rangel Vale–, a la espantosa tiranía gomecista, en otras con saña e injusticia, como el suyo, según lo recordara con indignada arrogancia en una célebre carta escrita en 1946 y dirigida a Rómulo Betancourt, el mediocre demagogo de sus enconos. Decir que sufrió del destierro, como quienes lo condenaran después de ser perseguidos y aherrojados por Juan Vicente Gómez, sería un abuso de la escritura. Vivió en Estados Unidos, protegido por intelectuales de grandes influencias en el establecimiento académico norteamericano, y como no era tampoco un desarbolado y zarrapastroso vagabundo de oprobios y tendría sus bienes –jamás sería un pobre– no careció de un buen pasar, si bien a la sombra despechada de la amargura.

Sabía más: que llevado por el ejemplo del entendimiento entre españoles mucho tiempo antes de la trágica contienda fratricida había decidido luego de la caída de Pérez Jiménez tenderle una mano a su principal enemigo, Betancourt y Acción Democrática, y vincularse al esfuerzo del Pacto de Puntofijo fundando un partido y aspirando a la Presidencia de la República. Con un saldo por cierto lisonjero: obtener la primera mayoría en las grandes capitales –es un decir– y una abrumadora derrota en los lejanos territorios de la incultura y la ignorancia de la Venezuela rural, que aún resoplaba. No fue Chávez el inventor del uso despiadado de la ignorancia y la marginalidad como instrumento de estética cirugía política.

Lo que supe después del 4 de febrero de 1992 ya olía a resurrección de las venganzas, a rencores del pasado disfrazados de catonazgo republicano. A trasnochadas pero venenosas lamentaciones de Job. Sus artículos en El Nacional y algunos avisos pagados de gran formato, acompañado de lo que se dio en llamar un acrisolado grupo de notabilidades, mostraban la garras de una fiereza descarnada: los señorones del pasado desempolvaban sus lanzas coloradas y se lanzaban al ataque del eslabón más débil de la cadena con una furia de guerra a muerte. No se detendrían en su empeño hasta cortarle la cabeza al espantajo de todos los rencores y exhibirla desde el balcón del pueblo cuando ya era demasiado tarde para deshacer entuertos. Sin querer queriendo, y tras la satisfacción de un odio cainita, había servido de palafrenero del Boves de la circunstancia para reconocer entonces con espanto, ya cometido el crimen y hecho el gran daño, que el vengador de sus injurias no era más que un pobre diablo, un ignorante, un payaso. Para poco después, en una triste jugada del destino, morirse irremediablemente.

Simón Alberto Consalvi, que en sus notables conversaciones con Ramón Hernández –Contra el olvido– dedica páginas de su renacentista perspicacia y su profundo conocimiento de la historia y sus hombres a la errática figura del convidado de piedra a la mesa del golpismo, asegura que el 4 de febrero pilló a Uslar con “la resaca del 18 de Octubre (de 1945) y estaba dispuesto a tomar venganza en el momento que fuera. Un duelo pendiente” con Betancourt, así el guatireño estuviera muerto y enterrado. “En él había un conservadurismo profundo. Los residuos del positivismo que arrastraba le impidieron aceptar la democracia. Nunca le satisfizo el régimen democrático abierto. Nunca lo aceptó”.

Fue la insólita declaración con que inmediatamente después culminó esas palabras condenatorias lo que me hizo volver a Uslar y buscar desesperadamente su obra postrera, Golpe y Estado en Venezuela, para contrastarla con el asombro de mis propios ojos: “Golpe y Estado en Venezuela, de Arturo Uslar Pietri, es el libro más hijo de puta que se ha escrito en Venezuela en el último medio siglo. Uslar Pietri publicó ese libro casi para celebrar el madrugonazo del 4 de febrero de 1992, como si se hubiera propuesto la revancha del 18 de octubre de 1945”. Cita de seguidas las palabras de satisfacción con que Uslar agradece que “esos jóvenes muchachos” satisficieran el profundo anhelo  de hacerle pagar a Carlos Andrés Pérez –no lo dice, pero pudo haberlo dicho: si hubiera sido preciso con sangre y al precio de su vida, que el hoy ministro de Interior y Justicia Rodríguez Torres, encargado de invadir el Táchira con el concurso del general Padrino dirigió entonces el vil ataque de artillería contra La Casona para asesinarlo a él y a toda su familia– “el disgusto creciente que la mayoría de la población, particularmente la clase media y los trabajadores, para no nombrar los marginales y los desempleados, venía manifestando en muchas formas ostensibles con respecto a la gestión del gobierno”.

Basta comparar “el disgusto creciente de la población” en aquellos tiempos con el de la hora actual, cuya represión llevada a cabo “por los jóvenes insurrectos del 4 de febrero” –una cáfila de ladrones, ambiciosos, desalmados y narcotraficantes– ya cuenta con más de 40 jóvenes hombres y mujeres asesinadas, miles de heridos y detenidos y la incalificable obra de traición a la patria de las mismas fuerzas armadas que quisieran entonces “satisfacer el disgusto creciente de la mayoría de la población” para medir en toda su amplitud la canallesca afirmación de un hombre que, como bien dice el mismo Consalvi, era el peor enemigo de sí mismo. Por ambiguo, por cobarde, por no atreverse a dar el salto al mundo que lo rodeaba.

Basta leer las primeras líneas de ese opúsculo infame para sentir la hipocresía, el doble lenguaje, el pisabajismo de quien traviste su profundo rencor y odio contra la democracia, en la que jamás se sintiera a sus anchas, con la hiperbórea grandilocuencia del sabihondo. Honda y profundamente positivista como era y convencido de que los venezolanos habían nacido para ser mantenidos en vereda bajo el mando de un gendarme necesario. El que muchos creyeron encontrar en Chávez, para dar con el monigote que hoy nos hunde en los abismos.

Visto el fracaso de la felonía que aplaude y agradece, consideró que escribir ese libro para justificar el crimen debía culminar con un párrafo supremo, convertido en portaestandarte del golpismo irredento cuya verdad estamos conociendo en sus más íntimas entrañas:

“Muchos hemos pensado que el actual presidente de la República –se refiere a quien venía de librarse de un magnicidio luego de ser aclamado en Ginebra como el presidente más exitoso del año–  debe asumir plenamente su parte de responsabilidad, que es grande en esta emergencia y que, junto con la voluntad de coadyuvar eficazmente a que se hagan los cambios, tenga la suficiente convicción republicana para ofrecer su renuncia, en el momento oportuno, como parte de esta gran empresa de rectificación política”. Postrarse primero ante el golpismo y luego cortarse la cabeza para ofrecerla a la canalla en gesto de mortuoria amistad.

Imposible desmentir a Simón Alberto Consalvi: sólo en el libro más hijo de puta escrito en la era democrática podía un anciano consumido por el odio y el rencor achacarle parte de responsabilidad en un golpe de Estado a quien había sido su principal víctima. Y sin darle un respiro, exigirle su dimisión. La historia nos ha dado el triste privilegio de asistir a la prueba de la inmensa putada.

 

Arturo Uslar Pietri, Golpe y Estado en Venezuela, Editorial Norma, 1992, Caracas.