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Ramón Hernández

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El asedio no empezó en 2007, que es el año que las universidades recibieron un presupuesto bastante parecido al solicitado, casi 30% menos. El año siguiente y todos los que pasaron hasta llegar a 2013 el Ejecutivo se ha valido de la reconducción para no incrementar los montos que los centros de estudio dedican a la investigación, al mantenimiento y a la extensión.

No importa que en ese tiempo en Venezuela la inflación se haya disparado y que sea casi imposible cubrir las necesidades elementales con cantidades semejantes. Si en 6 meses los precios de las manzanas se han multiplicado por 10, lo mismo que las resmas de papel tamaño carta, imagine cuán poco se podrá adquirir con la minucia que reciben los centros de educación superior que se mantienen autónomos y democráticos.

No es un hostigamiento gratuito, tampoco un capricho, sino la necesidad de torcerle el pescuezo a una institución que se mantiene respondona, aunque le han mojado la pólvora y muchos de los atributos de los que se ufana, como el libre debate y la calidad formativa, son más infundios que historia real. Siendo buena parte de los personeros del régimen productos y subproductos de esas universidades contamos con elementos concretos para medir con precisión la magnitud del fracaso. No tomemos en cuenta a los encapuchados tirapiedras que no lograron graduarse y se hacen llamar doctor en los pasillos de la Cancillería, ni a los graduados que nunca ejercieron la profesión por haberse dedicado a la política, a buscar un cargo gubernamental; enfoquémonos en gente de prestigio y reconocimiento en su gremio, que por conexiones políticas les toca integrar, como de hecho ocurrió, el jurado del Premio Nacional de Periodismo y no encuentran a nadie mejor para premiar que a un difunto, a quien le atribuyen bondades que por tratarse de un finado no vamos a discutir. Sólo digo que, si iban a incentivar talentos idos, debieron empezar por Bolívar, aunque yo prefiero a Páez y no sólo por compartir orígenes.

El poco tino de ese jurado y su alta capacidad de arrastre, de pegar la lengua al piso, se compagina con el tipo de periodismo alcahueta y ramplón que se ejerce en los medios oficiales, el cual valora más al comunicador que asiente que al que pregunta sin miramientos y sin guiones elaborados por los jefes y los comisarios políticos. Así como fueron obviados los profesionales del periodismo que a diario arriesgan el pellejo para informar sobre lo que el Gobierno calla y esconde, a las universidades autónomas les pretenden ahogar el poco aliento crítico que les queda para amoldarlas a las necesidades del socialismo del siglo XXI, y graduar hombres doblados, dispuestos a poner el hombro para que los funcionarios del partido trepen y acumulen grandes fortunas, mientras al pueblo le tiran migajas y alimentos cancerígenos, como los helados aromatizados artificialmente de marca Copelia. Ventas suspendidas, en paro, con la casa que vence las sombras, UU-UCV.