• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

Unasur y el inicio del diálogo

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La palabra diálogo le genera alergia a los extremistas, es sinónimo de cobardía, de entrega, de venta de principios o de traición. Curiosamente, los extremos reaccionan de la misma manera cuando se invita a dialogar y a encontrar vías distintas a la confrontación fratricida. La palabra diálogo es un estorbo para quienes creen  que el derramamiento de sangre es un “daño colateral”,  siempre, por supuesto, que la sangre sea del otro.

Quienes promovemos esa opción como alternativa a la violencia, a la irracionalidad y a la muerte, sabemos que en un estado de crispación, de alta e hirviente polarización, de rabia y de negación mutua entre bandos irreconciliables y, paradójicamente, parecidos en su terquedad, corremos el riesgo no sólo de no ser escuchados, sino de fracasar en esta iniciativa calificada de “romántica”, “bobalicona” o simplemente “pajúa”, y de pagar como factura menor el odio de los “dueños de la verdad” de uno y otro sector.  La factura mayor, que se traduce en más muerte, más violencia, más sangre, la terminaremos pagando todos, o casi todos, si en lugar del diálogo se impone una dinámica sin retorno hacia escenarios que han llevado a otras sociedades a una verdadera carnicería.

La visita de los cancilleres de Unasur a Venezuela le dio aliento a la posibilidad de que el gobierno del presidente Nicolás Maduro  se siente a dialogar con los opositores coaligados  en la Mesa de la Unidad Democrática y con el movimiento estudiantil no oficialista, crítico, opositor. Los cancilleres no sólo escucharon a buena parte de los sectores que tienen algo que decir sobre la difícil y dolorosa  coyuntura que vivimos. También ofrecieron todo el apoyo para las iniciativas que se traduzcan en un diálogo fructífero.

No hay tiempo que perder, hay que sentarse a la mesa para abordar con crudeza y claridad los temas más espinosos que dividen al país, y para encontrar soluciones a los problemas que  conocemos y padecemos.

El diálogo por sí solo no es garantía de nada. Hace falta la voluntad política. La primera muestra de ella es ese primer paso. Hay que darlo, sin más dilaciones. Ya existen las condiciones mínimas necesarias, sólo faltaría precisar quién sería el facilitador de buena fe. Pero ya está más que demostrado que cada dilación, cada obstáculo que se interpone se traduce en muerte de venezolanos. Ya llegamos a las cuatro decenas de fallecidos. ¿Cuántos más se requieren?

En días recientes estuvimos en Mérida, y asistimos a la instalación de la Conferencia Regional por la Paz. El gobernador Alexis Ramírez (Psuv) y el alcalde de Mérida, Carlos García (Primero Justicia), se sentaron en la misma mesa, y cada uno de ellos ratificó sus posiciones políticas. Ninguno renunció a sus puntos de vista, pero fueron capaces de comprometerse a trabajar juntos por la paz, por erradicar la violencia y buscarle soluciones a los problemas de esa región. Ojalá eso no quede en mero compromiso y en una fotografía para salir del paso, y que

Más allá de la agenda que deba ser construida entre las partes, de los puntos específicos que lleven a la mesa los interlocutores, está la Constitución de 1999, que debe ser el referente fundamental para llegar a acuerdos. Allí está la clave del entendimiento que el país reclama. Dentro de la Constitución todo, fuera de ella nada. La carta magna no es el problema. Todo lo contrario. En ella están contenidas las soluciones a buena parte de  las controversias que hoy dividen a la sociedad. Cualquier actuación al margen o contra los principios en ella establecidos no puede ser avalada ni quedar impune. Venga de donde venga.

Miguel Ángel Rodríguez

Quiero dejar constancia de nuestro pesar por el fallecimiento de nuestro entrañable amigo, el doctor  Miguel Angel Rodríguez. Nuestras condolencias a toda su familia, en especial a su compañera María, profesional de la medicina como él. Paz a sus restos.