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Leopoldo Tablante

Último empujón para un hombre solo

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Cuenta el periodista Boris Muñoz que, cuando Henrique Capriles Radonski llegó a Caicara del Orinoco, una madre del pueblo le ofreció al soltero candidato su hija “en edad de merecer”. El detalle se alinea perfectamente con el espíritu bolivariano de los últimos catorce años. ¿No forma parte del mito del Libertador el cuento de que, cuando pernoctaba en pueblos remotos, el gran Simón se hacía llevar a la más apetecible manceba de la comarca? Caicara del Orinoco, segundo pueblo del actual estado Bolívar más visitado por el Libertador después de la vieja Angostura, debió estar al tanto de las urgencias de pernada del padre de la patria.

Pero hasta en eso parece que el Capriles que marcha a pie se le ha adelantado al Chávez de piquete y papamóvil. Sin embargo, tanto en el caso de Chávez como en el de Capriles llaman la atención sus soledades. A diferencia de Barack Obama en Estados Unidos, cuya principal promotora es su esposa –quien vende a su marido como un padre ejemplar, dispuesto a sacrificarse para que en su país haya más familias como la suya–, los candidatos venezolanos se lavan las manos ante la vieja exigencia de que un presidente de la República debe ser un hombre casado y cabeza de una familia nuclear. ¿Representa la soledad de los candidatos que el país se está sincerando a la realidad de su estructura sentimental, familiar e institucional?

Hace algunos años el padre Alejandro Moreno, director del Centro de Estudios Populares, ofreció una charla a los estudiantes de la Escuela de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello en la que explicó el círculo de la pobreza venezolana. Para él, la pobreza implica una dinámica de interacción familiar de tipo matricentral, con padre ausente, que hace converger la energía emocional de los hijos (sobre todo si son varones) hacia una jefa de hogar responsable de distribuir los pocos haberes y los muchos deberes. Moreno despejó esta lógica a través del levantamiento de relatos de vida que solían coincidir con lo que, en los años setenta, el psiquiatra José Luis Vethencourt descubrió luego de entrevistar reclusos de cárceles venezolanas: las vidas de los presos podían ser un caos de violencia, pero todos estaban claros en que la madre, a pesar de su historia de mujer malquerida, era una entidad virginal e intocable.

El esquema no nos es exclusivo: está bien diseminado en los Andes, el Caribe y Centroamérica, por no hablar de los esquemas clásicos italiano, magrebí y del Medio Oriente, todos de acuerdo en que el peor insulto es aquel que mienta a la madre. Todo eso debe haber convenido a la epopeya autoritaria chavista, con sus retrecherías de obsesión fálica simbolizadas por la espada de Bolívar; y de algo de eso debe estar siendo hoy beneficiario Capriles Radonski, frecuentador de mujeres bellas que no mutan en opciones de primeras damas. En cambio, Capriles le rinde culto a la Virgen María, un aura materna –la que le hizo soportar el aislamiento de su temporada en la cárcel, dice– que funciona como una obligación de ironía democrática: formado entre el judaísmo y el catolicismo, más le vale al candidato de la unidad acogerse a la fe de la mayoría.

La campaña del hombre solo le sigue la corriente a un país de testosterona regada en el que, mientras espera un regreso o una disculpa, a la jefa de hogar no le queda más que resignarse a su suerte, administrar su miseria y echar pa’lante. ¿Habrá sido por esa vaguada de machismo que, durante las primarias, a María Corina Machado no le llovieron los votos duros? Yo prefiero pensar que los directores de campaña e imagen de Machado, como les sucede a los dueños de inteligencias sofisticadas, perdieron de vista lo más obvio y le atribuyeron a su clienta imágenes y adjetivos que no le calzaban. No es el caso de Capriles, quien, tras la sombra de Chávez, se ha forjado en un discurso incluyente (aunque no esponjado de esteroides) que este domingo espera una última corriente de votos duros para que, por fin, Venezuela pase la página.