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Emilio Cárdenas

Ucrania: hora de cambios

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Kiev está, desde hace dos meses, en tensión. Altísima. Tiene, una vez más, a multitudes encolerizadas acampando en sus calles y protestando airadamente contra la corrupción, la mentira, la incapacidad de los políticos y los fraudes electorales. Hartos de sus propias circunstancias. Ocupando, desafiantes, algunos edificios públicos. En el oeste del país, pro europeo, el fenómeno se repite en otras ciudades. Pero las protestas se han extendido -sorpresivamente- en el este del país, donde se habla ruso y la influencia de la Federación Rusa es enorme. Al tiempo de escribir estas líneas, todavía 14 de los 25 edificios de los gobiernos regionales siguen ocupados.
Ocurre que, pese al clima gélido, las plazas y las calles ucranianas están calientes. Llenas de pasión y rabia. La protesta tiene un habitual centro neurálgico: la simbólica Plaza Maidan, la de la Independencia, en la capital del país. Algunos manifestantes esgrimen palos. Otros portan toda suerte de armas primitivas. Y hasta los normalmente inocuos fuegos artificiales han sido transformados, de pronto, en una inesperada arma de guerra. Actúan a la manera de sublevados. Fundamentalmente exigen que se convoque a elecciones presidenciales anticipadas, de modo de sacarse de encima -con alguna legitimidad- al presidente filo comunista Viktor Yanukovich, cuya renuncia piden a gritos.
La persistente presión popular parecería estar dando algunos resultados. Pero nada es definitivo. Sobre todo, porque las muertes y golpizas que se acumularon cuando las protestas se reprimieron con dureza, pesan enormemente sobre los hombros de quienes las ordenaron. Suele ser así. De allí el terror de los políticos cuando de asumir esa compleja responsabilidad se trata.
Un Yanukovich a la defensiva ofreció a la oposición, en diálogo directo, nada menos que ocupar los cargos de primer y viceprimer ministros. Una suerte de rendición política. Pero -cuidado- siempre con él como presidente. Porque no parece dispuesto a irse. Lo que es inaceptable para las decenas de miles de enfervorizados ciudadanos instalados en las plazas y calles de Kiev, pese a los riesgos. Ellos creen posible un triunfo que, al menos esta vez, no se les birle. Inapelable, entonces. Definitivo.
La oferta de Yanukovich suponía designar como premier al líder del principal partido de la oposición: Arseniy Yatsenyuk (correligionario de la popular dama rubia de las trenzas, la ex premier Yulia V. Tymoshenko, que sigue encarcelada) y, como vicepremier, a Vitali Klitschko, un ex campeón mundial de boxeo de peso pesado, hoy transformado en el líder carismático que encabeza otro de los principales partidos del arco opositor y es candidato a ser presidente de Ucrania, con altas posibilidades de ser electo si los comicios se hacen con limpieza.
La respuesta de los líderes de la oposición a la oferta de Yanukovich fue terminante. Negativa. Porque tienen claro que no es lo que exige la gente, a la que, en rigor, nadie conduce efectivamente. Y porque sabe que un gobierno sin credibilidad -como es el de Yanukovich- no está en condiciones de pretender, ni de imponer, casi nada. Lo saben porque, presionado que fuera, ya ha forzado la renuncia del primer ministro, Mykola Azarov y el despido del resto del gabinete.
Yanukovich anunció que está, además, dispuesto a cambiar la Constitución, de modo de recortar las facultades del presidente (las suyas, entonces) y transferirlas a la Rada (el Parlamento unicameral de Ucrania). Así como también a dejar sin efecto el odiado paquete de 12 normas opresivas y restrictivas de las libertades esenciales sancionado el 16 de enero pasado. Lo que acaba de suceder, aunque condicionado a la desocupación de los edificios públicos.
Pero para todo esto hay que ir cubriendo etapas. Ocurre que cuando la credibilidad de un gobierno se deteriora sustancialmente, los márgenes políticos de maniobra se achican. Lo que, desde el poder, no siempre se advierte a tiempo. En otras palabras, cuando no hay confianza, todo es muy difícil.
Las protestas exigen, en rigor, suscribir inmediatamente un acuerdo de integración con la Unión Europea, que aleje a Ucrania de la órbita rusa. Lo que el propio Yanucovich hace un par de meses tuvo la oportunidad de hacer pero se negó, desatando la tormenta que hoy lo envuelve. La exigencia tiene su lógica. Por todo lo que significa. Quienes vivieron bajo el comunismo -y saben, por experiencia propia, lo que significa el hecho gravísimo de perder la libertad- no desean ir para atrás. Y, desconfiando del autoritarismo ruso, lucharán a brazo partido para que ello no ocurra.
Las calles de Ucrania también piden la liberación de Tymoshenko y la de los demás presos políticos. Además, una rápida reforma integral de las normas electorales, de modo de asegurar la transparencia en las elecciones y eliminar la posibilidad de que se repitan los fraudes conocidos, por parte de los comunistas.
Ni la policía, ni la fuerza especial de seguridad a la que se conoce como “Berkut” parecen capaces de controlar a la masa indignada de gente que acampa en las calles de muchas de las ciudades ucranianas. En ese ambiente de alta tensión, las treguas duran lo que un suspiro. Sólo eso. La insistencia de quienes protestan es permanente. Y dura. A esta altura de los acontecimientos, hasta la violencia represiva parecería incapaz de cambiar el rumbo de las cosas. Es más, si se la desatara, hasta podría fortalecer las protestas.
Los principales oligarcas -presintiendo un desenlace cercano- están cambiando de vereda y de discurso, lo que es toda una señal en la confusa situación ucraniana. El capitalismo de amigos es peligroso, queda visto, para sus beneficiarios centrales. Tanto es así, que cualquier compromiso político que se alcance tendría que estar garantizado, para evitar marchas atrás y nuevos engaños.
El presidente Yanukovich (a la manera de Mikhail Gorbachov, en 1991) de pronto solicitó “licencia por enfermedad”, generando un peligroso vacío de poder. Pero se apresta a retomarlo. Debe, sin embargo, comprender que ha llegado la hora del paso al costado. Y de estar hasta dispuesto a exiliarse. Lo que no será sencillo, desde que las multitudes exigen que se haga cargo de sus errores, incluyendo la violencia y la corrupción.
Por el momento seguirán seguramente las barricadas y continuarán las columnas de denso humo negro que se levantan desde neumáticos ardientes. Porque es cierto aquello de que el valor espera y el miedo es el que va a buscar. Después de la reciente reunión de los líderes opositores con John Kerry y Sergei Lavrov en Mónaco, los tiempos parecen haberse flexibilizado un poco. Pero cuando de conformar a multitudes se trata, nada es cierto, ni seguro.
Rusia, actor principal de esta crisis, que había comprometido 15 billones de dólares de asistencia, ha suspendido sus desembolsos pero, para no dramatizar las cosas, no ha utilizado su arma más temida: la de cortar el suministro de gas natural, sin el cual Ucrania quedaría rápidamente en el caos. En cambio, los Estados Unidos y la Unión Europea han sugerido que habrá asistencia de emergencia, si fuera necesaria.
Con un poco más de espacio, la seria crisis ucraniana parece encaminarse ahora hacia su desenlace, todavía impredecible.