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Sócrates Ramírez

“La Tumba” y la esperanza

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“Yo pensaba que todos aquellos hombres que se alzaban contra Fidel estaban equivocados o locos. Creía o quería creer que la Revolución era algo noble y bello. No podía pensar que aquella Revolución que me daba una educación gratuita pudiera ser algo siniestro. […] Estábamos tan entusiasmados que no podíamos pensar que nada grave fuera a suceder; o no queríamos pensarlo”.

Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, 1992.

 

“Los hombres normales no saben que todo es posible”, escribe David Rousset. Nota que servirá de epígrafe a la tercera parte de Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt. La frase expresa esa sólida creencia humana que tan buen servicio ha prestado a la experiencia totalitaria: existen límites que el poder jamás transgredirá, incluso en medio de excesos, este nunca ejercerá un control total, quebrará la dignidad, o propiciará la aniquilación moral y física de las personas. Es la negación esperanzada a toda posibilidad de instalar el horror como forma de vida. Desprevenida por la conciencia de la esperanza y la certeza de la autorregulación ética del poder, la sociedad distraída y conforme luce pasiva, resguardada en la retórica de la negación, en el “eso jamás ocurrirá”, mientras el poder, lentamente, demuestra que todo es posible.

En Treblinka, Jean-François Steiner ilustra el papel de la esperanza en la consolidación del totalitarismo. Relata que gran contingente de judíos llegados al campo solo creyeron en la certeza de la muerte al verse cruzando el umbral de las cámaras. Antes se había generalizado el descreimiento sobre la existencia de las duchas aterradoras, pensándolas como creación del sensacionalismo, lógico recurso de la propaganda de guerra, o simple rumor para atemorizar a las víctimas. Tan necesario y efectivo le resultaba aquel método a los nazis, que en la antesala de las cámaras y barracones de Treblinka fue construido un pueblo artificial con una estación y un reloj –pintado, siempre dando la misma hora– para sembrar en los deportados la creencia en la continuidad de su vida en otra parte.

La esperanza en la falsedad de lo evidente y la percepción de los argumentos como estrategias de rumor, son algunos de los bálsamos, deliberados o autoimpuestos, que hemos solido encontrar para no reconocer la existencia de las tiranías. Y no por ser indulgentes con la tiranía (aunque, a veces), sino por el muy humano deseo de conservarnos, aferrándonos a la ficción del “eso no es cierto” o del “jamás vendrán por mí”. El descreimiento también es una forma de encubrir la vergüenza. Para el que aprecia y ha conocido la vida en libertad resulta telúrico asumirse en medio de un contexto de asesinatos, torturas, desapariciones, corruptelas, expropiaciones, liquidación de derechos humanos y civiles, de ahí que quien no encuentra un lugar en la resistencia ante el abuso construya cierta comodidad desde la duda o la negación de la precariedad y el horror de todos los días.

La duda y el autoengaño tienen sus beneficios sociales en la política: funcionan como bases para la construcción de una tranquilidad y una felicidad ficticia. En relación con la violencia política, eso también fuimos nosotros durante el perezjimenismo. El Carnaval, la Semana de la Patria, los paseos de domingo, el furor de vivir en una Caracas nueva, llegar al mar en veinte minutos, sirvieron de venda para eludir los asesinatos en la vía pública, las desapariciones, los allanamientos domésticos, las torturas, la existencia del campo de concentración de Guasina y Sacupana, y las contingencias de los exiliados políticos. El país de la risa cohabitaba con el país de la muerte.

Desde la denuncia que hiciera Freddy Guevara, el sábado 24 de enero de 2015, sobre la existencia de una cámara de tortura blanca llamada «La Tumba» en la sede del Sebin de Plaza Venezuela, el mayor eco ha sido la espeluznante crónica basada en las entrevistas a los familiares de estudiantes vejados que ha publicado Leonardo Padrón en este diario. Entre ambas delaciones, incluso ahora, la ausencia de un repudio público, masivo y contundente es el dibujo de una sociedad esperanzada y distraída, deseosa de que ciertas verdades sean rumores. Pero también de un colectivo preso en su propia penuria y, por tanto, sin tiempo ni ganas de creer en lo que, si acaso oye, prefiere apreciar como “propaganda sensacional”. O tal vez sea algo peor: el establecimiento de la costumbre.

Hoy, como en tiempos del nazismo, toda denuncia de excesos nos parece amarillismo. Pensamos que dudar o negar el horror es la forma más eficaz de ahuyentarlo. Hoy, padecemos con ira, y dicotómica pasividad, los ejercicios oficiales de aniquilación moral del individuo –la cola, la inseguridad, el atropello sistemático a la libertad– como si acaso esa reducción no es también una negación de nuestra humanidad; pero ante la amenaza de la aniquilación física, la defensa no es la resistencia, sino la espalda, el olvido, la esperanza.

socratesjramirezb@gmail.com

@RamirezHoffman