• Caracas (Venezuela)

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El mundo está plagado de vivos y de tontos que compiten a muerte por el papel de “el único que dice la verdad”, pero solo uno entre los desvergonzados quiere ser el 45° presidente de Estados Unidos: el famoso por ser famoso Donald J. Trump. Philip Roth supo contar en 2004, en su genial La conjura contra América, qué clase de infierno habría pasado si el aviador antisemita Charles Lindbergh hubiera llegado a la presidencia. Si hoy imaginara a su país gobernado por Trump, antes de que suceda y para que no suceda, retrataría el triunfo de la celebridad, la apoteosis del reality. Vería a su nación, que eligió al icónico Kennedy cuando quería parecerse a la publicidad y al ex actor Reagan para enaltecer el pragmatismo, extraviada en la ilusión de la franqueza, refundida en la tentación de arrebatarles la política a los políticos y contratar en cambio a un capataz.

Fue el siniestro Roy Cohn, persecutor de comunistas y cazador de homosexuales desde los días de las listas negras de McCarthy, quien le enseñó a Trump a poner incómodo al establecimiento, a fingir honestidad brutal. Trump ha sido un zar de los bienes raíces conocido por torcer la ley, un financiador de políticos, un icono ramplón de los 80.

Apareció en Mi pobre angelito 2, en Celebrity. Compró Miss Universo. Pero en 2004 se reencauchó como famoso –como el campechano decidido e implacable– gracias al reality El aprendiz: “¡Estás despedido...!”. Si arrasa en las encuestas de los republicanos, y según CNN está solo a 6 puntos de la demócrata Clinton, es porque no es un candidato sino un espantajo de la televisión, porque su campaña es una sátira política, grita “¡no más presidentes libreteados!” sobre el escenario, y su peluquín es pelo.
Es, según demasiados, “un imbécil”. “Pero los votantes no distinguen entre los realities y la política”, dijo a The Guardian su ex asesor Roger Stone. Y ahí viene.
Si Roth imaginara el novelón de su gobierno, contaría que Estados Unidos eligió al caradura de Trump para vengarse de los legisladores que se le atraviesan como un fardo a cualquier idea ajena, del empobrecimiento de los trabajadores en tiempos de escándalos financieros, de las guerras interminables de estos años. Relataría su campaña como una obra maestra del siglo XXI: la creación de una marca a la que en apariencia no le importa qué piensan de ella, la retahíla paranoica e intolerante (“el mundo nos odia...”) de un gringo de armas tomar. Vería a Hillary Clinton, perseguida por su pasado, sitiada por Obama, su ex jefe, y torturada por su derrota, como el fin de una era en la que la gente se creaba un nombre por su obra. 

Describiría la presidencia racista de Trump como un estrepitoso descalabro de su país de inmigrantes.

Yo no creo que Trump llegue a presidente. De ser así, será reemplazado, en 2020 por una Kardashian. Por el papá, por ejemplo.