• Caracas (Venezuela)

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Miguel Ángel Cardozo

Triunfo y fracaso en pocas palabras

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Después de quince años de oprobios y tres meses del más descarnado horror, quien les escribe recordó una película de finales de los años noventa –Gattaca– en la que su protagonista, pese a crecer en una avanzada (?) sociedad que determina el lugar que cada quien “debe” ocupar en ella en función de su “aptitud” genética, se sobrepone a todas las adversidades y restricciones hasta que finalmente materializa su más anhelado sueño.

Ese recuerdo fue producto de una asociación de ideas por un hecho que ya es patente para la mayoría de los venezolanos y que es de por sí el mejor indicador de la infructuosidad de los intentos de hacer sostenible un régimen neototalitario en el país; un hecho que derrumba una vez más las vetustas creencias que reducen el comportamiento humano a una simplicísima linealidad estímulo-respuesta del cuerpo social, sin tomar en consideración la compleja individualidad que hace de aquel un todo diverso –variopinto en preferencias y heterogéneo en certezas–; un hecho que nuevamente demuestra la invalidez del pensamiento determinista que subyace tras las pretensiones tiránicas; un hecho que ha fracturado de manera irreparable los cimientos del socialismo del siglo XXI.

Tal hecho, que no ha pasado inadvertido para la opinión pública nacional e internacional, brotó como el agua cristalina junto con la férrea oposición de los jóvenes venezolanos a los avances hegemónicos de un gobierno que –como tantos otros en el pasado– se ha engañado al estimar posible un absoluto control de las “masas” para la consecución de sus mezquinos fines; y si bien es cierto que no solo esa juventud protagoniza hoy la ardua lucha pacífica por la libertad, su destacado papel en tan heroica gesta es digno de resaltar por ese hecho: creció sumergida en un rojo mar que no logró teñir su espíritu multicolor.

He allí el verdadero triunfo de esta generación; un triunfo que es además de toda la humanidad por cuanto recuerda que “libertad” –sin entrar en discusiones sobre las distintas interpretaciones que a lo largo de la historia se le han dado al término– no es una desgastada noción filosófica sino la permanente posibilidad de transformar la propia realidad; posibilidad en la que, según Amartya Sen, radica el desarrollo humano.

¡Menudo problema para un régimen reaccionario!

Sí, reaccionario, como todo gobierno que al devenir totalitario se opone brutalmente –por violento e irracional– a cualquier posibilidad de cambio. Y he allí ahora la razón del reiterado fracaso de sátrapas y colaboracionistas en todas las épocas: su imposibilidad para colocar riendas a la voluntad del “otro”.

De nada valen entonces el soborno, la coacción o el “adoctrinamiento”, porque esa voluntad de cambio –especialmente cuando el “otro” es mayoría– siempre termina por imponerse frente al vano deseo de suprimirla. Y aunque se tratase de la voluntad de una sola persona, que el ejemplo de Vincent Freeman sea una invitación a reflexionar sobre su alcance.

@MiguelCardozoM