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Sergio Dahbar

Triste, solitario y final

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Un amigo de los años setenta, que conocí en la Universidad Central de Venezuela cuando estudiaba periodismo, es decir, un fantasma, reapareció en estos días. Tardé segundos en unir el tono de la voz con el recuerdo del nombre. Incluso me quedé callado y mi amigo llegó a pensar que había cortado.

Por fin la conversación encontró buen ritmo y ambos nos alegramos de saber algo del otro. En ese momento recordé que era un amigo de la izquierda, un trotskista para más señas. Eran divertidos. Habían leído demasiado.

Mi amigo no tenía dinero en los años setenta. Vivía en pensiones de mala muerte en San Juan, que cada tanto allanaban las policías políticas de aquella democracia, en busca de muchachos que “evolucionaron” de la lucha ideológica urbana a la delincuencia profesional. Sabían usar armas. De algo tenían que vivir. Robaban bancos y camiones que transportaban dinero.

El fantasma me invitó a almorzar. Me citó en el restaurante más costoso y celebrado de Los Palos Grandes, uno que suele aparecer en las listas internacionales como una joya clavada en medio de la barbarie, curiosamente donde coinciden boliburgueses y opositores.

Cuando llegué, comenzamos a observarnos desde lejos. Recordé el relato de uno de los últimos encuentros entre Perón y Franco en Madrid. Ambos pensaron en silencio lo acabado que estaba el otro.

Mi amigo había mejorado su flujo de caja notablemente. Me esperaba con un Malbec exótico en su temperatura ideal. Hicimos un brindis y no pude evitar preguntarle qué había sido de su vida. Nunca fue diáfano, pero entendí que trabajaba con amigos del gobierno. Sus negocios se habían diversificado.

Comenzamos a beber, recordamos a algunos amigos del pasado que desaparecieron del periscopio y aproveché uno de los primeros descuidos de la conversación para comentarle que me llamaba la atención cómo funcionarios del gobierno se habían inventado un pasado de izquierda que nos les pertenecía. Uno de ellos era Hugo Chávez. Pero había más.

“No te equivoques. En el chavismo no hay izquierda. Son malandros. Aprovechados. Lo peor de la periferia de aquellos años. No te hagas ilusiones con encontrar ideológicos”, me dijo, como si tuviera que convencerme.

Confesé que me llamaba la atención cómo habían cambiado aquellos muchachos que cuando pasaban frente al Country Club, en los años setenta, prometían construir hospitales cuando tomaran el poder. No he visto hospitales nuevos, le comenté, ni en el Country Club, ni en otra parte. El único cambio es que hoy esos soñadores son multimillonarios y escogen muy bien las clínicas privadas, aquí y allá, cuando se enferman.

Entonces me recordó un cuento que ya había oído en otras ocasiones sobre Nicaragua. Lo contaban izquierdistas latinoamericanos críticos. En los años de la revolución sandinista, el pueblo entró en Managua y la derecha abandonó las armas al escapar. La batalla cesó, entonces los estudiantes de izquierda salieron de sus casas y tomaron las armas.

Dispararon toda la noche en la oscuridad. Al día siguiente, eran héroes. En minutos se construyó el mito fundacional según el cual ellos habían hecho la revolución.

Acababan de poner dos platos pequeños con huevos fritos y foi, una de las especialidades del chef. Siguió hablando. “Según donde se cuente esta historia, los locales son los milicianos. Aquí son los chavistas”.

“Bastó que un grupo se interesara en los pobres, que los ayudaran a cedularse, que crearan las misiones, que distribuyeran erráticamente la riqueza del petróleo. La ideología es parte del decorado, nada esencial”. Mi amigo seguía siendo un cínico.

Quise saber si él imaginaba quince años atrás algo de lo que sucedió en Venezuela en este proceso chavista. La destrucción del sector privado, del holding petrolero, de la infraestructura nacional, de la institucionalidad, del sentido del trabajo honesto, de las reservas internacionales, durante los años del mayor boom petrolero, con el precio del barril en el cielo…

¿Era previsible que crecería ese brutal impuesto a los pobres que es la inflación? Expliqué que nunca llegué a imaginar años tan delirantes, y eso que me gusta la sátira política.

Que un mismo gobierno propiciara la censura, la agresión callejera a periodistas y la compra de medios para silenciarlos; que volviera millonarios a mafiosos de cuarta categoría; que aprovechara una crisis eléctrica para pagar con sobreprecio chatarra inservible; que alentara a grupos de choque contra protestas estudiantiles; que estimulara empresas de maletín para hacer negocios turbios con dólares subsidiados; que en nombre de la soberanía entregara el futuro de la nación... Si me lo hubieran contado, habría soltado una carcajada.

Entendí que lo único que quedaba del fantasma que había conocido era una sorna inútil. Pidió otra botella de vino, sonrió y me dejó saber que debíamos celebrar mientras el Titanic se hundía. “Si sobreviven los negocios…”. Hice un gesto de escepticismo. No me movía en esas aguas.

“Esto no tiene arreglo”, confesó el fantasma. “Les estamos regalando las empresas básicas a los bielorrusos y los chinos administran los campos porque no confían en los rojitos. O bien porque son incapaces o porque se roban hasta las cabillas. Y hay algo peor: no se quieren ir. Se acostumbraron a lo bueno”. Hubiera sido inútil que le preguntara qué estaba haciendo él para cambiar las cosas.

Sin darme cuenta la hora de irme había pasado de largo y me había dejado varado en esa mesa. Me disculpé, le agradecí la invitación y le deseé otros cuarenta años de éxito arrollador. Sabía que no lo volvería a ver.

Entonces recordé la frase que Chandler pone en boca de Marlowe, en ese final asombroso de El largo adiós: “Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final”. Ciertas desgracias no merecen otra emoción.