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Ramón Piñango

Transición

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En medio de una profunda crisis cuyos elementos centrales son el desabastecimiento de alimentos y medicinas, una elevada inflación acompañados por una manifiesta incapacidad de quienes detentan el poder para gobernar y atender una situación que amenaza la paz social, algunos actores políticos han planteado el tema de una transición negociada entre el oficialismo y la oposición. Es obvio que tal arreglo sólo es posible mediante conversaciones entre partes que responden a intereses o maneras de apreciar la situación diferentes y hasta encontrados. Sin embargo, cinco consideraciones elementales deben plantearse en torno a esta posible salida política de una crisis que puede agravarse en cuestión de horas, con terribles consecuencias, incluyendo la pérdida de vidas humanas.

La primera consideración consiste en que las partes en conflicto deben estar dispuestas a  ceder algo significativo en lo que concierne a su poder, real o imaginado. Desde el punto de vista opositor es más fácil pensar en lo que puede ceder el oficialismo que en lo que puede ceder la oposición. Sin embargo, aunque sea muy cuesta arriba, los opositores podríamos vernos en la necesidad de tragarnos, con la ayuda de un fuerte digestivo, un gobierno de transición presidido por alguien del oficialismo muy poco agradable, si esa figura se compromete a compartir el poder de alguna manera.

 La segunda consideración se refiere a la imperiosa necesidad de que lo acordado sea aceptable para buena parte de la oposición, mucho más allá de la MUD. Debe ser así porque es un hecho que esta organización adolece de problemas de credibilidad. Para lidiar con esta limitación, en el acuerdo deben participar las personas que, de manera activa, han ejercido el liderazgo opositor: María Corina Machado, Henrique Capriles, Antonio Ledezma y Leopoldo López. Ello exige que López no esté en la cárcel.

La tercera consideración atañe al tema fundamental de los derechos humanos. El tema debe referirse, ante todo, al derecho a la vida. Verlo así es una manera fructífera de tratar el problema de la inseguridad personal, porque lo coloca en el plano de la mayor responsabilidad del Estado.

Como cuarto elemento debe señalarse que el acuerdo al cual se llegue para una transición debe incluir la agenda económica, porque la crisis que hoy sufrimos es consecuencia de un calamitoso conjunto de decisiones erradas. Si continúa el desorden en el manejo de la economía nadie nos salvara de una crisis peor que la actual.

La quinta consideración constituye condición necesaria aplicable a cualquier tipo de salida política que se pueda armar: el acuerdo al cual se llegue debe ser transparente para gran parte del país, si no es así no será creíble. En este sentido, hay que reconocer que la desconfianza se ha instalado en buena parte de los ciudadanos. Esa confianza no se puede ganar ya a punta de prédicas y promesas de buen comportamiento. Obras son amores y no buenas razones. Llegó la hora de hacerse creíble con los hechos.  En este sentido, la liberación de los presos  políticos elevaría la credibilidad tanto del gobierno como de la oposición. Que ésta no lo exija con firmeza sería fatal.

Todas estas consideraciones pueden ser calificadas como “carta al Niño Jesús”, atrasada un mes o adelantada once meses, porque parten de supuestos que no son cualquier cosa. ¿Cuáles? Sencillamente, que haya disposición de quienes están en el poder a ceder algo de éste, que ciertos actores políticos opositores acepten su radical carencia de credibilidad y dejen actuar a otros, y que tanto el régimen como los opositores reconozcan graves errores. ¿Es esto suponer demasiado? Tal vez.

Todo esto es posible si el liderazgo de ambos lados del espectro político está convencido de que la coyuntura actual es de alto riesgo y amenaza con barrerlos. Sin duda es difícil es abrigar esta esperanza, quizá la última que nos queda. Si la historia no nos complace, que Dios se apiade de nosotros.