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Tulio Hernández

Tragedia colectiva

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Haber contado, en esta misma página, el domingo pasado, un incidente de atraco del que fui victima, me ha permitido corroborar personalmente el grado de desesperación que genera entre los venezolanos el clima de inseguridad y el asedio de la violencia, el robo y el homicidio, que se vive en todo el país sin distingos de clase, edad o sexo.

Es como una epidemia cruel. Durante toda la semana, fui recibiendo mensajes de todo tipo. Desde personas, incluyendo amigos cercanos, que me expresaban su solidaridad ante lo ocurrido, acto que agradezco, hasta, y esto es lo más importante sociológicamente hablando, otras que contaban las experiencias traumáticas que ello mismos o familiares y amigos cercanos han vivido en el terreno de los atracos, robos, secuestros y asesinatos cometidos por delincuentes armados.

Ha sido como una avalancha. Algunos dicen más o menos así “Señor Hernández, lamento lo que ha vivido pero permítame decirle que a mi hijo le ocurrió lo mismo sólo que quienes le pusieron la pistola en la sien eran uniformados. Por eso se fue, ahora vive en Australia”. El texto se repite, como un calco. Lo que varía son las ciudades donde ocurrió el hecho y aquellas a donde emigraron. “A mi hermano lo secuestraron en Valencia y ahora está en Panamá”. “Yo recibí un tiro en un robo en San Cristóbal y ahora vivo en Miami”. Y así sucesivamente.

Lo que me ocurrió, y conté en esa columna, no fue otra cosa que vivir en carne propia lo que obviamente es una tragedia colectiva. Según los estudiosos del tema, a diferencia del resto de países de América Latina donde la gente emigra básicamente por razones económicas, la mayoría de los venezolanos lo hacen huyendo de la inseguridad. Tanto la que genera la violencia delincuencial como la inseguridad jurídica y la amenaza a las propiedades –viviendas, fábricas, empresas agropecuarias– que el régimen chavista ha promovido a lo largo y ancho del país.

Por eso la migración venezolana es fundamentalmente de profesionales universitarios. No de mano de obra barata. Tuve, por esta semana que hoy concluye, la oportunidad de conversar con el sociólogo Tomás Páez, quien viene desarrollado una investigación entre los venezolanos que han emigrado –1.600.000, 6% de la población, según sus cálculos– y me explicó que en una encuesta que aún procesa la mayoría son profesionales universitarios y cerca de 40% con estudios de tercer nivel.

Es como una estampida. Basta pasar en Caracas frente a las embajadas y consulados de España, Italia o Estados Unidos, o presenciar las colas que se hacen en las oficinas de la Plaza del Rectorado de la UCV de gente solicitando sus notas certificadas, para verificar el fenómeno de huida colectiva de un país.

Lo curiosos es el más que obvio desinterés del gobierno rojo ante el fenómeno que ha segado, en estos últimos catorce años de desgracia nacional, la vida de 200.000 venezolanos. No ha habido en estos largos años un solo gesto, una iniciativa de aliento grande, un programa de alianza nacional, para enfrentar lo que sin duda es una de las más grandes calamidades que ha vivido Venezuela en toda su historia republicana.

Hugo Chávez, un hombre que hablaba de cualquier cosa y largamente, que podía pasar horas dando lecciones sobre química cuántica, lingüística degenerativa o el papel de la electricidad en la Nueva Política Económica de Lenin, eludió de manera sistemática el tema durante los catorce años que estuvo al frente del gobierno. Ni siquiera lo mencionaba. A sus ojos no existía. Recibió el país en 1999 con una cifra ya alta de homicidios, 4.550 ocurrieron en 1998, y lo entrego cuando la muerte vino por él, con la cifra quintuplicada de 20.000 homicidios en el año 2012. Ese es uno de sus más importantes legados.

Parece que el teniente Diosdado Cabello ha dicho que a quien no le guste la inseguridad que se vaya del país. Mucha gente lo ha hecho. Pero, para su desgracia, mucha otra no y actúa políticamente tratando de liberar a Venezuela de la epidemia de asesinatos. Y, por supuesto, del Estado malandro.