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Alberto Barrera Tyszka

Traduciendo a López

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En una magnífica crónica, aparecida esta semana en este periódico, Hernán Lugo-Galicia cuenta que “un informe de 120 páginas, elaborado por un ex funcionario del Minci, experto en semiología, es la clave del proceso” judicial que se sigue en contra de Leopoldo López. Ya el 19 de febrero, a muy pocos días de comenzar los sucesos, la fiscal general, Luisa Ortega Díaz, afirmó que iban a investigar los “mensajes subliminales” para llegar y atrapar a los “autores intelectuales” de unas protestas que, por supuesto, ya no eran protestas sino crímenes.

El tránsito de la justicia a la hermenéutica es un síntoma del derrumbe institucional que estamos viviendo. Para encontrar la verdad no hace falta indagar en los hechos y presentar evidencias; tan solo es necesario saber interpretar lo que el sospechoso dijo, lo que quiso decir, lo que en realidad dijo como subtexto, lo que no dijo pero sí está diciendo de otro modo… Ante la insuficiencia de elementos fácticos, ante la carencia de pruebas determinantes, se acude a una peculiar exégesis para que, finalmente, sus propias palabras lo acusen. Para condenar a López hay que traducir a López.

Es un precedente fatal, un paso más en el proyecto autoritario del gobierno. El chavismo lleva años construyendo un nuevo tipo de dictadura, una sociedad disciplinada, regida por la vigilancia mutua y por el miedo. Es una forma de llevar la autocensura a la intimidad. Cuidado con lo que dices. Puede ser interpretado de cualquier manera. Cuidado. Tú ni siquiera controlas tu propio lenguaje.

Visto con cualquier distancia, se trata de un proceso delirante. En algún momento de algún futuro, una futura Inés Quintero se asomará a investigar las ruinas de estos días y quedará pasmada. Un autonombrado Alto Mando Político de una autoproclamada revolución se sienta frente a un micrófono y denuncia un intento de magnicidio y de golpe de Estado. Las pruebas son, nuevamente, un ejercicio de interpretación de lenguaje. Correos sueltos, con fragmentos subrayados en amarillo, transforman a la cúpula del poder en un comité de análisis literario. Pero no presentan ninguna frase soluble, una mención de plan concreto, una referencia a un cuartel, el nombre de un general o de un comandante. En algunos casos, francamente, se trata más bien de la clásica correspondencia entre dos ciudadanos de un país experto en hablar pendejadas.

Pero el Alto Mando Político se convierte de pronto en un club de ex alumnas de las monjas ursulinas y muestran el escándalo del verbo “aniquilar”. Agitan la palabra en el aire como si fuera un arma homicida. El asunto no sería tan paradójico si el chavismo no se hubiera destacado, justamente, por el uso de un lenguaje beligerante y desmedido, en permanente estado de amenaza. No estaría mal prepararle al gobierno su propia antología de verbos peligrosos, de frases dignas de cualquier sospecha. En febrero de 2012, para no ir demasiado lejos, el entonces presidente Chávez, en cadena nacional, dijo que iba a “pulverizar” a Henrique Capriles. ¿Dónde estaba la fiscal ese día?

También podríamos ayudar a la justicia en su cacería de “mensajes subliminales”. Pongo un ejemplo que no deja de asombrarme: cuando Ernesto Villegas, tras su derrota electoral, es designado ministro para la Transformación de Caracas, Maduro le lanza una enorme bofetada subliminal a todos los caraqueños. Más allá del umbral consciente nos dice: Sus votos me importan un carajo. La democracia soy yo.

La industria de la verdad oficial está de nuevo en marcha. Sin mostrar evidencias contundentes, de un día para otro hablan como si ya hubieran más que probado y requetedemostrado todas sus acusaciones. Convierten la verdad en un asunto sensible que no guarda ninguna relación con la racionalidad. No importa lo que diga la oposición. El gobierno repite que, en el fondo, la oposición está diciendo otra cosa. Aun antes de que hables, el poder ya te ha traducido.