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Luis Pedro España

Trabant vs BMW

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¿A qué tipo de economía nos está llevando esta lógica de torniquete? No es difícil de adivinar. Muchas economías sobreintervenidas, unas terriblemente fallidas y otras dando disimuladamente la vuelta en “U”, han sometido a sus consumidores y productores al desabastecimiento y al ostracismo respectivamente, e impedido así que generaciones enteras asistieran al desarrollo, contemplaran el avance de la humanidad y participaran de ella por medio de su esfuerzo.

Las economías del socialismo real se caracterizaron por producir bienes escasos y estandarizados, resultado de una industria nacional estatizada, ineficiente, anclada en la lógica de la producción en masa, más cercana a una economía de guerra que a una economía para el bienestar y el desarrollo. Eso fue lo que las llevó a su crisis final, o a tener que aplicar un plan de reformas económicas aceleradas y drásticas, tratando con ello de salvar el pellejo político, tal y como lo hizo China, o como está intentando hacer (aunque lenta y torpemente) la economía cubana.

Por nuestra parte, este intento de ensayar una producción planificada ha sido el recurso radical para seguir prolongando las creencias económicas de lo que ya es un fracaso. Enmascárese como se quiera, pero la devaluación en un contexto de altos precios del petróleo no ha sido sino la evidencia de lo desacertado del camino y, lo que es peor, de la tozudez ideológica que nos llevará a una economía de mínimos y básicos, como suele ser toda economía planificada, es decir, socialista.

La mejor forma de categorizar el atraso del socialismo económico se vivió tras la caída del Muro de Berlín. De todos los contrastes, situaciones absurdas y catástrofes, quizás una revele con toda su crudeza el bienestar al que fueron obligados a renunciar varias generaciones de aquellos a los que les tocó vivir en el lado socialista del muro.

La Alemania Oriental, esa que tras el reparto de la Segunda Guerra quedó bajo la influencia de la Unión Soviética, limitó y reguló su industria automotriz al punto de producir un solo modelo de carro particular. El Trabbi, diminutivo del Trabant, fue por más de 50 años el único vehículo al que podía aspirar una familia alemana que viviera bajo las orientaciones económicas de la República Democrática.

Listas de espera que podían llegar a durar hasta 15 años era la distancia que mediaba entre trasladarse en transporte público, a pie, o llegar a disponer de un carro particular de 2 cilindros, 500 cc y menos de 30 caballos de fuerza, características éstas que, por demás, no sufrieron modificación o adelanto alguno por 2 generaciones completas.

El Trabbi, carro que en la actualidad sólo forma parte de la historia del automóvil, es un emblema para el bochorno socialista, cuando se compara con cualquiera de los carros producidos del otro lado del muro (un BMW o Audi, por ejemplo) que los propios alemanes, pero en condiciones económicas distintas, fueron capaces de diseñar, construir y ofrecer masivamente a sus consumidores.

Seguramente los jefes que están detrás de la nueva institución regulatoria del torniquete cambiario, conocido por su pomposo nombre de Órgano Superior para la Optimización del Sistema Cambiario, dispondrán de los mecanismos asignativos para que todos accedamos, bajo listas de espera o colas de Mercal, a los productos esenciales para satisfacer las necesidades del pueblo y así alcanzar la máxima felicidad posible, la cual, en socialismo, es del tamaño de un Trabbi.