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Ramón Hernández

Tozudez

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Combatir con el Che Guevara, Camilo Cienfuegos y los hermanos Castro en la Sierra Maestra fue uno de sus méritos. También en Angola y en la aventura de Bolivia. Daniel Alarcón Ramírez se incorporó a la guerrilla siendo analfabeto y casi un adolescente. Lo conocían como el Guajirito, pero también tuvo muchos otros alias. Quizás «Benigno» fue el más famoso. En sus memorias, publicadas en francés y traducidas al español, cuenta cómo se dio cuenta de que la revolución no era tal sino un proyecto de poder de Fidel. Una gran decepción. Había arriesgado la vida por el Caballo tantas veces que estadísticamente no daban los números para que siguiera vivo.

Benigno no solo cuenta cómo logró salir de Bolivia a los pocos días de la muerte del Che –los metieron en una caja de madera y los sacaron en un camión–, sino que también narra cómo entendía y practicaba Fidel Castro el debate, la participación y la dirección colectiva; cómo improvisaba y tomaba las grandes decisiones que afectaron el bienestar del pueblo cubano, de la sociedad.

Cuenta que el 13 de marzo de 1968 Celia Sánchez llamó a Fidel para decirle que el Buró Político del PCC quería reunirse con él para discutir el discurso que daría esa noche en las escalinatas de la Universidad de La Habana. A las pocas horas llegaron los veintitantos solicitantes y otros tantos del Comité Central. Entre otros estaban Oswaldo Dorticós, Carlos Rafael Rodríguez, Raúl Castro, Juan Almeida, Ramiro Valdés, Blas Roca y Ángel Milián. Fidel propuso la estatización del comercio minorista y Carlos Rafael, con su natural tranquilidad, le dijo que no estaba de acuerdo con la confiscación masiva. Fidel se contrarió y le dijo de mala manera que le argumentara esa respuesta, que no esperaba eso de él. Sin prisa ni pausa Carlos Rafael le contestó que el gobierno revolucionario no estaba preparado para hacerse cargo de más de 300.000 comercios, con 2 o 3 empleados cada uno, que eran la fuente de abastecimiento de alimentos de los cubanos, que no solo los cosechaban sino que también los distribuían. “No tenemos capacidad alguna de hacernos cargo”, insistió.

Fidel se le quedó mirando fijamente y le dijo: “Yo creo que tú como economista estás fallando”. Votaron y, contra toda previsión, la propuesta recibió la misma cantidad de votos a favor y en contra. Sintiéndose derrotado, Fidel se paró, soltó cuatro palabrotas, dio dos patadas en el piso y le pegó un puñetazo a la mesa: “Por mis cojones, se va a confiscar como yo dije. Todo se hará como yo dije. Ramirito, prepara las fuerzas porque vamos a hacerlo al amanecer”. Lo hizo. Empezaron a desaparecer todos los productos de primera necesidad. Todavía hoy muchos cubanos no conocen la mantequilla. Más de 45 años de penurias después, el hermano intenta desbaratar lo que empezó como un cojonazo del líder iluminado. ¿Votaciones para qué? Vendo prototipo de “democracia participativa y protagónica”, sin debate.

 @ramonhernandezg