• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Oscar Collazos

Tormenta en un vaso de agua

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El escándalo provocado por la publicación de fotografías en las que aparecen miembros de las FARC en La Habana, primero en un catamarán, después de paseo por una de las plazas de la ciudad vieja, no fue más que una tormenta en un vaso de agua salada.

Las fotografías, filtradas en las redes sociales por un antiguo consejero de comunicaciones de las Autodefensas Unidas de Colombia, fueron usadas en una campaña relámpago de descrédito. Primero, contra los cabecillas de la guerrilla; segundo, contra las conversaciones de paz, en las que participan delegados del gobierno, y, por último, contra Juan Manuel Santos, el rival para derrotar en las elecciones de 2014.

El intrascendente episodio social de La Habana también ganó fuerza política en el gobierno e hizo que el expresidente Uribe y el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, coincidieran en la interpretación de esas fotos. Pinzón habló de la “vida de reyes” que llevan los cabecillas de la guerrilla que negocian con el gobierno del cual él hace parte, y Uribe, más inspirado gracias a sus lecturas de poesía vernácula, los calificó de “sibaritas”.

No es la primera vez que el ministro Pinzón pone música celestial en los oídos del peor enemigo político de su presidente. Lo hace tan a menudo que podría convertirse en pieza apetecida de un hipotético gobierno de Óscar Iván Zuluaga: tiene el temple marcial que el candidato del UCD está remedando en sus primeros actos de campaña.

Aunque negociar en medio del conflicto vuelve casi normal la película de terror en la que las partes se agreden verbal y militarmente mientras hablan de paz, al ministro parece habérsele olvidado que el gobierno (su gobierno) aceptó la existencia de un conflicto y que es gracias a esta aceptación por lo que se está buscando una salida negociada.

Cada vez que el ministro hace de policía malo, pretendiendo golpear desde el flanco propagandístico a la guerrilla, inyecta seguramente entusiasmo a sus tropas. Ese entusiasmo es, en cambio, directamente proporcional a la confusión producida por unas conversaciones que no muestran acuerdos esperanzadores y rápidos en medio de la impaciencia colectiva.

El policía bueno –el presidente Santos– cree en las buenas intenciones de los guerrilleros (de otra manera no estaría sentado con ellos en una mesa de negociaciones), pero el policía malo se sale de casillas y los increpa. Claro, no los debilita moralmente. Debilita moralmente las esperanzas de los colombianos, que, al oír estas arengas, creerán cada vez menos en la sinceridad de las FARC y acabarán aceptando el argumento opuesto: que la paz solo se consigue con más guerra.

La gente del común, a la que no le han explicado suficientemente que se está negociando con un grupo armado ilegal con estatus político, tiende a volverse más escéptica frente al futuro de los acuerdos y más receptiva con el discurso de sus opositores. Nos lo dicen las encuestas. Por eso son políticamente temerarias las reacciones temperamentales del ministro Pinzón.

Es posible que exista una deliberada distribución técnica de papeles entre el Presidente y su ministro cuando uno les habla a la sociedad civil y a la comunidad internacional y otro a los estamentos militares. Pero no todos los episodios tienen la intrascendencia de las fotos. Hace poco presenciamos uno más preocupante: el policía bueno le dio la bienvenida institucional al informe de Memoria Histórica, pero el policía malo se dedicó a desacreditarlo. ¿En qué quedamos? Estas confusas señales no son la inyección de optimismo que el gobierno pretende inocular entre sus aliados.