• Caracas (Venezuela)

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Lorena González

Topografía sangrante

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En 1996, Nelson Garrido se entregó a la tarea de construir una imagen que funcionara como una respuesta crítica a la invitación que le hiciera Ricardo Benaim para participar en la exposición Caracas utópica, muestra que tuvo lugar en el pasillo audiovisual de la Universidad Simón Bolívar. Para ello, retomó una foto aérea de su archivo con la que había capturado una amplia vista de Parque Central y sus alrededores, incluyendo la delineada silueta de un Ávila sacudido por los despliegues luminosos del amanecer. La tarea no fue sencilla, a través de las incipientes y poco conocidas técnicas de intervención digital que asomaban en aquel momento logró consolidar un relato que continúa vivo en la esencia de la cartografía nacional.

La intención era responder con contundencia y evitar cualquier cercanía complaciente con los idílicos marasmos y el lugar común de la reflexión urbana. Era necesario registrar un precedente con respecto a lo que ya era un problema feroz e irrefutable en la tasajeada vida nacional: la violencia. Con dedicación indagó en la ruta visual que le permitiera desde una sola imagen llegar hasta el origen y poco a poco intervino el entorno para colmarlo con la velocidad rebasada de un afluente sanguíneo que penetró tanto en las rutas conocidas como en los vericuetos imposibles. El resultado fue el reflejo voraz de una urbanidad excedida, de una quietud indolente que ha llegado a su límite, incapaz de contener la fuerza demoledora de las propias heridas maltratadas. Así nació Caracas sangrante.

Cuenta Garrido que esta imagen habría quedado en el olvido si el destino no la hubiera llevado hasta la mirada de José Balza. Respondiendo a su carácter de postal, el formato original con el que fue concebida permitió que el mensaje llegara hasta el escritor, quien publicó un magnífico artículo sobre ella en el Nº 9, Año 30, de la revista Imagen. Allí, confronta su narrativa visual contra la esterilidad conceptualista y la frivolidad posmoderna del momento, resaltando las capacidades de esta imagen para desplegar una infinita cadena de potentes lecturas sobre nosotros mismos: "Si en una pieza icónica como el Miranda de Michelena se muestra un sacrificio, aparentemente individual, en la de Garrido están las huellas de los políticos y los electores, de nosotros los transeúntes, de los habitantes metropolitanos salpicados por la sangre de todos".

Aunque a Garrido esta comparación le pareció exagerada, hoy reconoce el golpe visionario de Balza, quien pleno de una sensibilidad profunda estaba mirando más allá del gesto intuitivo que lo había movido a levantar este documento. Casi veinte años después esa imagen se ha vuelto una realidad, en un país preso por el totalitarismo, agobiado por las cifras de muertos, azotado por la crisis y asfixiado por la indiferencia de un Estado que –ante la necesidad de diálogo y reconocimiento– tan solo responde en el ahora con mayor represión, prohibiciones, arrestos políticos, injusticia y violencia. La vida social no es un circuito único e inamovible. La vida fluye, requiere cosas, cambia, se transforma y en ocasiones pide respuestas. La sordera en el poder tiende un manto de silencios aparentes, pero detrás de esa sombra el rumor no escuchado crece y como en la Caracas sangrante la exigencia de lo humano se desborda mientras las verdades de lo no dicho estallan.