El Nacional

• Caracas (Venezuela)

Opinión

Ramón Hernández

Tinta borrosa

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El oficio de periodista exige que con frecuencia se haga un alto en el camino para constatar que no se ha perdido el rumbo y que la llama sigue viva, que distracciones de cualquier índole no han distorsionado ni debilitado los afanes y propuestas originarias.

Ahora, cuando abundan las herramientas de la tecnología para que el simple acto de informar resulte más entretenido, es muy fácil que se confunda la forma con el fondo y el continente con el contenido, que es peor que confundir el medio con el mensaje.

Las modas en el periodismo pueden se nefastas, y lo han sido con la excepción que exigen la regla y el lugar común.

A pesar de los manifiestos de los empresarios del rediseño, de las imprecaciones de los comunicólogos y de las admoniciones de los presuntos expertos, la noticia sigue siendo construida sobre cinco preguntas básicas: qué, quién, cuando, dónde y cómo, a las que se les podrían agregar otro par: por qué y para qué.

Contra todos los pronósticos, los nuevos soportes, medios y tecnologías han corroborado lo que los "asesores comunicacionales" y "académicos" han tratado de negar: que un buen lead no debe tener más de 25 palabras, que es poco más de los 140 caracteres a que obliga la red social que ha sido más eficaz en las lides informativas.

La novelería de confundir literatura y periodismo, con el agregado de que quienes lo perpetran rechazan el término periodista con la misma aversión con la que se tragan un vomitivo, ha perjudicado los dos géneros con igual saña; son demasiados los ejemplos en la prensa diaria.

Desdeñar la noticia dura para privilegiar las historias es imprescindible en cuerpos especiales, hasta ahí; pero es absurdo que las noticias sobre un derrumbe, un choque, un bombardeo comience con el trillado: "Perico de los Palotes no se imaginó al cerrar la puerta de su casa que esa mañana la recodaría para siempre. Diez pasos más allá sintió la explosión y que un chorro de sangre le nublaba la visión". Si ahora más que nunca la precisión y la concisión, la brevedad, son asuntos de vida y muerte, desconcierta no sólo que una foto del entrevistado de media página desplace sus opiniones y decires, sino que también estos queden reducidos, descontextualizados, en unos pocos epígrafes o frases textuales, transcritas sin eliminar el chirrido metálico de toda grabación. ¿Periódicos para hojear, no para leer? La lección sigue siendo la misma: no importa cómo se presenten las informaciones, los que no tienen el hábito de leer no las leerán. La catástrofe es que mientras se hacen concesiones para conquistarlos se empeora el producto, la marca, y se pierden los lectores que aprecian y agradecen la calidad, no los malabarismos retóricos del tipo "cuando cerró la puerta no se imaginó que sería la última vez". Vendo manual.

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