• Caracas (Venezuela)

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Sergio Monsalve

Tierra comprometida

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Masacrada por la crítica, Éxodo suele compararse con el reciente naufragio de la embarcación de Noé. El relativo fracaso de ambas, en 2014, expresa el agotamiento del género, por efecto de la repetición de ideas y conceptos.

Si a ello sumamos los reveses creativos de Hércules y 300: el origen de un imperio, el filón épico no atraviesa por su mejor momento.

La época dorada de la tendencia se ubica en el período de la segunda posguerra, cuando ante la competencia de la televisión, la industria recupera el interés de la audiencia al apelar a los grandes formatos y a las estéticas colosales, inspiradas en relatos de origen mitológico, bíblico e histórico.

Fue la década de Ben-Hur, de la consagración del péplum y del ascenso de Cecil B. De Mille como el rey midas de aquel contexto. Precisamente, suyo es el éxito de Los diez mandamientos, la obvia fuente de inspiración para Éxodo, el intento de actualizar y revisitar un clásico de todos los tiempos.

Hoy el enemigo que se debe vencer ya no es la caja chica, sino la piratería y la diversificación de las plataformas multimedia.

La inflación de los presupuestos, los efectos especiales y las terceras dimensiones son algunos de los recursos empleados por Hollywood para mantener a flote el negocio de las pantallas panorámicas y las salas oscuras.

En tal sentido, la película se enfrenta con un nuevo tipo de espectador, formado al gusto de las sensibilidades digitales, de las tecnologías interactivas, del diseño de píldoras audiovisuales, de las redes sociales.

Así pues, el filme encarna un reto, el de satisfacer las expectativas de diferentes sectores de la demanda, sin renunciar a los criterios personales del director, quien a su vez debe responder a los designios del equipo de la producción ejecutiva.

Moviéndose entre muchas aguas intranquilas, Éxodo obtiene un resultado desigual, a merced de sus dilemas y compromisos.

Liderada por un reparto de estrellas, la pieza pierde la oportunidad de profundizar en la identidad de sus personajes secundarios, opacados por la omnipresencia de la dupla protagónica.

En consecuencia, figuras como Sigourney Weaver  y Ben Kingsley pasan inadvertidas. Por ende, el costado dramático de la obra recae, casi por entero, sobre la humanidad de Christian Bale y Joel Edgerton. Uno como el redentor del pueblo hebreo, el otro en el papel del faraón Ramsés.

Por tratarse de una obra de Ridley Scott, se descubren los naturales parentescos con Gladiador, en la que un mártir enfrenta al poder de un tirano.

El afán naturalista proyecta la imagen de un Moisés ambivalente, una especie de antihéroe alucinado. El autor impregna de ambigüedad cada uno de sus encuentros con Dios. Allí reside un acierto de la puesta en escena. Las secuencias pueden ser interpretadas como revelaciones o diálogos internos con una entidad impalpable para los demás.

El villano recibe un tratamiento plano, esquemático y funcional a las visiones dogmáticas del guión, cuyos razonamientos van cediéndole espacio a los típicos sentimientos encontrados de una tragedia kitsch (posiblemente consciente y autoparódica).  

Al final, las diez plagas azotan la estabilidad de Egipto y sumergen los argumentos en el mar Rojo del espectáculo circense e informático.

A la manera de La batalla de los cinco ejércitos, la personalidad del realizador corre el riesgo de quedar eclipsada por la estructura de una narrativa predecible, marcada por la acción y la pirotecnia.

El desenlace busca equilibrar la balanza a favor del ángulo, de la mirada política de Ridley Scott. Por tanto, cabe rescatar el mensaje cifrado de Éxodo: dioses y reyes. Es decir, su espejo de las guerras religiosas de la contemporaneidad. Su invitación a plantarle cara a los regímenes despóticos. Su guiño al nacimiento del conflicto árabe-israelí.