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Keyen López

La Tierra, el más bullicioso

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Cuando la estrella de la muerte explota en La guerra de las galaxias, episodio IV, produce una explosión increíble, ligada a sentimientos de victoria. “Ganaron los buenos”, pensamos… Solo existe un pequeño detalle, el sonido en el espacio no existe. Es imposible que los rayos láseres del Millenium Falcon que piloteara Han Solo (Harrison Ford), produjeran ningún sonido, ya que la energía del sonido se mueve a través de las vibraciones de moléculas de líquido sólido o gas. Los materiales propagan el sonido, pero en el vacío del espacio no hay materia para tal fin, por ende, en el espacio nadie puede escucharte (Alien).

La explicación de los creadores de Star Wars es que el sonido que escuchamos es una recreación tridimensional simulada y producida en las cabinas, armas, espadas láseres y/o equipos de las naves espaciales para así darles apoyo situacional a los que habitan en esta realidad de ciencia ficción.

Ahora bien, fue Pitágoras en el siglo VI a. C. quien por primera vez propuso que los cuerpos celestes (planetas, lunas, etc.) tienen sonidos; cada uno de ellos, según su teoría, emite una clase de “zumbido”, y juntos forman una especie de armonía que se relaciona de manera divina y le dan un sentido musical al universo, esta increíble doctrina la bautizo como la música de las esferas.

Para Pitágoras todo estaba relacionado con números y a él se le atribuyen las proporciones de los principales intervalos de la escala musical. En sus términos, las esferas más cercanas daban tonos graves, mientras que las más alejadas daban tonos agudos. La matemática y la música a través de la historia siempre han estado relacionadas, y de hecho, en la antigüedad, la palabra música significaba ciencia de la armonía, entendida en ese entonces de dos maneras: como orden de los sonidos y orden divino del cosmos.

Muy popular fue todo esto en la Edad Media y muy amplia y profunda la historia. Dentro de este contexto se definió una relación de las 7 notas musicales con los 7 cuerpos celestes conocidos hasta entonces (el Sol, la Luna y los cinco planetas visibles). A estos planetas se añadían 3 esferas suplementarias que alcanzaban el 10, el número perfecto. Platón fue mucho más poético y describía el universo de una manera más colorida y creativa.

Pero fue el astrónomo Johannes Kepler en su obra Harmonices Mundi, (1619) quien logró deducir que un planeta produce un sonido grave o más agudo dependiendo de su movimiento y su velocidad; por lo tanto, se forman intervalos bien definidos. Fue tanta su seguridad que se atrevió a crear melodías que se correspondían con los planetas. Entre ellas, estas melodías podían producir cuatro acordes distintos, siendo uno de ellos el acorde producido al inicio del universo, y otro, el que sonaría al final de su existencia.

La física moderna le quita lo “mágico” a todo este cuento de hadas cuando Isaac Newton describe el universo como un “gran reloj universal”, y a partir de allí se comenzó a entender el universo de una manera más mecánica. Sin embargo, en tiempos recientes se describe las partículas elementales no como corpúsculos, sino más bien como cuerdas minúsculas que vibran y son entidades geométricas de una dimensión. Estas vibraciones, según estas teorías, se basan en simetrías matemáticas similares a las pitagóricas, y traen de vuelta, y más vigente que nunca, la magia de la música de las esferas y del universo como un “gran instrumento musical”. Philip Sparke, Ian Brown y Mike Oldfield, entre otros, basándose en las secuencias musicales de Kepler y las teorías de la música de las esferas, crearon sinfonías y obras maestras que tienen relación directa con la majestuosidad armoniosa e infinita del universo, siendo Mont Saint Michelde (Mike Oldfield) el favorito de este servidor.

Gracias a la NASA y al sistema Trace, hace ya algunos años por primera vez se pudo escuchar que realmente el Sol tiene un sonido que inicialmente nace como ultrasonidos en forma de ondas. Estas ondas son 300 veces más profundas que lo que el oído humano puede escuchar (el ser humano no puede escuchar sonidos de frecuencia menor a 16 Hz), y son creadas gracias al choque repentino de flujos electromagnéticamente inducidos en la superficie solar, o bien por el choque de determinadas ondas de baja frecuencia sonora, cuando estas se levantan como las olas del mar desde la superficie del Sol.

Más recientemente, gracias a la sonda espacial Voyager, se pudieron “escuchar” los planetas de una manera directa. Jeffrey Thompson fue el responsable de estudiar este fenómeno que dejó sorprendidos a todos. Este científico recopiló grabaciones de estas interacciones complejas entre el viento solar, la ionosfera y magnetosfera que producen como resultado partículas de carga electromagnética, recogidas gracias a la antena de ondas de plasma de la sonda, todas dentro del rango auditivo del ser humano (20-20.000 Hz). Así, efectivamente, se nota que tienen secuencias casi musicales, como acordes.

Platón tenía razón al describir de manera tan mágica el universo, yo dejo como conclusión que el universo crea una sinfonía y quizás nosotros en nuestra vibración cósmica formamos parte de ella.

Interesante el hecho de que todos los planetas tienen secuencias armónicas “estables”, constantes y hasta reconocibles menos nuestro planeta azul. La Tierra tiene un sonido más del tipo desordenado y bullicioso, ¿resultado quizás de las montañas y mares? O, tal vez, de nosotros lo humanos y nuestro caos. ¿Qué opinas tú?