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José Rafael Herrera

Sobre la “Tierra Paterna”

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Aún hoy retumba el eco de aquella desafinada canción militar que interpretara, en cadena nacional, “el último hombre a caballo” -caudillo de montonera decimonónica y heredero de las “aventuras” del Urogallo redivivus, nada menos que en pleno siglo XXI-, al momento de los inevitables adioses y de la proclamación final de su delfín: “patria, patria, patria querida..”. Sin duda, aquellos no eran, precisamente, ni el himno de la Brigada Blindada ni, mucho menos, los Himnos de la noche de Novalis, a pesar de la “Nostalgia de la muerte”: se trataba, más que de un cántico, de un gemido desesperado, luctuoso y, cabe agregar, no exento de cierta chocancia metálica. Y es que algo, podía inferirse de la escena, se había roto, y algo, después de catorce largos años, había necesariamente que reinventar, o por lo menos redimensionar. En todo caso, el testamento hecho en primera persona signaba la inequívoca ruta que debían tomar los llamados “constructores de la Patria”.

Una segunda escena, más reciente aunque quizá más grotesca todavía, manifestaba la tajante posición alterna, o más bien el compromiso ético y político, que debía asumirse para poder interpretar correctamente el gelatinoso vaivén del aquí y del ahora nacional: se trata de la radical escogencia -a todas luces ontológica- entre el papel higiénico o la Patria. No hay, que quede claro, medias tintas al respecto, ni espacio de distensión o de tolerancia para los “apátridas”. En estricto sentido proposicional, la expresión, sin duda épica: “los que quieran patria que vengan conmigo”, ahora también se podía interpretar como “los que usan papel higiénico no quieren a la patria”. Y es que después de semejante sentencia, cabe la efectiva probabilidad de que en los últimos sondeos de opinión el número de patriotas haya disminuido considerablemente.

Lo cierto del caso es que algo, después de todo, no cuadra en este esquema ideológico. Una contradictio in abjectio parece ocultarse tras este extravagante maquillaje corrido. Y frente a esta objetividad implacable de las cosas el pomposo delfín ha devenido, si acaso, sardina. Es, como dice el conocido adagio popular, un mucho nadar, para morir en la orilla.

Conviene, por un momento, colocar entre paréntesis a los Hitler, los Mussolini o los Stalin, a fin de concentrar la atención en el siguiente planteamiento: si hay una concepción del mundo que considera que la idea de la Patria o la del Estado constituyen formas simbólicas propias y características de la sociedad burguesa es la socialista. En efecto, todo socialista bien formado sabe que la construcción de la sociedad post-burguesa se sustenta en la hermandad de los pueblos, en la desaparición de las fronteras y de los límites territoriales, es decir, en aquello que Marx designaba como la ciudadanía del mundo. Ser un “ciudadano del mundo” representaba, en la práctica, la “superación que conserva” los cotos de caza, las limitaciones geográficas, pero también las políticas, culturales y, a fin de cuentas, las mentales. Es un pertenecer a todos los lugares, una ruptura con las demarcaciones cartográficas y con las restricciones que ellas implican. Es ser auténticamente universal, cosmopolita. La frontera es el límite mental, el arraigo de la prehistoria humana, la negación misma del horizonte amplio y abierto de “la nueva concepción de la historia”.

Cuando un supuesto socialista considera que la Patria (Patria querida) es el gran fundamento de sus propósitos, se habla no del socialismo tal como lo concebían Marx y Engels, sino como lo concebía Hitler, es decir, se habla de Nacional-socialismo, de NAZI, como popularmente se le llamaba a Hitler y a sus camisas pardas de brazaletes rojos -¿Será necesario recordar los tristemente célebres brazaletes con el tricolor nacional?- Es, como aún lo siguen concibiendo los rusos y los chinos, la ampliación imperialista de la Patria, que suele aplastar todo aquello que se le resista. Es el Imperio “donde nunca se pone el sol”.

La contradictio comienza a revelar las abyecciones: el inflamado pecho patriótico ni es socialista ni es patriótico, porque si fuese socialista no sería patriótico y si fuese patriótico, en sentido enfático, no serviría el país en bandeja de plata a rusos y chinos, para no hablar de los cubanos. La remembranza de Boves cobra cuerpo: “Mueran los blancos, viva el Rey”.  Hay que ver las cosas que pueden hacerse en nombre de una ideología retorcida.

Por cierto, Sardina es un apellido común entre nuestros hermanos colombianos.