• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Tulio Hernández

Tiempos de victoria en paz

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cinco señales nos advierten que, con un margen difícil de prever con precisión, el candidato de la unidad democrática resultará triunfador en las elecciones presidenciales del próximo domingo. La primera señal hay que buscarla en la tendencia decreciente de los porcentajes en los resultados del PSUV y sus aliados en las últimas consultas electorales. Porcentajes que pasaron del 62,84% obtenido por el candidato Chávez en las elecciones presidenciales de 2006, al menguado 49,29% acumulado por el oficialismo en el referéndum consultivo de 2007, y el, todavía impreciso, 48% del total de la votación nacional en las parlamentarias de 2010. Y, a la inversa, en el incremento en esos mismos actos electorales de los porcentajes de los factores democráticos que pasaron del 36,9% obtenido por Manuel Rosales en 2006, al 50,7% del “Sí” en el referéndum de 2007, y el 52% del total nacional en las parlamentarias de 2010.

La segunda señal hay que buscarla en lo que dicen las encuestas confiables. En todas ellas, incluidas aquellas que todavía colocan a Chávez por encima de Capriles en la intención de voto, la tendencia más notoria es el estancamiento de la candidatura roja, el crecimiento indetenible de la tricolor y la reducción acelerada de la brecha entre una y otra con datos tipo avalancha, como los de Datánalisis, que registran una caída de 5% del porcentaje rojo en sólo el mes de agosto; Varianza, que calcula la diferencia en sólo 2%; o Consultores 21, que desde agosto le da 4 puntos porcentuales de ventaja a Capriles.

La tercera señal hay que buscarla en la calle, en la capacidad de convocatoria y el entusiasmo –casi delirio– que genera la presencia de Henrique Capriles a donde quiera que va, incluso pueblos y ciudades en donde los rojos han sido mayoría absoluta en todos los comicios, en contraposición al número de eventos que el Comando Carabobo ha tenido que suspender por escasa asistencia o donde el candidato rojo ha tenido que recortar sus tradicionalmente extensas intervenciones para evitar que el descalabro y la abulia se hagan notorios en la televisión.

Y la última señal, más cualitativa pero no menos importante, la encontramos en la desesperación manifiesta tanto en las operaciones del Comando Carabobo que ha montado un escenario de guerra sucia al que lamentablemente para ellos se le han visto rápidamente las costuras de la perversión, como en los ataques degradantes, cargados de epítetos de baja ralea, a los que recurre compulsivamente el candidato estancado tratando de frenar a como dé lugar al candidato en ascenso.

Si nada malo ocurre y la victoria se produce sin mayores incidentes, las fuerzas democráticas venezolanas nos sabremos protagonistas de un acontecimiento histórico, el de haber derrotado a un régimen neoautoritario, un proyecto político que se autocalifica a sí mismo como “revolución pacífica pero armada”, y un líder militar, mesiánico, carismático, objeto de culto a la personalidad, y haberlo hecho por la vía democrática, institucional y pacífica de la voluntad electoral.

Se trata de una doble derrota. La que se le asesta a la logia militar que protagonizó los dos fallidos golpes de Estado de 1992, y a sus seguidores civiles, y la que se le había asestado ya a la impaciente minoría opositora que en el año 2002 intentó salir del régimen rojo por el atajo de la fuerza, la movilización militar y la violación de la Constitución.

Estamos hablando de una hazaña de la paciencia, la persistencia y la voluntad democrática. Porque las experiencias históricas nos hacían creer que los líderes de la estirpe de Hugo Chávez sólo abandonan el poder con la muerte o cuando son sacados del mismo por la fuerza. También que la apropiación impúdica del rico aparato de Estado venezolano puesto plenamente al servicio de las campañas del PSUV y sus aliados los hacía, como a la “dictadura perfecta” del PRI, electoralmente imbatibles. El próximo domingo seguramente comprenderemos a cabalidad que ninguna de las dos suposiciones era una verdad absoluta y que apuntalar la democracia es la gran tarea para que nunca más el país se vuelva a encandilar por uniformado alguno.