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Enrique Larrañaga

Tiempos de urbanidad

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Es ya casi obligado quejarse de cuán inhóspitas se han vuelto nuestras ciudades y achacar ese deterioro a malos hábitos de “los demás”; así uno maldiga el tráfico descargando cornetazos; “se le caigan” papeles a la calle “¡que está inmunda!”; ignore los semáforos y conteste con gruñidos un simple “buenos días” de quien entra en el ascensor. “¡Es que ya no hay urbanidad!”, escucha y hasta dice uno, mirando hacia los lados por si alguna bisabuela resucitada añade un “¡fin de mundo!” tan fatalista como resignado. Razones no faltan para quejarse, pero ¿qué buscamos (o eludimos…) al hacerlo?

La Real Academia Española define “urbanidad” como “atención y buen modo”. Es decir, la urbanidad es un acuerdo que permite convivir. Y si, según McLuhan, “el medio es el mensaje”, el tiempo, como vector de transmisión de las tradiciones, es el medio por el que recibimos, actuamos y transmitimos los mensajes que construyen o diluyen la urbanidad como “formas de trato” del “con/trato social” que define nuestros deberes y derechos ciudadanos mientras vamos siendo lo que vamos haciendo e influyendo sobre lo que nos influye.

Todos participamos de los tiempos que nos preceden, habitamos y nos sucederán; y nunca como algo externo, sino tan interno que nos constituye: desde el lenguaje a las costumbres, desde los sabores preferidos a los recuerdos entrañables, desde los lugares rememorados a los imaginados. Como la urbanidad, el tiempo es una construcción cultural para la coexistencia.

En la naturaleza solo hay ciclos. Con el tiempo y la urbanidad intervenimos esa rutina para elaborar discursos que llamamos historia y, con lógica rara vez exacta o racional, enlazarlos para extraer de esos hechos inevitables nuestros eventos memorables y dar “presencia al tiempo” e incluir pero también trascender el “tiempo presente”.

Entender y atender los tiempos de la urbanidad impone valorar la trama de relaciones que la conforma y nos conforma, desde lo que heredamos a lo que hemos hecho, estamos haciendo, nos proponemos hacer y legaremos como herencia a quienes decidirán si lo continúan, transforman o descartan. Como construcciones culturales, el tiempo y la urbanidad son siempre plurales y relativos. Los ciclos, sin embargo, son singulares y categóricos: nacer/morir, día/noche, lluvia/verano. Los tiempos de la urbanidad desmontan ese determinismo para hallar significados que interactúen con nosotros y nosotros con ellos, implicándolo todo y a todos, con valores intangibles que trascienden lo material para incorporar experiencias. No hay historia sin tiempo, que la reduciría a narrativas únicas, ni tiempo sin historia, que la condenaría a falsas orfandades; tampoco ciudad sin edificaciones que alojen su vida ni edificaciones que puedan ignorar la ciudad sin traicionar su sentido cívico.

Los tiempos de la urbanidad no admiten nostalgias que los paralicen ni arrojos que los disuelvan. Tan nefasto es el “complejo de Adán”, esa urgencia de estar siempre empezándolo todo por desconocimiento de lo existente, como el “síndrome de Funes” que, como el personaje de Borges, de tanto recordarlo todo resulte incapaz de olvidar y, por tanto, pensar.

Apreciar las herencias urbanas no debe vararnos en los lloriqueos tipo “todo tiempo pasado fue mejor” que impregnan algunos grupos en las redes, con valiosos registros documentales pero entumecidos por una añoranza que niega que, como parte de la vida, la muerte no es un trauma sino una oportunidad de transformación, para lo que muere y para lo que queda.

De modo similar, la imaginación, indispensable para mantenerse vivo, no debe eludir su corresponsabilidad imponiendo antojos voluntaristas así como quien, por decir algo, mocha medio Panteón Nacional, rasgando el tejido ciudadano y urbano para imponer la presencia de figuras únicas (personales y edificadas) sobre todo y todos.

La fortaleza de la ciudad es ofrecer experiencias en las que fluyen y confluyen todas las dimensiones del tiempo; presencias que reúnen memoria, vivencias y deseos; interrelaciones físicas, funcionales y alegóricas que clarifican y clasifican lo cotidiano para nutrir el intercambio ciudadano y la vitalidad cívica. Para ello, la ciudad, sus tiempos y su urbanidad deben garantizar la interacción libre entre los ciudadanos y un orden que no dependa de mandatos. Aunque hoy parezcan imponerse añoranzas rurales y autoritarias, el ámbito propio de los tiempos de la urbanidad es siempre urbano y cívico: Sólo desde lo colectivo, civil y democrático pueden exigirse y erigirse los tiempo de una urbanidad que nos permita conocer, reconocer, reconocernos y re-conocernos en las fluidas interacciones que somos y edificamos.

Son tiempos, sí, de urbanidad. Por eso nada complacientes ni remilgados, sino muy exigentes y aguzados. A comprenderlos, pues; que no hay tiempo eterno.