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Tulio Hernández

Tiempos de desconfianza

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El pasado domingo 22 de junio, en horas de la tarde, me encontré en Facebook una advertencia del sociólogo Luis Gómez Calcaño a propósito de “Sí hay salida a la crisis”, el manifiesto publicado ese día en la prensa nacional. El agudo investigador del Cendes-UCV escribió: “Sólo me extraña que Tulio Hernández aparezca entre los firmantes”.

De inmediato respondí que el Tulio Hernández que aparecía firmando no era el mismo autor de esta columna, que efectivamente yo no había firmado ese documento y que ni siquiera a esa hora de la tarde conocía su contenido porque no había leído aún la prensa dominical.

Rápidamente recibí una llamada de los promotores del manifiesto presentando convincentes disculpas por la confusión y ofreciéndose a realizar de inmediato una aclaratoria pública. Acepté con gusto las disculpas, pero me pareció poco oportuno hacer aclaratoria alguna. Al día siguiente, la diputada Machado, una de las promotoras del manifiesto, debía presentarse ante los tribunales para declarar a propósito de esa ópera bufa llamada “magnicidio” y me pareció incorrecto hacer ruido a lo más importante de esos días: apoyarla en su lucha contra el abuso de poder rojo.

Han pasado varias semanas y prácticamente todos lo días me encuentro con alguien que me interpela sobre la firma. Algunos de manera educada, con sincera curiosidad. Otros, los menos, sin detenerse a preguntar qué pasó, con una preocupante dosis de agresividad. Sin dejarme explicar actúan como un católico cerrero que me encontró entre los “abajofirmantes” en un documento de apoyo al matrimonio gay o como un comunista trasnochado, “mamertos” los llaman gráficamente en Colombia, que me vio tomando a escondidas Coca-Cola en Miami.

Lo que ha ocurrido desde entonces ha sido interesante. Me ha servido para constatar en piel propia la manera como una parte, no se cuán grande, de los demócratas que adversan el proyecto militarista rojo han sido igualmente atrapados por, junto al miedo, el sentimiento dominante en la sociedad venezolana: la desconfianza. Que es madre y partera de la intolerancia.

No importa si se trata de aquel que cuenta que un mesonero del Este de Caracas, que es su amigo, presenció dos días antes del diálogo en Miraflores el momento cuando “Pedro Carreño le pasó a Ramón Guillermo Aveledo por debajo de la mesa un maletín repleto de dólares”. O del otro que, con cara de semiólogo en tribunal, nos explica el “arreglo obvio” que hay en el carcelazo a Leopoldo López, y detalla el cariño protector con el que lo abrazaba el general a quien se entregó, el hecho de que no lo esposaran, el megáfono que le dieron para que se dirigiera a la multitud. Mucho gato encerrado, dicen ambos.

En un sociedad en la que cada vez menos personas están dispuestas a cumplir las normas; en donde la mayoría ni siquiera las conoce y, por tanto, no puede distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo ilegal y lo contrario, y donde el presidente de la república, espurio pero presidente, informa que se robaron 20.000 millones de dólares y no abre un proceso de gran escala para identificar quiénes desde el aparato de poder lo permitieron, obviamente es muy difícil liberarse de la desconfianza.

Pero, obviamente también, si los demócratas queremos construir un proyecto alterno, que libere al país de la debacle heredada de la segunda etapa del bipartidismo y de la degradación moral del chavismo, hacer un esfuerzo por cultivar la confianza como base para la construcción de la nueva mayoría no es una opción, es una obligación.

Cómo se puede condenar a los rojos por su negativa al diálogo si no somos capaces de tenerlo sinceramente entre nosotros. Y para que el diálogo exista tiene que ser hecho sobre ideas, concepciones, proyectos, visiones de futuro, diagnósticos certeros sobre el tipo de poder al que nos enfrentamos. Lo demás es lectura de encuestas, listas y cálculo electoral, recursos útiles en una sociedad sana pero insuficientes y suicidas en una donde la democracia está entubada, respirando apenas, en la sala de terapia intensiva.