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Fausto Masó

Tiempos de desastre…

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El mundo se encoge para la Venezuela chavista: Correa marca distancias, recalca su éxito económico en Ecuador en comparación con la ruina venezolana, sigue apoyando aparentemente a Maduro, pero señala el desastre de un país petrolero; Pepe Mujica y Obama se reúnen amigablemente en la Casa Blanca, al presidente norteamericano no le asusta el izquierdismo del uruguayo ni le hace caso a las declaraciones de Caracas. 

Se ocultan nuevas estadísticas oficiales que muestran un aumento pasmoso de la pobreza en estos meses, el gobierno sepulta esa información que de todas maneras se divulga por los caminos verdes. Al gobierno solo le queda una respuesta frente a un país enguerrillado: una represión mayor, aplastar la protesta, a pesar de que la MUD señalara frente a los cancilleres de Unasur la brutalidad policial como una de las razones para abandonar la mesa del diálogo. El gobierno confía en su única arma verdadera, una brutalidad apenas disfrazada por supuestos paramilitares que agreden locales oficiales, lanzan piedras contra negocios particulares, buscan intimidar y acusar a los estudiantes de la violencia, pero ¿quién creerá que a Los Palos Grandes lleguen 12 encapuchados sin protección oficial? Nos esperan tiempos duros, y solo queda una respuesta, la unidad total de la oposición. Una unidad que abarque desde los partidos políticos a los grupos civiles, los estudiantes, todos los que protestan, pero ¿cómo estructurar esta nueva oposición? ¿Cómo organizarla? Quizá la respuesta sea lograr que todo el país opositor coincida en unas demandas mínimas de esa unidad sin fisuras, donde cada movimiento posea vida propia, se exprese como quiera, pero coincida en la gran exigencia, en la gran propuesta.

Con cierta precipitación Nicolás Maduro pone las cartas en la mesa: reemplazará la habilidad del extinto presidente con represión abierta; frente al desabastecimiento, la crisis, cuenta con la Guardia Nacional Bolivariana. Por ahí van los tiros y le plantean al país una pregunta: qué hacer, porque, además, están desapareciendo los medios independientes; la oportunidad de la protesta disminuye.

Por ahora no hay intención de llegar a un acuerdo. Las protestas no terminarán ni tampoco la represión. Al contrario, aumentarán, porque si uno examina los rostros de los muchachos que llevan detenidos comprueba que muchos de ellos provienen de barrios humildes, en los que ya son frecuentes los cacerolazos y en los que no falta mucho para que ocurran protestas mayores.

En el chavismo hay quienes quieren radicalizar al gobierno, defienden la necesidad de aumentar las expropiaciones, encarcelar a los líderes de oposición, consideran que liberar a Simonovis en una traición; hay otros, quizá la mayoría, que comprenden la necesidad de un cambio de política, de poner a producir las fincas expropiadas, pero al salir la noticia en la prensa de que se están devolviendo algunas a sus propietarios, inmediatamente hubo una reacción del sector afirmando que las fincas expropiadas por Chávez seguirán en manos del “pueblo”, a pesar de que haya una conciencia cada vez mayor del desastre de la CVG, las plantas cementeras, de la necesidad de que Agropatria sea tan eficiente como era Agroisleña.

El tiempo juega en contra de Maduro que no entiende lo que ocurre, ni impone su autoridad, pero lo está ayudando, y mucho, la falta de unidad en la oposición. 

Hay que insistir machaconamente en el tema de la unidad, porque no hay otra respuesta frente al desastre nacional.

Unidad, diálogo y calle son las armas de la democracia en esta Venezuela trágica donde la miseria, la enfermedad, la violencia criminal avanzan, miles de profesionales emigran al extranjero y nos quedamos sin médicos, ingenieros jóvenes. Maduro carece de respuesta frente a este drama, lo ignora y el país se vuelve ingobernable, a menos que surja una gran unidad a favor del ideal democrático, como ocurrió después del gomecismo, cuando todos los venezolanos rechazaron el militarismo y se expresaron políticamente a través de grandes partidos.