• Caracas (Venezuela)

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Lo que podría haber sido impensable quince años atrás, cuando el proyecto chavista se fundamentaba, en buena medida, en el aislamiento de una parte de la sociedad civil adversa al régimen, en su reclusión a un estado de oposición permanente y en construirles la aureola de una imposible e inviable alternativa de poder, pasó a ser la mejor salida posible ante las difíciles circunstancias en que se encuentra el país. La conflictividad social que padecemos muestra la magnitud del problema que afronta el gobierno y que solo puede resolverse con un cambio del modelo socio-político que ha venido desarrollando. La quiebra de los servicios sociales, la marginación, el desempleo, el engaño, la forma perversa como se presentan las esperanzas de redención en tiempos de desintegración social, el desmoronamiento del chavismo, han determinado que la otrora multitudinaria adhesión al régimen muestre un lento pero inexorable descenso. El modelo del régimen ya no se percibe como una alternativa para la cohesión social, sino más bien como un factor de exclusión y segregación dentro de la sociedad venezolana. Representa, para el ciudadano común, un fracaso más que no le compensa el castigo sufrido por las fracturas sociales y la pérdida de estatus. Ese ciudadano ha comprendido que es moralmente inaceptable que un proceso de inclusión como el que preconiza el gobierno se fundamente en la exclusión ajena y se pretenda clasificar a las personas e instituciones en dignas e indignas, dependiendo del grado de adhesión y lealtad con el felón de Miraflores.

La obligación que tiene la oposición, de conquistar espacios institucionales desde donde proponer una nueva alternativa para conducir los destinos de la nación, debe avanzar sostenidamente. Estos tiempos de estancamiento político, de amenazas contra la seguridad comunitaria, de desprestigio del régimen, de la invasión sistemática de extranjeros en instituciones fundamentales de la república y la represión gubernamental de las ideas y valores modernizadores, van edificando la demanda de un conjunto de valores alternativos a los que triunfaron en 1999. El ambiente es, por tanto, propicio para poner sobre la mesa una revisión de todo lo acontecido hasta ahora, examinar la caducidad del sistema operante, la falsedad de los fundamentos mismos del socialismo del siglo XXI y el fortalecimiento de la tradición venezolana, diferenciada del marxismo. En fin, una sabia rectificación de la deformación operada en los auténticos valores de nuestra sociedad.

Recuperada la autoestima opositora y propiciada desde posiciones ganadas la capacidad de participar activamente, se abre la oportunidad. La MUD debe ser el lugar de convergencia de las fuerzas opositoras con un fin único, y no el cascarón de proa que oculta las diferencias y desencuentros de sus integrantes, eso lo reclama la mayoría ciudadana. Es un compromiso político ineludible que los partidos y sus líderes deben asumir.