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Carlos Delgado Flores

Tiempo de profetas

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Semana Santa es tiempo de descanso, pero también de trabajo espiritual. Le preguntaba a los estudiantes la semana pasada, antes de salir, qué plan tenían para estos días, y las respuestas alternaban entre descansar e ir a misa, sin descartar, por supuesto, mantener los cursos de acción. Fue cuando reparé en que a su modo, más movidos por el deseo y la necesidad que por la conciencia, ellos, nuestros estudiantes, también eran profetas.

Podrá decir el lector que exagero en mi admiración por los muchachos al poner sobre sus hombros tamaña responsabilidad, pero la verdad es que no es una idea nueva, aunque plantearla ahora, en nuestro aquí y ahora de país, cobra un sentido que va más allá de lo meramente religioso.

Al final de su presentación en el II Encuentro Internacional de constructores de paz organizado por el Centro Gumilla en la UCAB, en 2011, Miguel Álvarez Gándara (México) habló de negociación en contextos polarizados y violentos y luego de dar un conjunto de consejos, finalizó con uno: “no olvidar el ministerio de la profecía”

Por esos días, mi lectura de Roberto Mangabeira en El despertar del individuo apuntaba hacia la necesidad de cambiar la fundamentación de la razón política, no en la historia sino en la profecía, en la memoria vuelta profecía por la imaginación que funda realidades. Se trataba de una concepción de lo profético algo distinta de la católica, para la cual, la profecía es denuncia de los pecados de una época y anuncio de una futura acción divina en virtud de lo cual, Jesús es, a un tiempo, Dios mismo en la persona del hijo y profeta por su condición de hombre. Ciertamente, el espíritu profético en los católicos se manifiesta en la imitatio christi, más o menos sistematizada en el catecismo. La teología de la liberación supuso una ascesis en la cual ya no se esperaría el reino de Dios, sino que se construiría en la tierra con la intercesión con la fe y la justicia, atributos éstos del amor de Dios; los pentecostalistas, por su parte, suponen que un profeta es aquel que es capaz de dar testimonio por la acción directa del espíritu santo, con lo cual, queda suprimida la acción humana de constituir iglesia, que es un ejercicio de la voluntad (re-ligare), se trata de una iglesia mucho más animista, ciertamente. 

¿Hay un sentido laico de lo profético? Para Mangabeira, sí, y es también hacia lo que parece apuntar Miguel Álvarez Gándara: hacer profética la memoria implica darle proyectividad ética a la identidad; memoria y proyecto hacen entonces que la política alinee a la imaginación con los recursos de las voluntades en una perspectiva donde las historias personales se conjugan con la historia de la comunidad, del país.

Aquí cabe la pregunta: ¿no es esto lo que han venido haciendo, desde 2007, y muy especialmente desde el 12F nuestros estudiantes? ¿No era eso Chávez, al principio, en 1998? La diferencia no obstante, es el tipo de sistema religioso al que aluden sus liderazgos, cosa que explicaba la recientemente fallecida antropólogo Michelle Ascencio en De que vuelan vuelan: el sistema de la persecución, donde entidades buenas y malas en conflicto influyen en la acción humana (que Ascencio incorpora al que denomina Catolicismo popular) versus el sistema de la culpa, donde hay una ley, una responsabilidad internalizada y un modo de redención. Chávez estuvo asociado a las persecuciones, los estudiantes, acaso, a la culpa y a la redención.

Cuando nuestros estudiantes protestan por volver a abrir el futuro, ello luce como el gesto de retomar el curso del proyecto histórico venezolano que hasta ahora,  se ha centrado en la construcción de una modernidad propia en la cual hemos invertido diez generaciones de venezolanos. En Venezuela hay más modernidad de la que podemos ver, pero a esa modernidad le faltaba pasar por esta negación, esta antítesis, para poder avanzar hacia la fase siguiente del proyecto nacional, que en otra parte hemos concebido como la democratización de la sociedad civil, y que en perspectiva de devolverle el sentido ético a la política pasa por concebir a la democracia no como un sistema de gobierno, sino como un ethos.

Conviene precisar sobre la idea de “democratizar la sociedad civil”. Cohen y Arato en Sociedad Civil y Teoría Política (Fondo de Cultura Económica, México, 1999) al estudiar los procesos de transformación política en sociedades que se democratizan luego de pasar por un periodo autoritario (caso de las democracias suramericanas, o países de Europa oriental) destacan cómo las trasformaciones han sido posibles mediante una articulación entre sociedades políticas, estado y sociedades civiles. Así dicen: “Desde nuestro punto de vista, los movimientos sociales para la expansión de los derechos, para la defensa de la autonomía de la sociedad civil y para su mayor democratización son lo que mantienen viva a una cultura política democrática. Entre otras cosas, los movimientos introducen nuevos problemas y valores en la esfera pública y contribuyen a reproducir el consenso que presupone el modelo de democracia de élite/pluralista pero el que nunca se preocupa por explicar. Los movimientos pueden y deben complementar, en vez de querer remplazar los sistemas partidarios competitivos. Nuestro concepto de sociedad civil, por lo tanto, retiene el núcleo normativo de la teoría democrática a la vez que sigue siendo compatible con las presuposiciones estructurales de la modernidad. Nuestra tesis también es que las tensiones entre el liberalismo orientado a los derechos y, por lo menos, el comunitarismo orientado democráticamente pueden reducirse considerablemente, si no desaparecer del todo, sobre la base de una nueva teoría de la sociedad civil”.

De allí que, tal vez, antes que una nueva teoría, sea necesaria más bien una nueva práctica que exija democracia como verdad. La práctica para esta democracia nace de la libertad del profeta antes que de la sujeción a la doctrina implicada en la figura del apóstol como testigo; libertad, que como libre albedrío, no es más que la libertad del Espíritu, que conduce a la idea, apenas esbozada por Spinoza, de que la democracia es el gobierno de las multitudes, puesto que todo hombre es, en esencia, una multitud.

Así el profeta, al decir verdad, bien puede apuntar hacia máximos éticos, en el medio de los cuales está el espacio para un ethos que bien puede ser de un bando, una sociedad o incluso una civilización, lo cual implica no solo denunciar el régimen y el asalto que la facción ha hecho del Estado, implica denunciar también las faltas de la sociedad, con miras a corregirlas en función de un proyecto; implica poder decir verdad ante apóstoles y príncipes, ante o detrás de las cámaras, o dicho de otro modo, en palabras de San Pablo en su carta a los corintios: “Procuren alcanzar ese amor, y aspiren también a los dones espirituales, sobre todo al de profecía. Porque aquel que habla un lenguaje incomprensible no se dirige a los hombres sino a Dios, y nadie le entiende: dice en éxtasis cosas misteriosas. En cambio, el que profetiza habla a los hombres para edificarlos, exhortarlos y reconfortarlos. El que habla un lenguaje incomprensible se edifica a sí mismo, pero el que profetiza edifica a la comunidad” (14:1-4).