• Caracas (Venezuela)

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César Pérez Vivas

Tiempo de la política

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La explosión de protestas que ha vivido la sociedad venezolana, como resultado del fracasado modelo del socialismo del siglo XXI, ha producido igualmente una diversidad de reacciones en el campo de la oposición al régimen imperante en nuestro país.

Hay quienes consideran que las condiciones están dadas para impulsar dichas protestas con mayor fuerza hasta lograr un cambio inmediato del gobierno, forzando la renuncia del presidente Nicolás Maduro. Han estimado que la lucha en la calle de quienes estamos en desacuerdo con este modelo de gobierno es el camino para lograr su salida. De hecho, han denominado esta línea estratégica “la salida”. Se argumenta a favor de esta tesis que el país ya no aguanta más esta crisis y que peor de lo que estamos ya no podremos estar más.

Hay quienes pensamos que la lucha en la calle, la protesta social, el ejercicio del derecho de manifestar pacíficamente, consagrado en el artículo 68 de la Constitución de la República, debe llevarse adelante en el marco de una acción política que permita a la inmensa mayoría de venezolanos tomar conciencia del monumental fracaso del régimen, de la inviabilidad de sus políticas públicas; y, en consecuencia, producir una acumulación de apoyo popular de tales dimensiones que, ante cualquier proceso electoral futuro, se produzca un resultado favorable a la plataforma que presente la alternativa democrática.

Somos todos conscientes de que la situación del país se ha deteriorado de tal manera, que sobran las razones para ejercer el citado derecho constitucional a la protesta.

Todos los que luchamos por un cambio participamos de la tesis del ejercicio de dicho derecho, lo hemos practicado, y hemos recibido de parte del gobierno la respuesta de toda autocracia: la represión brutal y el descrédito de nuestra lucha, y de nuestra integridad moral y política. El aparato propagandístico del régimen no descansa en su enfermiza tarea de desprestigiar a toda persona que ose disentir, y toda política o propuesta que promueva el cambio de la política o presente una alternativa de liderazgo distinto al que se ha enquistado en el control de los poderes públicos de nuestro país.

En estas dos perspectivas, se ha producido un debate en el seno de los factores políticos que hacemos vida en la oposición venezolana. Quienes sostenemos ambas posturas lo hacemos persuadidos de que dichas líneas de acción política son las que le convienen al país. Ese debate lo hemos estado haciendo en los mecanismos orgánicos que nos hemos dado para adelantar la lucha por la cual podamos recuperar la democracia para nuestro pueblo; y se ha dado igualmente en la opinión pública usando tanto los medios de comunicación social, como las redes sociales.

Los partidos y organizaciones sociales que participan de la lucha por el cambio político en Venezuela debemos asumir la línea política a seguir a partir de los principios que defendemos, y a partir del conocimiento que tenemos de la historia, de nuestra propia historia como pueblo y la de otros pueblos que han tenido que superar dictaduras de diversa naturaleza, como de la realidad política en la que nos movemos en la Venezuela de los días que corren.

En ese debate ha surgido de nuevo con fuerza una corriente antipolítica que, al apartarse de las reglas básicas de la política como ciencia y como arte, recurren a la brutal descalificación de la política para justificar una postura tan intolerante y soberbia como la del régimen que estamos enfrentando.

Ha sido precisamente el culto a la antipolítica, la descalificación a priori del quehacer político, la demonización de quien no comparta una visión, y la siembra del escepticismo y la desesperanza lo que nos ha traído el avance y establecimiento por largo tiempo ya  de esta nueva forma de dictadura que hoy sufrimos los venezolanos.

En otros momentos he sostenido que sectores importantes de nuestra sociedad se han dejado arropar, en la lucha frente al régimen, por el inmediatismo y el maximalismo, sin comprender la complejidad del proceso político en el que nos desenvolvemos.

En efecto, legítimamente angustiados por el avance autoritario, por la pérdida de oportunidades y por la destrucción del país han querido encontrar soluciones inmediatas, y además un cambio completo de todas las estructuras de poder que, a la sombra de los recursos financieros y políticos de que ha dispuesto la cúpula roja, han logrado establecer. Es decir, además del cambio inmediato, el cambio total. Vana ilusión, que no asume ni valora la realidad política en la que nos desenvolvemos.

También hay los que apuntalan esa línea del maximalismo y el inmediatismo cargados de una visión antidemocrática y guerrerista de la lucha política. No faltan sectores o personas que no confían en la lucha con el pueblo y por el pueblo. Que no creen en los procesos políticos populares. Que consideran que es posible conducir una sociedad desde una perspectiva de fuerza, y que creen solo en la vía violenta para lograr los cambios. Piensan que no podemos estar peor de lo que hoy estamos, y no han revisado la historia para cerciorarse de que siempre es posible empeorar la situación política, económica y social de un pueblo. En esa línea se dan la mano con factores hoy en el poder que en el pasado usaron la violencia de la lucha guerrillera o del golpe de Estado para intentar asumir la conducción del país. Por ambas vías fracasaron. Solo por la vía electoral lograron hacerse del poder.

Los radicalismos políticos promovidos desde sectores que se oponen al actual régimen terminan ayudando más bien a su consolidación. Se trata de un radicalismo básicamente fundado en la antipolítica, que asume posturas violentas, polarizantes y fracturadoras del mismísimo piso político que el quehacer político y pacífico de la oposición democrática ha logrado construir. Desde la antipolítica se acusa a sectores y personas de conductas innobles e inmorales sin ningún fundamento. Se recurre a la mentira y a la ofensa, al mejor estilo del castro-chavismo, para destruir y descalificar a quienes por años han dado testimonio de lucha contra el actual sistema político.

Es natural que puedan presentarse lecturas diversas de la realidad política y planes de acción diversos para transitar el camino de la lucha por la recuperación de la democracia venezolana. Ese debate debemos darlo en el seno de las organizaciones que nos hemos dado para asumir esa tarea.

Asumir dichas políticas de manera aislada y al margen de dichas organizaciones no contribuye a hacer eficiente la lucha, y es una conducta típica de la antipolítica. La milenaria ciencia de la política nos ha enseñado que solo a través de la organización, la reflexión y la acción mancomunada podemos avanzar en la gobernabilidad de una sociedad.

Esta hora de crisis solo la podemos superar con un adecuado trabajo de la política seria, leal y patriótica. Seguir jugando a la antipolítica, seguir en la guerra de descalificación de quienes hacen la política es seguir contribuyendo a que la dictadura del siglo XXI se mantenga por más tiempo en el poder.