• Caracas (Venezuela)

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Antonio Sánchez García

Terrorismo y libertad de expresión

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Hay medios emblemáticos, que constituyen y mantienen la esencia de un sistema democrático. Así sean incómodos, agresivos, irreverentes y atrabiliarios. Precisamente por eso: la democracia es pugnacidad permanente, infatigable, confrontación sin tregua. La energía que la vivifica y mantiene con vida. Y la punta de lanza de esa batalla sin descanso entre las fuerzas que se confrontan en esa sociedad multidimensional que es una sociedad democrática es la opinión. Mientras más actual y transparente, más libre y desencadenada, más viva. Mientras más urticante, más progresista. Mientras más denunciante de lacras y taras, más legítima.

 

No sucede lo mismo con los medios oficiales de las tiranías. ¿Puede alguien con dos dedos de frente imaginarse al Granma publicando una caricatura del caricaturesco Fidel Castro, cada día que pasa más estrafalario, ridículo, fantasmagórico, vampiresco e irreal? ¿Habrase visto personaje más de comiquita que ese hermano achinado y en nada semejante, como que más de uno sospecha de la genética consanguineidad paterna entre ambos monstruos, a no ser la psicopatológica de la crueldad, la ambición, el desafuero? No se hable del Pravda en época de Stalin, pequeñajo, derrengado, manco, bigotudo y siniestro, como para ser objeto de innumerables caricaturas. O Kruschev, chico, gordo, grosero, extravagante, zapateando el podio de las Naciones Unidas en plena Guerra Fría. Busque una sola caricatura de personajes tan dignos de ser caricaturizados en la prensa soviética: no encontrará una. Ni tampoco en la prensa del Tercer Reich de la caricatura de si mismo, como lo desenmascara Chaplin, Adolfo Hitler: flaco, histérico, convulso, amanerado, con esas moscas de mostacho, ese pegoste de pelo en la frente, esa gesticulación paranoide, ese traje de campesino bávaro con las piernas peludas al aire.

Todos los tiranos son la caricatura del estadista. Precisamente, un rasgo buscado por la razón tiránica misma, como la desmesura de los payasos: mientras más anormal, más desaforado, más brutal, más extravagante, más llamativo, más indiscreto, mejor. Lea Mein Kampf, esa biblia de la tiranología estudiada con ahínco por Fidel Castro en sus años preparatorios, y encontrará prefiguradas esa desmesura, esas uñas, esas barbas y esa desenvoltura epiléptica del tirano. El rouge et noir, el rojo y el negro, como colores preferidos. La metralleta lingual. El descaro, el tremendismo, la furia caníbal. Llamar la atención, marcar su presencia a sangre y fuego, hacerse inolvidable como una perfecta caricatura de si mismo: he allí el logos tiránico.

 

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Y Charlie Hebdó conocía esa lógica de la desmesura y la expresaba con sus figuras grotescas, haciendo semana a semana la valleinclanesca vivisección de los tiranos. En la más desconsiderada y brutal de las expresiones. Sin respetar políticas, ideas, credos ni religiones: poniendo al desnudo el ridículo de todas las ambiciones totalitarias. ¿O alguien negará que ver a seres humanos disfrazados de integristas, no importa si de Oriente o de Occidente, arrastrando vestiduras medievales, asegurando que el sol sigue girando alrededor de la tierra, no brinda ocasión para la burla, el reclamo, la denuncia?

 

He allí el precio: una persecución implacable de la barbarie islámica, tan ridícula como siniestra. Gozando de todas las ventajas de la cultura liberal y el desarrollo tecnológico de Occidente, pero llevando burka, ocultando el rostro y alimentando el odio y el rencor contra la generosidad de los pueblos libres que los acoge. Comprometida con la guerra santa, una reminiscencia de mil quinientos años, con la cual pretende retrotraernos a la edad de las cavernas, a la Hégira, pero transmitida en vivo y en directo vía satelital, movilizada con camionetas de última generación, usando armas las más mortíferas, aprovechándose de la libertad de culto y de movimientos para asesinar a mansalva a quienes los dejan a diario al desnudo.

 

Es la tragedia de aquello que Adorno y Horckheimer llamaran la Dialéctica de la Ilustración: enconcharse en el progreso para desatar la barbarie. A escasas horas de la matanza de una docena de caricaturistas de Charlie Hebdó, a pocos kilómetros de Caracas siete personas eran asesinadas en pleno entierro. Llevamos quince años sufriendo la barbarie de esta caricatura de revolución, llevada a cabo por los más caricaturescos de los venezolanos: un payaso hablachento y tan desenfadado como todos los tiranos, que nos deja en herencia un tontón Macoute bigotudo y torpe, como uno de esos islámicos caricaturizados por el semanario parisino. Por lo demás y como es perfectamente lógico: socio de los asesinos de Al Qaeda, Hamás, la Yihad, el Estado Islámico.

Asumo consciente y desveladamente la posición más extrema en defensa de la libertad de expresión: que sólo tiene sentido y se justifica cuando es transgresora e irreverente y que, por lo mismo, tanto más derecho tiene a practicarla quien está dispuesto a ir lo más lejos posible en practicarla usando los medios más irritantes, sarcásticos y provocativos tolerables. En otras palabras: quien tenga el coraje de estirar sus presupuestos hasta el borde mismo de lo que pudiera ser calificado de ofensivo e hiriente por los directa o indirectamente afectados. Y estén dispuestos a denunciar las lacras, corruptelas, iniquidades, abusos y violaciones del Poder. ¿Para qué si no, la libertad de expresión? ¿Para desearse los buenos días?

Lo hago por dos razones. La primera de ellas, porque en Charlie Hebdo jamás se practicó la libertad de expresión con guantes de terciopelo o zapatillas de ballet. Dosificando la indignación a gusto del Poder: era y seguirá siendo el ejemplo del antipoder. Su crítica ha sido dura, hiriente, sarcástica y urticante. Particularmente contra lo que ha considerado merecedor de ser criticado en el seno de la sociedad francesa. Incluso grosera, si por grosero se entiende aquello que rompe con las convenciones palaciegas del buen gusto, la buena educación y los finos modales según un estricto cumplimiento de las normas. Charlie Hebdo jamás fue un manual del convencionalismo diplomático. Fiel a la verdad, que es concreta como decía Hegel. Y no por capricho, sino, dicho hegelianamente, por dictados de la cosa misma. ¿Cómo llamar a un ladrón, sino ladrón? ¿Asesino a un asesino? ¿Violador a un violador? ¿Tirano a un tirano?

 

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Una suerte de desafío constante dirigido a quienes deben legislar, defender y proteger los derechos humanos, de los cuales, la libertad de expresión es, junto al derecho a la vida, uno de sus pilares. Cabría imaginarse a su director, apuntando al piso de su sala de redacción diciéndole a las instancias encargadas de la protección de ambos derechos el famoso dictum de Esopo contra los fanfarrones del Poder: Hic Rodhus, Hic salta! ¿O tendría algún sentido legislar y cautelar la libertad de expresión en tierra de mudos, ciegos y sordos?

La segunda y mucho más importante razón que me lleva a ese planteamiento extremo se debe  al anticipo de una clásica reacción de la hipocresía bien pensante: “merecido se lo tienen. Han ido demasiado lejos”. Siguiendo la clásica justificación de los violadores por el centimetraje de las faldas de sus víctimas. Una muchacha con minifalda no sólo debe estar preparada para ser violada. Bien merecido se lo tendría. Nadie anda por allí mostrando los muslos sin buscarse voluntaria o involuntariamente una violación en toda la regla.

Dicho y hecho. Los dos primeros artículos que he leído en la prensa chilena apuntan en esa misma dirección: “si bien los editores y periodistas de Charlie Hebdó son víctimas de un crimen, no son precisamente angelitos” - escribe el columnista Robert Funk, en su columna habitual del periódico La Tercera. Y no contento con ello, busca las razones últimas del terrorismo islámico expresado  brutalmente en los luctuosos sucesos parisinos en la incapacidad de la sociedad francesa para asimilar la inmigración islámica. Dicho veladamente: para calárselos. Culpables por el asesinato de una docena de caricaturistas son sus provocativas caricaturas y del permanente despliegue del terror islámico los franceses, extraviados en los principios de la ilustración e incapaces de tolerar lo que para la gran periodista Oriana Fallaci era absolutamente intolerable: la insólita, masiva y abusiva invasión de suelo europeo por las huestes islámicas. Atropellando todos los derechos consuetudinarios de una sociedad milenariamente judeo cristiana. Que ahora, en mor de las buenas costumbres, debe aceptar convertirse al Islám.

Más me ha impresionado la columna del ex ministro estrella del gobierno de Sebastián Piñera, Rodrigo Hinzpeter. Si se hubiera  propuesto darle plena razón a mis expectativas sobre la hipocresía del bien pensante, cumplió su cometido a plenitud. Deja al desnudo las secuelas que en el sustrato de la conciencia ciudadana dejara una dictadura que castigó con sangre a quienes quisieron emanciparse de la tutela institucionalizada, procediendo a enseñarle a los chilenos durante diecisiete años cómo debe comportarse un buen ciudadano para no merecer el debido castigo por tomarse demasiado en serio lo expresado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Según mi parecer, el tiempo ha hecho evidente que si la libertad de expresión no se ejerce con delicadeza, si la libertad de expresión se ejerce en forma totalmente fuera de lugar, si ella accede al derecho a burlarse majaderamente, a denostar o insultar; si no se ejerce con respeto, con sentido de responsabilidad y con inteligencia, puede transformarse en un polvorín que amenace seriamente la convivencia social. Creo resueltamente que en la libertad de expresión no hay espacio para la burla insultante, el desafío molesto, el fanfarroneo irritante o el abuso necio.” Ya lo sabemos: más culpable es el mensajero que el mensaje. Valdría recordar el refranero chileno para comprender virtudes y límites de la Libertad de Expresión: “bueno el cilantro, pero no tanto”.

Resuena la brutal amenaza dictatorial: compórtate como es debido, y no tendrás nada que temer. Aprende a administrar tu indignación. No seas necio, doblégate, pasa agachado, dobla la cerviz y no alces la voz. De lo contrario, si insultas, desafías, fanfarroneas o abusas neciamente tendrás que asumir las consecuencias. Incluso fatales, como lo sabemos “majaderamente” de algunos expedientes del pasado. Es claro: periodistas sujetos a ese decálogo de la servidumbre no necesitan un código de resguardo a la libertad de expresión. ¿Para qué lo querrían si se auto reprimen?       

Desde nuestra Caracas, en cambio, espanta la matanza de los periodistas de Charlie Hebdó. Para nosotros, el pan de cada día. El mundo dejó de ser ancho y ajeno para nosotros: ya es tan pequeño como un pañuelo. Ensangrentado.

 

 

 

@sangarccs