• Caracas (Venezuela)

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Francisco Javier Pérez

La Teresa de Juan Ramón (1)

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Nota de vida en la hora de su muerte. Así lo quiere Juan Ramón Jiménez, en ese funesto 1936, cuando sabe que Teresa de la Parra ha muerto ya. Escribe, pues escribir es manifestación vivificadora; gesto que hace existir en la lengua lo que ya no existe. Es tan así, como dice el que tanto sabía decir, que la hace lenguaje y lengua (que es como decir facultad y posibilidad), tanto como lengua y habla (que es como decir sueño y realidad), con apenas una visión una y única, y con más que apenas unas cuantas palabras que dibujan (a lo Mallarmé) la verdad de su palabra terrenal de espacios sin espacio y que hacen sonar (a lo Whitman) la música celeste de su tiempo tan sin tiempo.

La visión primera y única del poeta es la de la muerte misma que lo mira: “Sólo vi una vez a Teresa de la Parra. Vino muy abrigada en pieles, exhalando tibieza retenida; con los ojos azules grises verdes brillándonos transparentemente dulzura y finura. Estaba, ¿cómo decirlo?, «delicada». Su voz envuelta con seda hablada, cerca o lejos, desde la muerte”.  

Texto para el lamento, lo hace lamentando no haberla podido visitar en el sanatorio antituberculoso de la Fuenfría, que había inaugurado Alfonso XIII unos años antes en el agreste paraíso de la sierra de Guadarrama, donde la novelista escribe sin horas ya, como queriendo así ganarle la partida a la fatídica consumación de su vida, su largo y nunca concluido estudio sobre la Emancipación americana, tema siempre tan querido por enigmático y por lúgubre (esa ruptura impostergable que no nos dejó sino el hábito de la ruptura impostergada). Un avance de lo que quería fueron esas preciosas conferencias que fue diciendo en la América tropical (en Cuba y en México como centros de sus operaciones espirituales) para reparar en el papel determinante cumplido por la mujer en el proceso libertario. Ocurre cuando ella, alma profundamente libre, se hunde en la cárcel profundísima de su negra enfermedad: “Yo creía que aquella muerte que hablaba por su vaga voz iba a quedarse en esos desvanes del ser donde todos tenemos siempre tanta muerte, tanto muerto; que las islas mejores de su cuerpo resistirían indefinidamente el asedio de los venenos peores del río de su sangre. No ha sido así. Venció a lo grande bello lo venenoso feo y pequeño, como ocurre tantas veces en la vida”.

Ahora, el escritor entiende que ya ella no está. Se ha ido esta española de tres mundos nacida en Venezuela y vale en su recuerdo por lo que vale su español, el de su voz que ya no está y el de su palabra que estará siempre. Aprovecha, para lograr el boceto de esta personalidad (llama caricaturas a estas nobles páginas), una reflexión que vindica la lengua de Teresa al vindicar la lengua regional de América y de España; la mejor de las lenguas, el sueño de un español sin trabas salido del paraíso mismo del albedrío liberado: “En su expresión poética narrativa se funden lo lírico y lo irónico en una delicada y graciosa lengua natural, suelta airosamente toda traba; uno de esos encantadores españoles que han quedado en tales ciudades de América, como en capitales de provincia de España, paraísos grandes del otro lado del mar, en cuyo color, cuyas horas, cuyos seres yo he soñado desde niño, tal vez más que en los de estos mismos paraísos de la junta España”.

Juan Ramón encuentra allí a Teresa. La encuentra en su lengua, que lo es también la del lírico andaluz; una, caracterizada por el recuerdo, el cariño y el deseo de una España que más que “una” España es todas las Españas en esta o en la otra orilla de la gran España: “Seguramente yo la había conocido, soñando, en algún rincón del Paraíso inmenso español, y gocé oyéndola hablar su lengua fluida, mi lengua una hora del tiempo relativo (aquella hora que pasó seguramente también a nuestro lado, tan suave, tan agradable, tan sencilla) como se goza oyendo a una antigua amiga inolvidable”. La lengua de Teresa y la lengua de Juan Ramón siendo y haciéndose una sola lengua.