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Eduardo Posada Carbó

La Tercera Vía para Colombia

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Parece una respuesta sutil e inteligente a sus críticos. Acusado de “castrochavista” durante las elecciones, el presidente Santos convocó una cumbre de la Tercera Vía, con un grupo notable de líderes mundiales. Ninguno de los panelistas es afín a la revolución bolivariana ni al socialismo del siglo XXI. Representan, en cambio, alternativas de gobierno a los extremos entre la “mano invisible” del mercado y el “paraíso” comunista.

¿Qué tan en serio debe tomarse la propuesta santista? ¿Puede la Tercera Vía ofrecer la receta suficiente a los problemas colombianos? Ante todo, importa advertir el significado simbólico de las figuras congregadas por Santos en Cartagena. Mucho más que Tony Blair, ex primer ministro británico que en su momento lideró la Tercera Vía, o que Bill Clinton y Felipe González, la selección de los invitados latinoamericanos quizás sea más relevante. Regístrese bien la exclusión de los que, de una u otra forma, han expresado cercanías con el ideario del comandante Chávez: Correa, del Ecuador; Morales, de Bolivia; Kirchner, de Argentina. Más simbólica aún es la selección brasileña. No fue Lula, sino Cardoso, quien vino a Cartagena. Era la invitación ajustada. Lula con frecuencia se gana los mayores aplausos por las transformaciones de Brasil. Con sobradas razones: sus éxitos contra la pobreza y la desigualdad son ejemplares para todo gobierno.

Debe reconocerse, sin embargo, que Cardoso sentó las bases para los extraordinarios cambios en Brasil. A sus medidas acertadas debe añadirse su trayectoria intelectual: sus Memorias sobre su “arribo accidentado” al poder pueden ser hoy parte de las lecturas para la reinvención de la Tercera Vía, con los textos de Anthony Giddens. En sus páginas, Cardoso reivindica además el valor fundamental de la moderación.

La otra selección regional es también significativa. Bajo su presidencia, Ricardo Lagos liberó finalmente a Chile de los “enclaves autoritarios” heredados de Pinochet. Sus credenciales socialdemócratas son indisputables.

Críticos y simpatizantes harían bien en tomarse la propuesta santista en serio para conocer el rumbo de su administración. Los analistas, nacionales y extranjeros, podrían revisar el libro que el Presidente publicó en 1999, con Blair como coautor, sobre la Tercera Vía, así como los trabajos de la Fundación Buen Gobierno. Ello no significa sugerir que allí se encuentre la fórmula de solución a todos los problemas. Pero ofrece una ruta contra la exclusión, la pobreza y la desigualdad, que merecen urgente y mayor atención. Su principio central (“tanto mercado como sea posible y tanto Estado como sea necesario”), como lo mostró una encuesta realizada por el sociólogo Daniel Mera, tiene buena acogida entre importantes intelectuales colombianos.

La Tercera Vía para Colombia, sin embargo, exige una dimensión adicional no contemplada en los escritos de Giddens, ni en las Memorias de Cardoso. Pues, además de los serios problemas ya anotados, nuestra Tercera Vía impone superar barreras de sectarismo y polarización, sin cuya solución se alejan las posibilidades de la paz duradera que se discute en La Habana. Existen en la historia intelectual colombiana fuentes de posible inspiración para una Tercera Vía criolla. A quienes insisten en confundir la cultura política nacional con los extremos habría que sugerirles la obra de Carlos Arturo Torres Idola fori (1909), un canto a la moderación que hoy gana actualidad.

La Tercera Vía santista está, por supuesto, abierta a críticas. Pero, pasadas las elecciones, ya es hora de que los críticos de Santos sepan distinguir entre la Tercera Vía y el tal “castrochavismo”.