• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

Tensar la imaginación, no la cuerda

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Apenas estamos en los inicios de un proceso de diálogo en torno al cual hay muchas más interrogantes que certidumbres, en medio del natural escepticismo de quienes ven escasas posibilidades de resultados positivos tanto en lo económico como en lo político. Pese a ello la apuesta sigue siendo la misma: que las diferencias puedan ser procesadas en una mesa y no en un campo de batalla, que seamos capaces de identificar las áreas en las cuales podemos ponernos de acuerdo y aquellas que no permiten ni siquiera tímidos avances.

Es cierto que ver reunidos en torno a una misma mesa al presidente Nicolás Maduro, su equipo político, y al liderazgo más representativo de la oposición ya de por sí significa un resultado positivo. Como también es positivo que continúen las reuniones formales y los contactos informales entre ambos sectores. No estamos ante una construcción sencilla. Hay demasiados factores que perturban, que obstaculizan y hacen lucir cuesta arriba el éxito de un proceso de diálogo en Venezuela. Por eso cada paso, cada tímido avance, cada reunión que culmina con una nueva convocatoria, o con mínimos acuerdos o preacuerdos es motivo para fortalecer el débil optimismo que hay.

Por lo visto, la fase de catarsis que tuvo su escenario formal e inicial en la reunión entre Maduro y el liderazgo opositor no ha culminado y aún está lejos de culminar. Es imposible que culmine así de buenas a primeras. Y ello lo demuestran las declaraciones que de cuando  en cuando surgen de lado y lado.  La propuesta de una Ley de Amnistía ha provocado reacciones duramente adversas entre los familiares y las víctimas de los hechos que rodearon el golpe Estado de abril de 2002.

Ellos tienen sus razones, y  también las tienen quienes exigen que se adopten medidas humanitarias para algunos detenidos. ¿Va a ponérsele fin al diálogo porque no se apruebe la Ley de Amnistía o vamos a trabajar para alcanzar resultados en estos casos  por otros medios? ¿Es imposible que de un proceso de discusión, de negociación –sin el prurito  que de lado y lado produce  el término- surjan fórmulas como ha ocurrido en otras épocas  y circunstancias tanto aquí como en otras latitudes?

Aquí no debemos tensar la cuerda sino tensar la imaginación, forzar la barra para que de este diálogo salgan resultados adicionales al ya importante paso de ver en una misma mesa a los protagonistas de una dura confrontación que ya lleva largos años. Muy bueno que se hayan sentado y se sigan sentando. Pero obviamente hay que ir más allá. 

La violencia y los violentos se debilitan cuando la palabra trae buenas noticias para las grandes mayorías del país, conformadas por personas con pensamiento diverso. Por ejemplo, más ayuda el sistema de justicia buscando salidas jurídicas a numerosos casos de detenidos, procesados y exiliados que ocupándose de interpretaciones al derecho constitucional a la manifestación, las cuales a la larga terminarán siendo sencillamente inaplicables. Un ejemplo, el caso del dirigente sindical de Ferrominera, Rubén González, para quien la luz de la justicia tardó en llegar pero llegó.

Por otra parte, no creo que sea el momento de condicionar la permanencia en el diálogo. Apenas estamos comenzando. Ha sido positivo el apoyo de los cancilleres de Unasur, particularmente los de Colombia, Brasil y Ecuador. En estos procesos tan complejos e incluso frágiles muchos de los logros que se alcanzan nacen más de la capacidad de negociación- y vuelvo con el estigmatizado término-  que de las posiciones terminantes, las cuales, por supuesto, también tienen su momento, cuando se agotan todos los esfuerzos por alcanzar acuerdos. Y no es el caso.

El diálogo sigue siendo, de lejos, la primera y más conveniente de todas las opciones.