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Miguel Ángel Cardozo

Temas de la crisis sanitaria (I): La maldición de nacer

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A sus 17 años, Eva –nombre seleccionado al azar para su empleo en esta narración– no cabía en sí de la felicidad que le producía el tener una relación de pareja estable –de hecho, su primera relación, que a la sazón se aproximaba al primer aniversario–, pero le preocupaba la posibilidad de un inconveniente embarazo que desbaratase los planes que ya había formulado con todo detalle, por lo que –“responsable” (?) como era y en aras de no “disminuir la mutua satisfacción” (?) con el uso del preservativo– tomaba disciplinadamente las pastillas anticonceptivas que le había recomendado su mejor amiga, aunque olvidando un pequeño detalle: que tales fármacos son solo eso, anticonceptivos.

Sí estimado lector, supuso bien; dos años después una incrédula Eva recibía la terrible noticia de que había sido infectada con VIH, sin que otras dos pruebas –en dos laboratorios diferentes– arrojaran un resultado distinto.

Al llanto, la pérdida de su pareja –cuya voz escuchó por última vez al otro lado de la línea telefónica cuando él le dijo que no sabía de qué infección le hablaba y que no lo buscase más– y una larga depresión, siguió una constructiva “reinvención” de sí misma a partir de una enriquecida visión de la vida.

Se sucedieron así los logros personales y profesionales, y hasta la oportunidad de un nuevo amor gracias a un hombre que, pese a la inicial resistencia de Eva –que no soportaba la idea de infectar a cualquier ser humano con el microscópico e indeseado polizón que la había acompañado durante ocho aleccionadores años y que controlaba gracias a su terapia antirretroviral– la hizo entender que con las adecuadas medidas podrían disfrutar de una sexualidad plena.

Eva estaba convencida de que al fin había alcanzado ese estado de dicha que equivocadamente creyó conocer en un lejano pasado, aunque cuatro años de feliz matrimonio no habían minimizado en ella un vacío que no se atrevía a reconocer y mucho menos compartir con su esposo: el vacío de la frustrada maternidad.

Para su asombro y terror, un accidente no detectado materializó sus peores temores al obtener la confirmación de que tenía tres semanas de embarazo, pero al primer impulso de querer interrumpirlo siguió un sopesado análisis –junto a su incondicional compañero– de los verdaderos riesgos de transmisión vertical a la luz de la evidencia disponible y de las recomendaciones proporcionadas por los profesionales consultados, por lo que finalmente decidieron ser parte del milagro del surgimiento de la vida.

El siguiente mes transcurrió sin dificultades, pero pronto sobrevino la angustia a causa de la escasez de antirretrovirales que las autoridades sanitarias venezolanas habían asegurado que no ocurriría y que se tradujo, en medio del desasosiego de la pareja, en la suspensión de la terapia de Eva y en el rápido deterioro de su salud.

Ya avanzado el sexto mes de gestación el matrimonio estaba sumergido en un mar de datos sobre porcentajes de riesgo de transmisión vertical en diversos escenarios, aunque en todos ella solo veía la clara posibilidad de que sobre esa criatura que crecía en su interior –y a la que amaba con todas las fuerzas de su ser– pesara una enorme carga.

Esa fue la razón de que…

―¿La razón de qué? ¿Qué pasó con Eva y con su hijo? –pregunté impaciente cuando la persona que me contó la historia se interrumpió tras el quiebre de su voz.

―Eva, trastornada por la desesperación, se quitó la vida para evitarle a su hijo la maldición de nacer.

No sé si esa historia es real, pero lo cierto es que en esta segunda década del siglo XXI las muertes por VIH/sida y la transmisión vertical de la infección solo sigue siendo un problema en los países más pobres del planeta, en muchos de los cuales sus gobiernos se esfuerzan por hacer frente a la situación con los limitadísimos recursos a su alcance y a través de un fructífero trabajo colaborativo con organizaciones internacionales –como la Organización Mundial de la Salud–.

En ese contexto Venezuela constituye una excepcionalidad, por cuanto es un país en el que, pese a haber ingresado la astronómica fortuna de 2 billones de dólares en los últimos quince años, son hoy numerosos los casos de personas que viven con VIH que han entrado en etapa sida por no disponer de una sencilla terapia antirretroviral, sin contar las defunciones por esa causa.

Y lo más grave es que en el país no son pocas las mujeres infectadas y embarazadas que sufren lo indecible por el incremento del riesgo de transmisión del virus a inocentes seres cuyo Estado les niega, antes de nacer, su sagrado derecho a la salud.

Son casos de muertes e infecciones evitables por los que algún día –y ante una saneada justicia– muchos tendrán que responder.

 

* Profesor de postgrado de la UCAB e investigador.

 

** Doctorando en Gestión de Investigación y Desarrollo, UCV. Especialista y magíster en Gerencia de Servicios Asistenciales en Salud, UCAB. Odontólogo, UCV.

 

@MiguelCardozoM