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Rodolfo Izaguirre

Teléfonos

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Hubo un momento, antes de la creación de la Escuela de Letras de la Universidad Central, en el que la gran mayoría de mis amigos poetas se vieron obligados, a falta de otra opción, a inscribirse en la Facultad de Derecho, cursar estudios y graduarse para no ejercer nunca la profesión. Yo elegí La Sorbona para desertar y agraviar a mi familia al preferir el cine antes que las leyes. En Caracas, en el primer año de Derecho, tuve como amigo y condiscípulo a un muchacho ciego de nacimiento. Me interesé en él ya que también se decía poeta; pero me desencantaron sus versos porque eran convencionales: parecían escritos por un vidente y no como alguien forzado a inventar colores, luces y resplandores. Era un alumno ejemplar y, por lo tanto, odiado por todos. Obtenía notas sobresalientes en los exámenes, lo que despertó sospechas en el curso y pronto corrió el rumor de que con el pretexto del sistema Braille de lectura y escritura táctil se copiaba en los exámenes.

Una mañana cuando se ausentó momentáneamente del aula, le sustrajeron los apuntes y con el borde de un peine los alisaron, esto es, “plancharon” a Louis Braille. Cuando el ciego quiso leerlos encontró aquellos textos tan lisos como el mármol de angustia y furor que se apoderó de él durante semanas. Refiriéndose a los apuntes me dijo entre gemidos: “¡Esto, no se hace! ¡Sin ellos, me siento desnudo!”.

Algo así me dijo Adriano González León cuando en el baño turco perdió para siempre su agenda telefónica. Perderla significó para él una especie de catástrofe, de cataclismo: un tsunami incalificable que lo dejó a la intemperie, desasistido y desamparado como un damnificado en cualquier hora bolivariana.

¡Entiendo que el teléfono es un invento extraordinario! Se sabe también que no fue Alexander Graham Bell su inventor sino Antonio Meucci quien en 1860 sacó a la luz un artefacto llamado “teletrófono”, pero su celebridad se extravió debido a las maquinaciones leguleyas de Graham Bell; pero le agradezco a Alexander que se haya ocupado en su momento de nosotros los sordos llamados hoy con eufemística elegancia: “hipoacústicos”. Cuando Gilia Polo, un familiar mío muy querido, me explicó con apacible y dulce afecto que no soy sordo sino hipoacústico me asomé a la ventana que da a la calle y grité emocionado: “Hipoacústicos de todos los países, ¡uníos!”.

¡Pero Adriano no quedó sordo! Simplemente no supo qué hacer con su alma cuando perdió la agenda porque la extensa superficie de su vida afectiva, de relaciones y comunicaciones de diversa índole o interés se asentaba en el teléfono. Cada vez que uno volteaba a verlo, estaba rindiendo homenaje no al pobre de Antonio Meucci sino a Graham Bell y en el baño turco había anotado a lápiz sobre la pared y cerca del teléfono los nombres y números de sus amistades y en clave secreta los de las chicas. Aquel recodo en el pasillo era su “oficina”; y el teléfono, el vehículo ideal para negociar artículos, publicaciones, conferencias; acuerdos políticos y muy particularmente para concertar citas y encuentros amorosos.

Pero un día funesto, como suelen serlo en las óperas de Verdi, el dueño de los baños turcos mandó a pintar las instalaciones y la agenda de Adriano desapareció bajo una verde capa de pintura. Fue entonces cuando el autor de Las hogueras más altas y País portátil sintió que algo inherente a su espíritu comunicacional y a su propia razón de ser se había desvanecido. Consternado, vio que su vida telefónica ya no estaba allí. Abrió los brazos como si crucificara su propia alma y la toalla que cubría sus partes cayó al suelo; me miró y dijo con profundo desconsuelo: “¡Sin los teléfonos me siento como un chino en pelotas!”.