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Ramón Hernández

El Tejado Roto
Indefiniciones y miedos

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La Real Academia Española ha dado un giro, pero no me atrevo a calificarlo de radical. Mientras se mantiene pragmática y dogmáticamente firme en algunas definiciones, en otras no solo se le puede considerar vacilante y hasta alcahueta, sino también dispuesta a recular para no ir a una guerra por un fonema, un sintagma o un verbo irregular.

Modosita ha reconocido que su “sugerencia” de eliminarle la tilde a “solo” cuando funciona como adverbio no fue bien recibida por los súbditos. Antes había admitido, y no precisamente por presiones de los bartenders, que su cambio de la grafía de “whisky” por “güisqui” había sido una verdadera calamidad y que se avenía a una modalidad intermedia: “wisky”. Aceptó todas las otras letras del inglés menos la “h”, quizás por su condición de muda. ¿Se aprovechó de esta discapacidad para excluirla, discriminarla?

En cambio, esa supuesta liberalidad y apertura no está presente en la definición de la palabra “oclocracia”, que a pesar de la inmensa cantidad de agua que ha pasado por debajo de los puentes de la península ibérica y de América se mantiene inalterable: «Gobierno de la muchedumbre o de la plebe». Se desentiende de que desde los tiempos de la civilización griega a esta parte se han dado gobiernos que sin ser de “muchedumbres” –sino de “camarillas– ni de “plebeyos” –sino de “ignaros”– se han obtenido resultados similares: caída de la producción, escasez, inflación, corrupción desenfrenada, represión salvaje, manipulación informativa, culto a la personalidad y herejías tales como la deificación o divinización de dirigentes y la alteración en su favor de los rezos cristianos.

La RAE también se desentiende de aplicar esa definición a los modos de gobierno de constitución mixta –cívico-militar, militar-cívico, marxistoide-babalawos, bolichicos-contrabandistas, camarilla-partido único y demás mejunjes posibles– que en esencia desprecian tanto a las muchedumbres como a la versión contemporánea y republicana de la plebe, los pobres –de solemnidad y los otros–, pero que se presentan como “el pueblo” y que llegan al extremo demencial de decretar que fulano de tal “es pueblo”.

Comprendemos las ocupaciones y limitaciones del capítulo venezolano de la RAE para investigar a fondo el asunto y elevar una propuesta de definición cónsona con la circunstancia y aplicación de la palabra oclocracia, una calamidad que los hombres que se decían seguidores de Juan Crisóstomo Falcón y de Ezequiel Zamora estuvieron a punto de concretar en el siglo XIX con la definición que, por Dios, aparecerá en la edición XXIII del diccionario de la Real Academia. El Ilustre Americano Antonio Guzmán Blanco dio la cara entonces y evitó males mayores. Ojalá ahora tengamos más suerte. Remato Libro gordo de Petete, la enciclopedia de los momios con poder.

@ramonhernandezg