• Caracas (Venezuela)

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Carlos Paolillo

Teatro y cuerpo

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Eduardo Gil fue un hombre del teatro, las letras y también el cuerpo.

Sus casi 71 años de vida representan un ciclo existencial en el que a partir de ahora habría que abundar a fin de  determinar los verdaderos alcances de su legado.

Se reconoce en Gil a un inquieto investigador del hecho teatral en sus dimensiones más vanguardistas y experimentales, así como un esclarecedor de sus primeras realidades en el contexto venezolano. El medio universitario fue el ámbito posible en el que el joven actor y luego incipiente director de apariencia circunspecta comenzaría a mostrar las evidencias de su espíritu transgresor de las convenciones en la escena.
La conmoción política de los años sesenta y su efervescencia dentro de la educación superior pública signó la orientación del Teatro Universitario de la UCV de la época, bastión crítico y reflexivo sobre los desequilibrios sociales y el ejercicio del poder. A esta agrupación perteneció Gil, en lo que fue una incursión determinante en sus visiones futuras sobre la teatralidad necesaria.

Sus tiempos posteriores de becario en la Universidad de Nancy, Francia, potenciaron su interés por la investigación escénica, ahondando en el conocimiento de los conceptos y las técnicas de base de las tendencias imperantes en Europa, que redescubrían al cuerpo expresivo  como genuino centro de una experiencia teatral alternativa.

El Taller de Teatro de la Escuela de Letras de la UCV, a través del cual Gil se proponía generar articulaciones entre las investigaciones teatrales y literarias, y El Taller 1, mediante el cual proponía procesos de investigación dramática para ese momento inéditos, contribuyeron a señalar rumbos por transitar para las artes escénicas nacionales, no solo al teatro sino también a la danza, que dentro del recinto universitario, durante los primeros años setenta, comenzaba a propiciar iniciativas de arriesgado carácter experimental. Igualmente, la fundación del Taller Experimental de Teatro representó una iniciativa crucial.

La preocupación de Gil por la indagación del cuerpo fue callada pero sistemática. Buscó teorizar sobre esta materia que, mayormente, era abordada desde la praxis técnica y formalista. Pretendía hurgar en aspectos emocionales detonantes de acciones teatrales extremas, propiciando el surgimiento de estéticas no convencionales desde los confines más oscuros y las situaciones más complejas.

Esta inquietud lo condujo hacia el estudio del movimiento más allá de las consideraciones artísticas, vinculándolo con exploraciones terapéuticas, llegando a formular tesis propias sobre la psicomotricidad y la expresión corporal y desempeñándose como docente en estas áreas.
El libro Poética del movimiento (UCV, 1999), compendio de las sesiones de trabajo de un seminario que abordó este tema, organizado por Gil, ha quedado como testimonio de su énfasis permanente en el cuerpo vital. Se trata de un texto de quizás no fácil aproximación por las múltiples aristas que ofrece, resultado de las numerosas y disímiles voces que ese encuentro convocó. Desde  Sonia Sanoja, Carlos Orta y Hercilia López, creadores notables de la danza, hasta María Fernanda Palacios, Óscar Lucien y Michaelle Ascencio, figuras cimeras de la poesía, la comunicación y la antropología.

Eduardo Gil buscó el concierto entre tanta diversidad.