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Alberto Soria

Tatuaje imborrable

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La necesidad y el hambre están separadas por una frontera teórica que cuando se cruza, se recordará después durante toda la vida. “Tiene algo de estigma, de tatuaje imborrable”, sostiene el maestro español Vilabella.

Y se explica: “Yo estuve en la cola del aceite con mi madre, que llevaba una cartilla grisácea de la que se cortaban los cupones correspondientes, y todavía, después de setenta años, lo tengo metido en la memoria y aparecen a veces, sin ningún motivo aparente, algunas esquirlas de aquella tristeza antigua”.

Según otros testimonios, así de larga es la memoria del estómago.

 

I       

La sociedad moderna trabaja desde hace 30 años en la venta de silueta tipo spaghetti asociada a la alegría. Si gordo, te ves mal. Si flaco, tipo Biafra o la citada pasta italiana, eres feliz.

Como no todo el mundo entiende el mensaje, los ideólogos pasan apuros. Por eso están pensando en poner censores que bloqueen en todos los medios, consignas que atenten contra el ideal de felicidad.

Por ejemplo, que tachen la palabra “escasez” y la sustituyan por “abundancia”. Que borren con pintura fresca todo grafiti donde se incite al consumo de cosas que engordan, como harina, aceite, azúcar, leche, carne, caraotas, mantequilla, quesos, pan o galletitas.

Cuando los expertos en abundancia ya habían girado las instrucciones y enmendado el diccionario, surgió otro problema más difícil. En Venezuela le llaman “colas”. Pero doctores en semiología, como el ilustre pensador independiente Ramonet, lo tachó. El nombre correcto es “tiempo de espera”. Y, como se sabe, por todo hay que esperar en esta vida.

 

II

El problema con “el tiempo de espera” es que cae mal.  Psicológicamente mal. Al que quiere comprar, al comensal, al trabajador, al universitario, a la doñita. Por motivos que aún la ciencia no ha querido explicar en frases cultas, la cola convierte las ganas en malestar. El deseo en furia. Y todo eso, con memoria.

En la semiología doctrinaria se sugiere enseñar a la gente “en tiempo de espera” a pensar en lo bien que se ve. En cómo representa la silueta del futuro. En ese ejercicio de imaginación, quienes rompen el juego son las abuelas. Ellas, que aprendieron a combatir la escasez con imaginación, y el desánimo con cuchara y tenedor, están en otra cosa. Quizás, tatuando el mañana.