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Gustavo Roosen

Tarjeta al árbitro

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La atención al fútbol sirve para entusiasmar y distraer, pero también para recordar algunos principios perfectamente aplicables a los campos de la convivencia social, las instituciones, el trabajo y la productividad. Tomemos solo el caso de la inamovilidad laboral y evidenciaremos cómo se justifica más de una tarjeta, incluida al árbitro.

Un reciente estudio de opinión arroja un sorprendente resultado: 82% de la población está en desacuerdo con la inamovilidad laboral para quien no asiste al trabajo. Mayor sorpresa aun: casi no hay diferencia en el grado de desacuerdo al segmentar los datos por clases sociales o por posiciones políticas. ¿Revela el resultado una acendrada cultura de trabajo? Probablemente no. Se diría incluso que choca con la conclusión de otros estudios, también recientes, que muestran baja motivación al logro a través del trabajo o preferencia de las relaciones solidarias sobre las productivas. ¿Cómo se entiende entonces? Una posibilidad de explicación es presumir que los que sí trabajan, que son la mayoría, se sienten afectados por quienes, abusando de sus derechos laborales, no lo hacen. No solo consideran que tienen que suplir la ausencia de los otros, sino que perciben que alguien gana sin trabajar. Como en el fútbol, la ausencia de uno –por expulsión o por desidia– la paga el equipo.

Volviendo al símil, la regla maestra en el fútbol es la autoridad del árbitro y su imparcialidad. El reglamento debe ser cumplido. Las decisiones arbitrales –para ser eficientes– deben ser imparciales, inmediatas y ajustadas al reglamento. Desde esta perspectiva no resulta fácil entender en el terreno laboral fenómenos como la acumulación de calificaciones de despido que reposan en las inspectorías de trabajo. Son tantas que no puede sino presumirse una abierta intención de retrasar las decisiones y entorpecer la oportuna aplicación de una ley inspirada en la protección del trabajador pero convertida en burladero para el incumplimiento de las obligaciones laborales. La inacción del árbitro o su desinterés para procesar los reclamos favorecen el ausentismo, minan la cultura del trabajo, contribuyen al caos y abren otro espacio a la impunidad, además de generar un demoledor efecto sobre la producción, la productividad y los costos.

El estímulo al ausentismo laboral provocado por la negligencia o la parcialidad en el aplicación de las normas solo puede conducir, como está ocurriendo tanto en el sector público como en el privado, a la agudización de los conflictos, al relajamiento de la conducta en el sitio de trabajo y, en definitiva, a una creciente pérdida de productividad, que afecta la economía en términos generales y de manera muy directa al consumidor. Además del ausentismo la inamovilidad ha alimentado la permisividad en el trabajo. Si no hay rigor para los ausentes, tampoco para los presentes. El cumplimiento en el trabajo va perdiendo valor. La responsabilidad laboral se relaja. El árbitro hace la vista gorda a las infracciones, a la simulación, al juego adelantado.

Alentar el ausentismo o la negligencia contradice de manera franca tanto el discurso del combate a la corrupción como el de la búsqueda de la eficiencia, asumidos ahora, tardíamente, por algunas altas autoridades. Contradice también el fin último de las instituciones públicas y de las empresas, que no es otro que la generación de bienes y servicios de calidad para los ciudadanos. De hecho, consagrar la impunidad para el incumplimiento de las obligaciones laborales es autorizar una forma de corrupción y debilitar la gestión de la empresa o de la institución.

En las relaciones laborales como en el fútbol la clave para ordenar el juego está en la correcta, imparcial y oportuna aplicación de la ley. Las consecuencias de su incumplimiento comprometen seriamente las relaciones entre los actores y atentan contra la productividad de los equipos. No se trata siquiera de proponer una revisión del reglamento sino simplemente su cumplimiento. En materia laboral el árbitro se ha ganado una tarjeta.

 

nesoor10@gmail.com