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Rodolfo Izaguirre

Tararear

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Después del estrepitoso fracaso de unas películas iniciales que nada bueno presagiaban para su autor, el francés Claude Lelouch (1937) alcanzó, sin embargo, notoriedad mundial en 1966 con un film muy popular cuyo título: Un homme et une femme anunciaba el universo temático de algunos de sus filmes posteriores. Uno de ellos, L’aventure c’est l’aventure, volvió a situarlo en un punto muy alto de la celebridad mundial.

Un hombre y una mujer ganó la Palma de Oro en Cannes y el Oscar a la mejor película extranjera. Fueron muchos los críticos que consideraron que más que un asunto de amores entre un hombre y una mujer se trataba más bien de un affaire entre un Mustang rojo y un Mustang blanco por la excesiva presencia de estos automóviles que no perdían la ocasión de mostrar el nombre de Ford con ostensible desvergüenza.

El éxito de la película resultó asombroso y los Mustang comenzaron a venderse muy caros como las aventureras de los quejumbrosos y trasnochados boleros de Agustín Lara. Mi hermano Omar fue de los primeros en comprarse uno, y al volante se pavoneaba recorriendo la urbanización donde vivía. Hasta ese momento a mi hermano se le conocía y se le respetaba como el Señor Omar; pero pasó a llamarse “el señor del Mustang rojo”.

¡Resultaba inconcebible, pero había que rendirse a la globalización y a la certera afirmación de nuestras abuelas de que “¡el mundo es como un pañuelo, mijito!”, porque, no obstante las nueve horas de distancia en avión, con un océano de por medio y desde otro idioma, aquel cineasta de 29 años llamado Lelouch hizo que en Caracas mi hermano perdiera su identidad y, lo peor: sin saber ninguno de los dos que décadas más tarde la propia república venezolana acuñaría el calificativo de ”bolivariana” para comenzar a perder la suya al cubanizarse.

Yo escribía asiduamente sobre cine en El Nacional y comenté en su momento la frescura y el encantador desparpajo de Un hombre y una mujer; el manejo de la cámara y las actuaciones de Anouk Aimée y Jean-Louis Trintignant. A la gente le gustaba la pegajosa canción tema del film y la cantaban a su manera: tarareándola: ¡Ta ra rara rán; tara rara rán, ta ra ra rá rararán!

¡Por lo general, los octogenarios no cantamos sino que tarareamos! Es lo que hacemos cuando se esconden de nosotros las letras de los boleros: “Voy por la vereda tropical... tara rara rararán...”. “Soy prisionero del ritmo del mar, de un deseo infinito de... tararí tara rán”. Ibsen Martínez ha confesado que profesa en el grupo de los que prefieren las óperas que puedan tararearse; quiso decir: las de Verdi, en primer término; luego las de Puccini, y particularmente las de Gioacchino Rossini por el grado de dificultad vocal que presentan sus obras. Un pariente mío, sin embargo, va más allá y, en lugar de tararearlas, las silba.

Se la pasa molestando a todo el mundo silbando arias completas del Nabucco y se sabe las de Rigoletto, Traviata y Aída. Ya a las 6:00 de la mañana, al despertar, se siente Radamés victorioso ante la puerta de Tebas y comienza a silbar la marcha triunfal; pero, desde luego, no se atreve para nada con El oro del Rin o con El ocaso de los dioses de Wagner y mucho menos con el Wozzeck para no mencionar a la Lulú también de Alban Berg. Es tan odiosa su echonería que en lugar de gritar: “Uh, ah, Chávez no se va”, lo silba.

Se molestó mucho una lectora que después de visionar el film de Lelouch, conmovida por las aventuras de sus protagonistas y sin hacer mención de los Mustang que disolvieron la identidad de mi hermano, teléfoneó para que le dijese cuál era la letra de la canción de la película. “Tome lápiz y papel –le dije–, y anote: ¡Tara rara rán, ta rara rán...!”.