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Eduardo Mayobre

Tancredo Neves

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El 14 de marzo de 1985, un día antes de su toma de posesión como presidente de Brasil, Tancredo Neves se sintió mal y debió ser hospitalizado. No pudo asistir a la ceremonia, en la cual sí asumió José Sarney su investidura de vicepresidente. Después de 37 días de hospitalización, tras sufrir varias intervenciones quirúrgicas y padecer diversas infecciones, el presidente electo murió el 21 de abril de ese año sin asumir su cargo.

Tancredo Neves era el primer mandatario civil elegido, después una etapa de gobiernos militares que había durado 21 años, iniciada en 1964 tras el derrocamiento, mediante un golpe de Estado, del gobierno constitucional de Joao Goulart. Su elección y futura presidencia significaban el retorno a la democracia, tras una corta etapa de apertura. Él habría querido ser elegido por el pueblo y había sido uno de lo líderes del movimiento ¡Directas Ya! que exigía el voto popular. Éste no tuvo éxito y la elección la realizó el Congreso. A pesar de ello, se impuso por una amplia mayoría, porque el sentimiento democrático resultaba abrumador, tal como había sucedido en Argentina 2 años antes.

El presidente fallecido era un político experimentado. Había sido legislador electo en todos los niveles de gobierno, y en 1953 Getulio Vargas lo nombró ministro de Justicia. Luego fue elegido gobernador de su estado natal y durante un año (1961-1962) primer ministro con el presidente Goulart. Durante el régimen militar fue un opositor activo como militante de su partido y cuando comenzó la apertura fue elegido senador y nuevamente gobernador.

Esta evocación de la enfermedad, hospitalización y muerte del presidente electo no tiene, en ningún caso, el propósito de hacer analogías o alusiones en relación con la situación actual que vive Venezuela, cuyo desenlace aún no se conoce ni nadie puede conocer. Se trata de situaciones muy diferentes. En Brasil se vivía una transición tutelada desde una larga dictadura hacia la democracia, con un nuevo presidente, y había una clara línea de sucesión, porque el vicepresidente había sido elegido de la misma manera que el presidente. De hecho, Sarney ejerció el mando durante todo el período de gobierno sin que nadie cuestionara su legitimidad. En nuestro caso, tenemos la enfermedad de un Presidente que ha sido reelegido por voto popular dentro de una tradición democrática. Tampoco el relato pretende entrar en las disputas sobre los problemas constitucionales que pudieran presentarse en caso de una evolución negativa de la enfermedad del Presidente y sobre la eventualidad de nuevas elecciones.

Traigo el caso a colación porque sí hay una similitud significativa. En ambos casos, durante el período de gravedad del presidente electo el sentimiento dominante ha sido el mismo: incertidumbre. La ola de rumores sobre la salud del presidente electo, que impide creer cualquiera de ellos; las especulaciones sobre las intenciones de los sucesores; las dudas sobre las reacciones de las fuerzas armadas; las predicciones sobre las consecuencias de cada una de las situaciones posibles, acarrean desasosiego en la población y difunden la sensación de falta de gobierno.

Una ilustración de lo anterior es un recuerdo personal relacionado con los días de hospitalización de Neves. Asistía, en República Dominicana, a una reunión de muy alto nivel del llamado Consenso de Cartagena, relativa a la posición de América Latina sobre la deuda externa, que era entonces el mayor problema que agobiaba a sus gobiernos. La posición de Brasil resultaba clave, por razones obvias.

Sin embargo, la delegación brasileña, que siempre se ha distinguido por el profesionalismo de sus representantes y la coherencia de sus posiciones, no sabía qué hacer. A medida que llegaban los rumores, optaba a veces por el silencio; otras, por la ausencia de sus jefes, y en ocasiones, por formular propuestas disparatadas. Hasta que por fin desaparecieron todos, excepto un pobre muchacho de bajo nivel jerárquico y nula representatividad que intentaba, sin éxito, hacer o decir algo cuando era requerido. La falta de un gobierno efectivo y la incertidumbre respecto a las repercusiones que pudiera tener lo que pasara, incluso en sus carreras personales, había creado una desbandada entre esos respetables funcionarios de la cancillería, del ministerio de hacienda y del banco central.

El recuerdo me lleva a la presunción de que si la incertidumbre se prolonga entre nosotros pudiera provocar estragos parecidos, no sólo en el Gobierno sino en la población y en los diferentes grupos que forman nuestro tejido social y económico. Peor aún en el caso de que la reacción ante la incertidumbre sea la agresividad.