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Juan Barreto

Tahúres de Poker

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El horizonte de la política, con P mayúscula, encuentra en la ética su lugar central. La ética es también una sensibilidad que demanda la revisión continua de los sujetos parlantes, sus prácticas y juegos de lenguaje que dan fruto a las interacciones discursivas que justifican la naturaleza última de los acuerdos. En este sentido, Ernesto Laclau se pregunta: “¿Por qué las acciones sociales, para que sean legítimas, deben ser siempre concebidas de manera que a todas luces se presenten, en términos racionales, como solución a demandas, como realización de las aspiraciones colectivas, como finalización de un conflicto o como abolición de los particularismos en función de una nueva totalidad?”.

Según Julia Barragán no podemos alcanzar arreglos institucionales normativos estables sin, precisamente, asumir el acatamiento a una autoridad normativa común. Esto supone obedecer a las restricciones del comportamiento que imponen ciertas reglas racionales libremente asumidas por los distintos actores y sus intereses en pugna (lo llama paradoja de la autoridad).

Cuando tales razones no existen y priva el interés personal o grupal, con arreglo a fines pragmáticos, entonces sobreviene el surgimiento de normas alternas y encubiertas que convierten a los acuerdos en meros esqueletos vaciados de órganos y carne. La Teoría de la Decisión llama la atención sobre el uso de “caminos verdes” distintos al común acuerdo cristalino, en el sentido de dar una respuesta adecuada a la pregunta: ¿por qué la necesidad de una autoridad, unos acuerdos y una justificación ético normativa para orientar con éxito la acción?

La actitud complaciente de los medios no logra enmascarar el escándalo bochornoso en el que ha concluido la llamada “Mesa de la Unidad” (léase MUD). Basta con contemplar su puesta en escena para percatarnos de que estamos en presencia de lo que sería el mejor ejemplo de la relativización de la exigencia ética como base de cualquier acuerdo normativo.

Allí no cuentan, como diría el filósofo francés, Gilles Lipovetsky, con un “Ombudsman ético-político”, que garantice y sancione, dentro de un clima de confianza, el cumplimiento del contrato social, base de los acuerdos que asegure los objetivos futuros a partir de la “fidelidad de marca y la lealtad de los clientes”, utilizando términos de mercadotécnica, que tanto gustan a la derecha.

El protagonismo inspirado, en el mejor de los casos, en “el individualismo liberal responsable”, soslaya la necesaria confianza mutua entre grupúsculos y tendencias, lo cual convierte cualquier reunión por la “unidad” en un lugar para el cálculo mezquino, y de allí en un encuentro entre Tahúres de Póker, los que además, no conformes con defraudar la confianza colectiva de un sector de la población, declaran ante los medios sin el menor rubor.

Sin programa, sin proyecto y sin liderazgos claros, todo finalmente queda sometido al devenir de los caprichos, apetencias y ambiciones de unos cuantos o a la adhesión personal y tendenciosa a una u otra figura con vocación de poder. Términos como acatamiento, compromiso, disciplina, lealtad, solidaridad, intereses comunes, valores compartidos, desaparecieron del diccionario político opositor.

Queda de bulto entonces la Razón Instrumental que orienta la acción de este sector político (la cuota de poder). “Nada personal, negocios”, diría Al Capone desde su elegante ética mafiosa, mientras con una sonrisa y un bate en sus dos manos, machaca la cabeza de sus socios… Tranquilos, la cámara apunta hacia otro lado. Así desaparecieron a los Carmona Estanga, a los Carlos Ortegas. No me sorprendería que pase lo mismo con las caras jóvenes de la vieja burguesía parasitaria. El fascismo siempre buscará la manera de actualizar su presencia, de retornar, de metamorfosear su discurso.