• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

Sustentarse en el aire

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Cuando asisto a las presentaciones de libros, exposiciones y conferencias, o cada vez que acudo a las reuniones periódicas del Consejo Consultivo Cultural de El Nacional, encuentro en todas ellas una fuerte corriente de oxígeno que necesito para sobrevivir al narcoestado venezolano que chapotea y se ahoga en el pantano de una mediocridad impuesta desde la cúpula militar, pero que se arrastra por los salones y pasillos de Miraflores desde donde vocifera y se confunde en su propio adocenamiento y limitaciones. Un aire que de alguna manera proviene, sin lugar a dudas, de aquella cuarta república que insiste en mantener vivas, en muchos de nosotros, una libertad de ideas y movimientos culturales que respirábamos sin temor a contaminarnos con los bacilos del miedo, el desprecio, la inseguridad y los rencores sociales desatados por el extinto Hugo Chávez, culpable de la ruina en que se encuentra el país.

Ese es el aire que anhelo respirar y no el ozono que pretende “fortalecer” mi respiración y por el que se canceló un impuesto antes de que comenzara a propagarse en el aeropuerto de Maiquetía.

El aire es soplo vital, creación, aliento; pero también es palabra, es viento y permanece asociado a los perfumes y al olor. “Algo está podrido en Dinamarca”, observó Hamlet solo para que Shakespeare no evidenciara que lo podrido se encontraba precisamente en su propia tierra inglesa. Nosotros padecemos aire podrido no solo en los contenedores de alimentos, sino en la descompuesta y enrarecida hora militar venezolana.

Para Nietzsche, dice Gaston Bachelard, citado por Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de Símbolos, el aire es una especie de materia superada, adelgazada como la materia misma de nuestra libertad y dice también que la marca verdadera de lo aéreo se funda en la desmaterialización combinándose estrechamente con el sentimiento de lo aéreo, las sensaciones, recuerdos o ideas del frío, del calor, de lo seco y de lo húmedo; de los factores ambientales y climáticos. Es más: para Nietzsche el aire debe ser frío y agresivo, el aire de las cumbres.

Lo que deseo respirar no es el ozono del aeropuerto sino ¡el aire de la libertad! Expresar mi disidencia con hechos y palabras: disentir sin temor a ser enjuiciado por un régimen que considera héroes y patriotas a presuntos traficantes de drogas. Anhelo poder decirle a la Patria que está actuando de manera deshonesta dejándose halagar por quienes, al exaltarla y cobijarse en ella, perpetran los peores crímenes invocando su nombre.

Coloquialmente, “guardarle el aire”, “sustentarse del aire” significa confiarse en esperanzas vanas. El país, en la hora actual, sabe que ya no puede seguir sustentándose del aire, confiando en la vana esperanza de ver surgir, al menos dentro del espacio venezolano, al “hombre nuevo” cuya estimulante presencia ha sido reiterada por igual por el socialismo soviético y por el socialismo bolivariano. Hay quienes creen en ese mítico hombre nuevo, pero a condición de que se muestre también a la “mujer nueva”. Sin ella, recelan una oferta engañosa. Por otra parte, hay quienes aseguran que el “hombre nuevo” es el mismo hombre de siempre, abrumado por el angustioso peso de la vida y el exceso de penurias e incertidumbres.

Es el aire de Nietzsche el que deseo respirar, el de las cumbres, el que se remueve en las páginas de los libros; la brisa que mueve las ramas de los árboles; el aire que antes recorría las calles y avenidas, y entraba a nuestras casas sin atropellar; que suavizaba y perfumaba las palabras con su aliento: esas mismas palabras que escucho en las galerías de arte y en las conferencias a las que asisto cuando me es dado; el aire que respiraba Paul Eluard cuando escribió el poema Escribo tu nombre:“En las páginas leídas/ en las páginas vírgenes/ en la piedra la sangre y las cenizas/ escribo tu nombre... Y por el poder de una palabra/ vuelvo a vivir/ nací para conocerte/ para cantarte/ Libertad”.