• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

José Rafael Herrera

Surrealismo en la academia

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Dadaísmo fue el nombre que recibió el movimiento estético-literario de naturaleza surrealista nacido bajo los tenues faroles del Cabaret Voltaire, en Zurich, entre los años 1916 y 1922. Sus fundadores, artistas refugiados en aquella ciudad durante la Primera Guerra Mundial, fueron los rumanos Tristán Tzara y Marcel Jank, los alemanes Hugo Ball, Hans Richter y Richard Huelsenbek y el germano-francés Jean Arp. La primera muestra del llamado Dadá fue una exposición de pinturas y esculturas acompañada de la lectura de poemas y de canciones francesas y alemanas, con música rusa y africana de fondo. Pronto vino la publicación del primer –y quizá el menos acabado, pero tal vez el más auténtico– Manifiesto dadaísta, bajo el título de Cabaret Voltaire, con textos de Guillaume Apollinaire, Filippo Marinetti, Pablo Picasso, Amedeo Modigliani y Vasili Kandinsky. La portada del Manifiesto muestra una ilustración de Jean Arp.

El ímpetu del mensaje dadaísta, similar al de un río de fuego, se hizo cada vez más extenso, al punto de alcanzar repercusiones en, prácticamente, todos los ámbitos artísticos, intelectuales, académicos e, incluso, políticos. En Alemania encontró adeptos entre los miembros de la Liga Espartaquista, fundada por Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg y Clara Zetkin. En Francia fue acogido por André Breton y Louis Aragón. En Italia, por Giuseppe Ungaretti. Había comenzado una auténtica revolución espiritual, que se extendía por el mundo como la chispa sobre la paja seca.

Suele decirse que el dadaísmo fue una simple sucesión de palabras y sonidos a los cuales difícilmente se les pueda encontrar algún significado preciso dentro de la lógica discursiva del sentido común. Y tal vez así sea. Se afirma que Tristán Tzara tomó un diccionario, lo puso encima de su escritorio, buscó al azar la palabra más rara y desconocida y encontró Dadà, que significa “caballo de madera” en francés. Pero, más allá o más acá de lo anecdótico, el Dadá se propuso, deliberadamente, ser auténtico, diverso, dudoso y, sobre todo, negativo, es decir, crítico en el sentido más enfático del término. Su contribución histórica fue la de producir una renovación del ser, un sacudón en todos los ámbitos de la sociedad, mediante el uso de estructuras, hasta entonces, no relacionadas entre sí. Su talante es autonomista y sus manifestaciones provocadoras. Se trata de una revolución contra el prejuicio y la superstición, contra lo tácito y lo sobrentendido, que llegó a cuestionar hasta el extremo la existencia de normas en y para las artes, la literatura, la ciencia y, a fin de cuentas, la vida toda.

El surrealismo dadaísta se presenta, pues, como una Weltanschaung total, como una forma de ser, de pensar y decir, cuyo sustento es el rechazo absoluto de todo lo tradicional. El suyo es el inalienable derecho universal de decir que no. En el fondo, se propuso ser la negación determinada del dogma, del precepto o de la rigidez, en todos los ámbitos del saber. Se trata de combatir todo aquello que se empeña en ponerle límites a la libre y decidida creación del espíritu. Nada ni nadie deja de ser objeto de estudio y revisión. Nada ni nadie queda a salvo y todo está en discusión. Para el Dadaísmo, el arte es acción y, por ello mismo, las fronteras entre arte y vida deben ser abolidas.

No es obra del acaso el hecho de que Carlos Raúl Villanueva escogiera una monumental escultura de Jean Arp, quien como ya se ha indicado fue uno de los padres fundadores del movimiento Dadá, para colocarla justo en frente de la entrada principal del Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela. La obra en cuestión es el conocido Pastor de Nubes. No hay egresado ucevista que, después de recibir su título en el Aula Magna, pierda la oportunidad de preservar el recuerdo del importante momento fotografiándose, junto con sus padres, familiares o amistades, al lado del imperturbable gigante de gruesa contextura, metálico, dorado y de indeterminada fisonomía, que “pastorea” en el claro de la Plaza Cubierta, al lado de la fuente, como si quisiera tener por testigos del momento crucial de su rebaño a los cuatro elementos que lo circundan: el fuego –la luz– del saber; el aire –la brisa– del tiempo presente; el agua –la fuente– del frescor juvenil; la tierra –la Plaza– del espacio por construir.

En la Plaza Cubierta de la Ciudad Universitaria de Caracas existe un pastor que celosamente ejerce su profesión –precisamente, el pastoreo–, pero no de ovejas, sino de Nubes, magistralmente simbolizadas por Alexander Calder en el Topos hiper uranus del Aula Magna. Pastorea Nubes que son también “platillos voladores”, como el propio Calder los llamara, y que representan la versatilidad, el inagotable cambio, de la trascendencia infinita del saber autónomo, democrático, siempre crítico e irreverente, presto a decir que no al prejuicio y al dogma de la barbarie. Pero esta es, justamente, la misión de la universidad: pastorear el ser, el alma que deviene “Alma” y se eleva como las nubes o como los platillos que vuelan tan alto como la creación infinita del saber.

Hay algo de surrealista en la obra de Villanueva, porque, a pesar de que para el uso del lenguaje común el surrealismo es interpretado como algo fantasioso y sin sentido, su aproximación a los grandes creadores del espíritu de su tiempo da cuenta de su cabal comprensión de la auténtica sustancia del movimiento Dadá como denuncia del poder heterónomo, de su incapacidad de pensar y de crear. En suma, de toda cristalización de la libertad.

La presencia del Pastor de Arp frente al Aula Magna de la UCV, compromete. Exige al recién egresado que muestre las alas de su autónoma preparación más allá de toda realidad inmediata, de todo conocimiento de oídas o, simplemente, empírico, porque ha sido formado para ejercer el oficio de pensar. Solo queda en pie un postulado: Sapere aude!