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Ramón Piñango

Supuestos

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Como creo firmemente que estamos en medio de la incertidumbre, no sé dónde estará el país dentro de dos días cuando este artículo llegue a los lectores. Sin embargo, al igual que muchos de quienes me honran con su lectura, creo que el país estará peor, con más insultos, más amenazas, más disparates, más arbitrariedades más atropellos, más violaciones a la Constitución y las leyes por parte de quienes detentan el poder. Todo lo cual lleva a muchos a alarmarnos y a desarrollar un sentido de urgencia, de que hay que hacer algo porque el país se derrumba en lo económico, lo político y lo social. Pero esta visión de las cosas parece que no es compartida por unos algunos actores de la oposición que actúan como políticos o analistas, quienes, después de todo, parecen tener una visión más optimista. ¿Cómo es eso?

Efectivamente, hay quienes al argumentar sobre la situación del país insisten una y otra vez en la necesidad de ver las cosas con una visión de largo plazo, al menos de cuatro años, para construir una salida electoral normal, es decir, cuando lleguen las próximas elecciones presidenciales. Mientras tanto, hay que insistir en la educación del electorado, para que comprenda que las políticas aplicadas en los últimos quince años no son las convenientes; en el diálogo para acordar una acción conjunta que nos permita contar con un mejor gobierno nacional, regional y local; en el fortalecimiento de los partidos políticos para que cuenten con una verdadera base popular; en el respeto a las leyes de la República, para crear seguridad jurídica y confianza.

La verdad es que cuando escuchamos tales argumentos no podemos sino sorprendernos por los supuestos en que está basados: que en el fondo tenemos un gobierno al cual, mediante el diálogo y la negociación, se le puede hacer rectificar su afán destructor del Estado de Derecho; que podría hacérsele abandonar su intención de establecer un Estado socialista; y, finalmente, que cambios tan importantes como éstos terminarán ocurriendo cuando las cosas lleguen a tal nivel de desastre, sin que el régimen sepa qué hacer, por lo cual inexorablemente tendrá que pedir ayuda y dialogar.

Hay quienes, por contraste, no creemos que hay Estado de Derecho, que, en realidad, cada día que pasa la arbitrariedad es peor y ya el régimen agotó su escasa reserva de escrúpulos legales; que la ausencia de separación de poderes ha servido para mayores abusos políticos; que no hay apertura al diálogo como política de Estado, aunque algún funcionario por allí, como el ministro del Interior, Justicia y Paz se muestre más colaborador; que no hay ninguna evidencia de disposición a rectificar; que avanza a paso firme la destrucción de la economía de mercado; que la injerencia cubana sigue presente y campante; y que la libertad de expresión está cada vez más ahogada.

Que haya apreciaciones diferentes de la situación que vivimos y de las posibilidades que se abren o se cierran, podemos comprenderlo. Lo que no es comprensible, porque no ayuda al diálogo, es que no se hagan explícitos los supuestos en los que se basan tantas opiniones sobre lo que hay que hacer o no hacer. Tal reserva en la expresión de esos supuestos no favorecen el diálogo dentro de la oposición, ni la comunicación con el resto del país. Eso explica el enfrentamiento cada vez más intenso, desagradable e insultante entre gente con apreciaciones diferentes. Cada vez hay menos diálogo y más descarga de epítetos: colaboracionistas, vendidos, golpistas, carmonistas, simplistas, irresponsables, corruptos.

A todas estas, el desastre avanza. Como sé que en privado dijo un destacado dirigente opositor, campeón de la unidad: no vamos hacia al abismo, ya caímos en él. ¿Cuán profundo caeremos? No lo sabemos. Puede ser terrible si unos cuantos de quienes opinan como analistas o actúan como políticos, por miedo o equivocado cálculo, no hacen explícitos los supuestos sobre la base de los que hablan o actúan.