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Oscar Collazos

'Suprema felicidad'

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Aclaremos: no es lo mismo “suprema felicidad” que felicidad suprema. Si aceptamos las definiciones que nos ofrece el diccionario de la RAE, veremos que la propuesta del presidente Nicolás Maduro está adornada por la excentricidad. Nada nuevo. Cada cierto tiempo, a manera de bendición, le cae una nueva excentricidad del cielo.

La iniciativa de crear un viceministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo parece sacada de las páginas de una novela latinoamericana. No de cualquier novela. Parece sacada de grandes novelas sobre dictadores: El señor Presidente, de Miguel Ángel Asturias; El otoño del patriarca, de García Márquez; Yo, el supremo, de Roa Bastos; La fiesta del Chivo, de Vargas Llosa.

Supremo es aquello que “no tiene superior en su línea”, “lo sumo” y “lo altísimo”. Según estas definiciones, la desmesura con que se ha bautizado el viceministerio de marras tiene mucho de utopía tropical y superstición. Tanto ingenio verbal no pasaría por la cabeza de los adustos inventores del “realismo socialista”. Se necesitaba una imaginación bañada por las aguas del mar Caribe y, como condimento, la desmesura del realismo mágico.

La felicidad –no cualquier felicidad, la suprema felicidad– deja de ser una aspiración individual para convertirse en un desmesurado objetivo de Estado. Lo que intriga, por ahora, es el sistema de medición que implementará el gobierno de Nicolás Maduro para informar sobre el avance cuantitativo de ese intangible, convertido ahora en materia prima de la propaganda poschavista.

En estos días, un diario venezolano recordaba que en 1972 Jigme Singye Wangchuck, rey de Bután, “se inventó el concepto de la Felicidad Nacional Bruta” (FNB). Tenía el supremo objetivo de asentar sus políticas económicas en los principios fundamentales del budismo. Fue así como el rey de ese pequeño país asiático hizo su réplica del occidental y capitalista Producto Interno Bruto (PIB).

En la última semana se ha recordado que, dentro de todo, el “realismo mágico” del Viceministerio para la Suprema Felicidad del Pueblo no es tan disparatado como parece. Maduro se resistiría a aceptar que la felicidad se ha vuelto, en algunos países capitalistas, un asunto de Estado. Es un concepto mensurable y un producto. Tan mensurable que, a mediano plazo, la felicidad acabará cotizando en la bolsa.

Aunque se maltrate esa suprema aspiración de los seres humanos y se la confunda con el “bienestar” que trae la satisfacción de las necesidades materiales en un clima de estabilidad social y disfrute cultural, la felicidad está hoy, más que nunca, de moda. Lo prueba el World Happiness Report, encargado por Naciones Unidas, o el Happy Planet Index, que le asignó a Colombia un tercer lugar entre los países más felices del mundo.

Es probable que Maduro esté pensando en el sucedáneo de la felicidad que procuraría el Asistencialismo del Siglo XXI a un pueblo más necesitado de buenos mercados que de propaganda. La religiosidad fetichista y la poesía necrofílica que se depositan sobre la lápida de Hugo Chávez cumplirían quizá una función hipnótica en este viceministerio.

Todavía es pronto para conocer los indicadores de la Suprema Felicidad. El nombre promete, aunque solo se trate de una agencia estatal de asistencia social. Pero no hay que olvidar una cosa: si la felicidad es esquiva e incierta en la pobreza o la riqueza, la suprema no pasaría de ser la etiqueta metafísica a la ocurrencia pintoresca de un régimen.